20 febrero, 2014

La amistad siempre se ha considerado una virtud humana y, por tanto, cultivable. Los más connotados autores así lo estiman, comenzando por Aristóteles, del siglo V antes de Cristo. Hoy vamos a incursionar en un autor de nuestro tiempo, David Isaacs. Su libro se titula La educación de las virtudes humanas . Y virtud viene de vis (fuerza). Para este autor, se trata de adquirir “hábitos operativos buenos”. Ciertamente, la amistad es uno de ellos, pues esclarece la inteligencia, nutre el corazón, solidariza y humaniza, activa el lenguaje, y tantas cosas más.

La amistad, como todos sabemos, es fuente de alegría y de paz. Fomentarla es deber, y produce un fruto cada vez más necesario en todos los ámbitos de la vida humana: el diálogo. Donde mejor se aprende esta virtud es en la familia, centro educativo por excelencia y en el cual se enseña el amor a Dios y al prójimo, y la orientación hacia el bien, el espíritu de servicio y la gratitud, bajo la normativa de ser mejores, para entrar en la vida futura por la puerta estrecha. La existencia nos enseña a ir más allá de los límites humanos, esos horizontes estrechos, capaces de oscurecer la luz de la esperanza.

Así define la amistad David Isaacs: “Llega a tener con algunas personas, que ya conoce previamente por intereses comunes de tipo profesional o de tiempo libre, diversos contactos periódicos personales a causa de una simpatía mutua, interesándose, ambos, por la persona del otro y por su mejora” (Op. cit., pág. 409).

Para el filósofo Joseph Pieper ( Las virtudes fundamentales) , la amistad nos hace decir: “Es bueno que existas”. Es la alabanza debida, pues la amistad constituye una virtud receptiva y humanizadora, aunque, según Pieper, requiere tiempo para su cultivo. Es una forma de darse, de entregarse, porque entraña una donación. Resulta imprescindible en la vida de relación, y pide dos cosas muy necesarias: lealtad y respeto a la libertad personal; jamás, la imposición.

“La amistad verdadera supone también un esfuerzo cordial por comprender las convicciones de nuestros amigos, aunque no lleguemos a compartirlas ni a aceptarlas” (San Josemaría Escrivá de Balaguer: Surco , 746). Habrá más razones para declarar la amistad como virtud humana primordial en la vida diaria, como lo es también ahora, muy particularmente, el patriotismo, definido así por Isaacs: “Reconoce lo que la patria le ha dado y le da. Le tributa el honor y servicio debidos, reforzando y defendiendo el conjunto de valores que representa, teniendo, a su vez, por suyos los afanes nobles de todos los países” (pág. 459). El patriotismo, sin duda alguna, es otro de los conjuntos de “hábitos buenos operativos” a tener en cuenta en estos días de segunda ronda electoral.

Amistad, diálogo y patriotismo, combinados, son un tónico para una sociedad sedienta de positivismo, pues una sombra de ineficacia nos envuelve, y las virtudes humanas son el primer paso para salir de esa sombra y tomar otros caminos. Es mucho lo hasta ahora conseguido y no lo podemos perder. Mientras en otras partes del mundo, hombres, mujeres y niños mueren por el fanatismo y el odio, en Costa Rica convivimos en paz y libertad. Sigamos así y no le pongamos más cargas a la vida. Mejoremos cada vez más. Compartir no es tan difícil, y ayudar, menos. Mucho se puede conseguir renunciando a la psicosis de cifrar la felicidad en la posesión de bienes materiales. Bien dice un autor que “tiene más quien necesita menos”. Y quien no posee ni lo necesario para vivir, de alguna forma o sistema se le debe hacer posible la posesión de bienes. Esta es la lucha de siempre. Debemos lograrlo. Costa Rica puede, si todos ponemos de nuestra parte.

Amistad, diálogo, generosidad y patriotismo deben tomar la delantera. La amistad es un tesoro y el mejor antídoto de la soledad y la indiferencia.