El silencio le ha hecho más daño al mundo que las más perversas ideologías

Por: Jacques Sagot 12 junio

Ingreso ahora en el país de Lilliput. Reino habitado por una fauna humana tediosamente homogénea, a fe mía. Bajo la apariencia de la pluralidad se esconde la más monocorde homogeneidad de valores. Todos debidamente pasteurizados. Descremados. Delactosados. Descafeinados. Uniformados. Unísono perfecto del berrido, el gesto, los códigos vestimentarios, la dietética, el sociolecto.

A pesar de profesar a veces ideologías opuestas, su sensibilidad vital y la forma específica de manifestar sus beligerancias es exactamente la misma. Manierismo y pose pura que intenta a toda costa autoconvencerse de la autenticidad de su convicción. No piensan porque siempre hay alguien (partido, secta, movimiento) que piensa por ellos. Quedan así eximidos de la obligación de ejercer el pensamiento crítico.

Aun los que creen hacerlo “razonan” desde estructuras de pensamiento monolíticas y viciadas por los preconceptos. No se dan cuenta a qué punto su ideario constituye una moda en el sentido más puro del término (“el afán de gustar y de obtener la aceptación en un grupo humano genera el fenómeno de la moda” –nos dice Descartes, ¡y ello a mediados del siglo XVII!–)

¿Sostengo con ello que todas las causas que profesan son intrínsecamente erróneas? No. Casi todas tienen mérito. No son las causas per se las que critico. Muchas de ellas no solo son valiosas, sino, además, perentorias. Pero una cosa es el engagement, y otra la pose. Para quienes la primera opción es imposible, la segunda emerge como paliativo contra el sentimiento de la “no pertenencia”.

Silencio pernicioso. Pese a que la historia tiende a castigar más severamente el compromiso con las causas nefastas que el silencio, yo tengo al segundo por más pernicioso que el primero. El silencio le ha hecho más daño al mundo que las más perversas ideologías de que se tiene memoria.

El silencio, sí, o más bien la suma de silencios, que muchos de ellos han sido colectivos y han puesto en evidencia cómo la cobardía, la capacidad de autoengaño, la falta de solidaridad y la ignorancia de lo esencial humano también pueden constituir un principio de identidad nacional, un componente del subconsciente mismo de los pueblos y de las masas.

Pero por estéril que sea, aun el silencio denota, como ya dijimos, una posición. Lo señala Sartre en el ensayo que publica en 1945 en Les Temps Modernes, donde fustiga el silencio de Flaubert y Goncourt cuando el affaire Dreyfus partía la conciencia de la nación francesa.

La noción filosófica del engagement es sorprendentemente reciente: el siglo XVIII, con Voltaire a la cabeza, hizo de ella una de sus grandes banderías. Victor Hugo cien años más tarde, y Sartre en el siglo XX, asumieron el compromiso vital del intelectual con su época histórica como cópula inevitable: “Él fue hecho para ella y ella fue hecha para él”.

Manifestaciones espurias. Toda corriente de pensamiento tiene sus manifestaciones espurias. El poseur representa la bastardización del intelectual engagé. ¿Cree el poseur en la ideología que defiende? Sí. O quizás más bien cree que cree. El punto capital es el siguiente: no se “cree” –verbo netamente insuficiente– en una idea, una militancia, una fe, una bandería, un amor, un ser humano, Dios, el orden cósmico, la belleza. Se viven, y eso es decirlo todo. Todo, sí.

De ahí proceden la convicción, el compromiso, la entrega, la pasión, la persistencia, aun el don de la propia vida. Comprometerse con algo significa asumir que la vida no es concebible sin ello.

El engagement viene de los estratos más profundos de la conciencia. Revela, errado o no, el sentido que la vida cobra para nosotros. No es productor de sentido: lo precede, precede a su formulación conceptual, viene de una zona más raigal, más emotiva del alma. Lo que hacemos después –vestirlo de palabras– no es más que teorizar en torno a él.

Al poseur no lo motiva la convicción, sino el miedo a la soledad, a la no pertenencia a ningún grupo humano identificado con una militancia particular. Es, será siempre gregario. Animal de rebaño. Quiere formar parte de algo. Hasta ahí no habría problema. Después de todo, nada tan humano como no querer estar solo.

El problema es que terminan por tener una voz, una presencia, una autoridad, y el día menos pensado los vemos arengar una masa desprovista de brújula y sextante desde cualquier tarima. Y la gente les cree, no porque razonen bien, sino porque gritan, y la vociferación siempre tiene algo, si no convincente, por lo menos enardecedor. Y las voces menos estridentes serán desoídas, y las bocas más lúcidas ignoradas, aunque de ellas brotase “la miel del divino Sócrates”. No es inocuo el poseur, guardémoslo de creerlo.

Es impacto sin resonancia. Sustituye el conocimiento en profundidad por la vehemencia del ademán. Asume posiciones heroicas de marginado, o de artista contestatario, pero en realidad ocupa toda la superficie social, representa el berreo institucionalizado, una forma más de la oficialidad, no sabe lo que es nadar a contracorriente, ni sería capaz de tolerar el dolor de diferir radicalmente del resto del mundo.

Se derretiría, se pondría a llorar como un niño extraviado porque en el fondo a nada le teme más que a la diferencia. Se instala a gusto en todo aquello que percibe como “cultura de la resistencia” porque aquí jamás le faltará la compañía de algunos correligionarios, posiblemente tan necesitados de confluencia humana como él. ¡Duerme al arrullo de tus dólares, Tartufo de la cultura, gesticulante “artista” que te querrías periferia, pero eres centro, eje y circunferencia!

La masa. Pretenderá siempre “ilustrar” a la masa, sacarla de la caverna platónica y abrir sus ojos a la luz. No se da cuenta de que él mismo pertenece a una turbamulta ciega y sorda que, no por amalgamarse en menor escala, deja de ser masa.

Se autoproclama “concientizador” de un pueblo que asume incapaz de entender su propia realidad histórica (este suele ser en efecto el caso, pero nadie menos indicado que él para enderezar tal situación). Vive “hacia fuera”, busca impresionar, deslumbrar y establecer pequeños feudos temáticos.

Custodia celosamente su patio: no vaya nadie a robarle el monopolio intelectual sobre su causa de turno. De turno, sí, porque una vez probada la inviabilidad o el fracaso de una de ellas no dudará en saltar, cual avezado funámbulo, a otra. La que esté a mano, o la que esté de moda. Todo se reduce a hacerse aceptar, y si es posible, también hacerse aclamar.

Tiene su hábitat natural: sodas, cafetines universitarios, pequeños cenáculos intelectuales, y procura establecer áreas hegemónicas: el macho alfa establece su territorialidad mediante la especialización en ciertos autores o su mayor experiencia en tales o cuales lides. Desconocen el método mayéutico y por eso son pésimos pedagogos. No ayudan a alumbrar la verdad: la corrompen, la charralean, la reducen a formulillas eternamente recicladas. No le hacen el amor a las ideas, las manosean y luego salen aspaventados.

Quinientos años tienen los artistas e intelectuales de luchar por la pluralidad, la divergencia ideológica, la individualidad, la tolerancia, el libre pensamiento… y todo ¿para qué? Para formar el gremio más intransigente, intolerante, totalitario, irrespetuoso de la diferencia ideológica que el mundo haya jamás conocido.

¡Pobres idiotas! No llegan ni a masa, que bien que mal deviene pan, el más noble de los alimentos; ni siquiera a plastilina, que es infinitamente más maleable. Colesterol y esclerosis del pensamiento, esa es la metáfora que quizás mejor los describa.

El autor es pianista y escritor.