9 noviembre, 2014

El volcán Turrialba tuvo sus últimas erupciones magmáticas de tipo estromboliano (erupciones moderadas de cenizas y bloques) en el período 1864-1866. El final del siglo XIX y casi todo el siglo XX fueron de actividad muy leve. A partir de 1996 empieza un “despertar volcánico”, caracterizado por actividad sísmica y aumento de la actividad fumarólica.

En términos generales, este proceso se debe a un aumento de presión interna que favorece la apertura de grietas por las que ascienden los gases y, eventualmente, el magma. En este último escenario se podrían producir típicamente explosiones de piroclastos (fragmentos de roca) y cenizas, flujos de lava y flujos piroclásticos (avalanchas de gas, bloques y piroclastos de alta temperatura). La actividad sísmica se relaciona, principalmente, con el movimiento de gases o fluidos calientes hacia la superficie, y, en algunas ocasiones, con la fracturación de la roca, que se produce por aumentos de presión y temperatura. Este tipo de sismicidad se ha observado en el volcán Turrialba en los últimos años.

Eventualmente, ante el ascenso de magma, las señales sísmicas serían de mayor energía y frecuencia. La actividad fumarólica del volcán Turrialba desde 1996 cambió en varios sentidos: aumento del área de cobertura y en la talla de las plumas de gas, cambios en la química de los contenidos del gas volcánico, incremento de temperaturas y acidez de los gases fumarólicos. Los gases fumarólicos traen, desde entonces, contenidos magmáticos, en contraste con el pasado, en que solamente eran producto de la evaporación de fluidos hidrotermales.

Grandes daños. Durante estos últimos 18 años, se han causado grandes daños a la población, infraestructura, ambiente, vegetación, fauna, bosque y cultivos. La población cercana, especialmente del lado oeste, tuvo que reubicarse por dificultades de respiración y convivencia en general con las emisiones de gases ácidos. En el 2010 y el 2012 se produjeron explosiones freáticas que abrieron boquetes de tamaño considerable, cerca del cráter suroeste, que es el cráter más activo.

Las erupciones freáticas se producen por la acumulación de gases volcánicos y gran cantidad de vapor de agua de niveles freáticos, que, al acumular presión y ante aumentos de temperatura, explotan en forma relativamente superficial y, generalmente, no acarrean materiales profundos de origen magmático “juvenil” o magmáticos. El término “juvenil” se utiliza para distinguir roca “nueva”, magmática, de la roca antigua, preexistente, que ya fue depositada en erupciones anteriores del volcán.

El proceso que se inició aproximadamente desde las 11:30 p. m. del pasado 29 de octubre, y según el criterio de expertos petrólogos (expertos en el conocimiento de la química de rocas) del Ovsicori, corresponde aparentemente al inicio de una fase de actividad magmática, pues los análisis petrológicos de los materiales emitidos indican contenidos que, aunque pequeños, son de origen magmático.

Y ¿qué podemos esperar en el futuro de la actividad del volcán Turrialba? Observando la evolución que ha tenido desde 1996 hasta hoy día, no se descarta hacia el futuro cambios en el tipo y magnitud de la actividad explosiva, como fue en el periodo 1864-1866 y otros períodos anteriores. Sin embargo, en ciencia, se trabaja con observaciones, datos y evidencias, no sobre especulación. Para eso existen los sistemas de monitoreo volcánico del Ovsicori. La actividad volcánica ha ido evolucionando de fumarólica moderada a freática menor (2010 y 2012) y, desde el pasado 29 de octubre, hay erupciones con un pequeño porcentaje de contenido magmático.

Progreso de actividad. Por décadas se ha observado un progreso de actividad que se podría prolongar en el futuro. Los datos sísmicos, geodésicos y geoquímicos que producen los sistemas de monitoreo indican “inquietud” volcánica. Los científicos no conocemos el futuro y la actividad volcánica es casi imposible de predecir. Además de los sistemas de monitoreo en tiempo real, también existe un arma muy valiosa para evaluar y advertir sobre los efectos de las amenazas volcánicas. Se trata de los mapas de peligros volcánicos, que suministran una idea clara de esas amenazas con respecto a las vulnerabilidades sobrepuestas.

Básicamente, las vulnerabilidades principales son la vida humana, actividad humana en general, infraestructura, ambiente, flora y fauna, entre otras. Los mapas de peligros volcánicos existen y son de acceso libre a la población. Estos mapas deben ser bien explicados por los expertos a las autoridades de protección civil y atención de la población, de manera que toda medida de acción y protección resulte en la protección óptima y salvaguarda adecuada de esas vulnerabilidades, en especial la vida humana.

Riesgos. El mapa de peligros volcánicos del volcán Turrialba es muy claro en señalar, con probabilidades importantes, cobertura de cenizas en todo el Valle Central, que, como sabemos, alberga a mucho más que el 60%-65% de nuestra población, con una infraestructura y niveles productivos de considerable magnitud. Esto nos coloca en un escenario de riesgos, en cierta forma similar al del período activo 1963-1965 del volcán Irazú. Este fue un ciclo de actividad volcánica que, prácticamente, paralizó la actividad productiva, fundamentalmente cafetalera de aquel entonces, produjo una veintena de muertes y provocó las avalanchas de lodo que destruyeron parte del barrio Fátima en Cartago, cerca de Taras.

Encomiable labor se le reconoce todavía al insigne maestro Jorge Manuel Dengo, quien, con gran conocimiento y entereza, enfrentó y lideró la crisis del Irazú. Esta gran tarea le valió el gratuito pero significativo título de “Ministro del Volcán”.

Con el conocimiento transmitido por los vulcanólogos a las autoridades de protección civil, a la población le toca, entonces, acatar las recomendaciones de prevención y acciones correspondientes.

Los volcanes producen daños y, algunas veces, muerte y desolación en cortos períodos de tiempo. Pero la mayor parte de sus vidas, normalmente en períodos de “reposo”, producen grandes beneficios: materiales para construcción, fertilidad de suelos, energía geotérmica, belleza escénica y atractivo turístico, y mucho más. Nos toca aprender a convivir inteligentemente con los volcanes.

El panorama de riesgos volcánicos del Turrialba está planteado. Los diferentes actores, cada uno desde su perspectiva, trabajan fuerte para la minimización de los peligros. Se recomienda prudencia y aplicar todo lo aprendido sobre volcanes, su actividad, prevención, protección civil y convivencia con los procesos naturales de este tipo.

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