La política asistencialista y clientelista ha generado un gradual deterioro donde la han practicado

 9 febrero, 2016

El progresismo socialista busca el “bien común” por medio de un control estatal de los servicios y una parte de la economía para crear una sociedad “más justa”.

Los políticos “progres” inician su carrera con el mismo discurso y son acompañados, en su mayoría, por sindicalistas, intelectuales, profesores universitarios y grupos de estudiantes.

Esta política asistencialista-clientelista ha generado un gradual deterioro material y espiritual en los países que la han practicado. En Venezuela, Chávez reconoció que el socialismo del siglo XX no sirvió, y pretendió resucitarlo con sus petrodólares.

Pero su socialismo del siglo XXI estaba también condenado a sucumbir porque el teniente coronel Chávez era un inculto ignorante de la historia.

Montó su sistema económico con base en la abundancia que derivaba de los altos precios del petróleo, mas ignoró que fue ese mismo hecho lo que terminó con el socialismo del siglo XX.

Al socialismo del siglo XXI le sucedió casi exactamente lo mismo que le pasó al socialismo del siglo XX. Lo que terminó con ambos fue la adicción al petróleo.

Caída de la URSS. En la década de los 60, la Unión Soviética, por su ineficiente producción agrícola colectivista, tuvo que comenzar a importar granos básicos. El embargo del petróleo por los países árabes en 1973 produjo un violento aumento en sus precios, lo que le permitió al Kremlin paliar esa peligrosa práctica.

En ese momento, la Unión Soviética era el segundo productor de petróleo después de Arabia Saudita, y con esos petrodólares sobrevivía su endeble economía.

Del total del monto de las exportaciones de la Unión Soviética de entonces, el petróleo pasó del 10% al 40%. Esto hizo más dependiente del petróleo a la URSS. Pero ya para principios de la década de los 80, el precio del crudo comenzó a bajar gracias a los esfuerzos de Estados Unidos de reducir su demanda.

Una de las opciones que tenía el Kremlin ante este trance era disminuir la demanda popular de todo tipo de bienes de consumo. No lo hizo porque corría un gran riesgo. Había mal acostumbrado a su pueblo a comprar productos básicos a precios subsidiados para afianzar la estabilidad política en el país. Comenzó, entonces, a hacer préstamos en el extranjero para mantener la popularidad del sistema, haciendo más esclerótica la economía de la URSS.

Conforme los precios del petróleo siguieron cayendo, Gorbachov trató de reformar el comunismo, pero ya para entonces era demasiado tarde. Vladimir Mau, presidente de la Academia Nacional de Economía de Rusia, opinó que fueron los “altos precios del petróleo” lo que terminó con la Unión Soviética.

Los dos socialismos, el del siglo XX y el del siglo XXI, cayeron por su dependencia de los precios del petróleo. Chávez montó su socialismo sobre la base de la abundancia de los petrodólares, pero, en lugar, creó un sistema que, por ignorar el papel del mercado, terminó produciendo la escasez y el mismo fenómeno que terminó con el derrumbamiento del imperio soviético.

Siempre me ha llamado la atención la ignorancia que exhiben de estos hechos muchos intelectuales latinoamericanos “progres”. Se resisten a aprender de la historia y siguen creyendo en brujas.

Contra bienestar de las mayorías. Se me ocurre que tal vez la experiencia de Nicolás Casey los ilumine y les ayude a aceptar que no es cierto que el socialismo promueve el bienestar del mayor número.

Recientemente, Nicolás Casey fue nombrado nuevo jefe del buró del New York Times en la región andina y relata sus experiencias en la cuna del socialismo del siglo XXI.

Confiesa que se reía cuando escuchaba que periodistas que iban para Caracas llevaban una gran cantidad de desodorante. “Creía”, dice, “que estaban siendo simplemente majaderos. Pero me llegó mi momento”. Aceptó los consejos de colegas y se preparó.

“Llevaba Old Spice, detergente, una tonelada de Tide, dos botellas de aerosol nasal, dos tubos grandes de pasta de dientes, un hilo dental, una botella de jabón líquido, cremas para rasurarse, líquido para limpiar lentes de contacto, baterías AA, esponjas, detergente, papel higiénico, varias botellas de champú, una botella grande de ibuprofeno y dos botellas de escocés. Le informaron que para surtirse de nuevas provisiones tenía que viajar a Colombia.

Cuenta que en su primer paseo de exploración del ambiente en Caracas, pasó por una tienda que ofrecía pequeños perritos de juguete. La cajita del juguete informaba de que con un par de baterías los perritos podían cantar y bailar. Pero, adherida con cinta adhesiva, una tarjeta escrita a mano advertía: “No funcionan. Solo hay peluches”.

“Encontré muchas tiendas con similares advertencias”, dice. A la par de las cajas de perritos de juguete había otras de muñecas con ropa amarilla y una chupeta. La caja decía “muñeca de verdad”, pero a la par había otra que decía, escrito a mano, “funciona, pero solo tiene un ojo y no trae la botella de leche”. Otra caja decía: “Juguete de espionaje”. Pero escrito a mano decía: “Dañado”.

El periodista decidió entrar al local para hablar con el dependiente. “No”, explicó el empleado, “no es que el contenedor que trajo estos juguetes estuviera dañado. Esos juguetes vienen dañados desde que salen de China. Los chinos reciben juguetes dañados y los venden en el extranjero con un gran descuento”. “Me di cuenta”, dice el periodista”, de que juguetes dañados y baratos son la norma en muchas partes de Caracas”.

Relata que cuando fue al banco a retirar fondos para su oficina, el maletín estaba repleto de billetes, como si se hubiera robado el banco, y lo que llevaba eran apenas 100.000 bolívares ($152 en el valor que se compra en la calle).

“Nadie quiere billetes. Es el único país de América Latina donde las tiendas prefieren recibir pagos con tarjetas de crédito en lugar de billetes”.

Diferencia de precios. Los duros tiempos han inducido a los caraqueños a ser ingeniosos, a “jugársela”. Han hecho un negocio de comprar barato a precios subvencionados en los supermercados para luego vender caro en la calle.

Los llaman bachaqueros. Es normal ver largas filas de cientos de personas frente a tiendas para comprar productos, como una bolsa de café por ejemplo. Gente de clase media o alta no quiere gastar medio día en una cola para comprar una bolsa de café.

Dice el periodista que decidió entrevistar a estos bachaqueros en su hábitat natural. “El día que visité uno de estos mercados, una bolsa de frijoles al precio subsidiado por el Gobierno costaba 50 bolívares, pero en el mercado se vendía en 700 bolívares”.

“Y no hay que olvidar”, dice Casey, “los maestros y otros trabajadores del Estado reciben un salario mensual de 10.000 bolívares”. Los bachaqueros, en comparación con aquellos, viven bien. Tienen una ganancia de 200.000 bolívares al mes, que son 20 veces el salario mínimo. “El mayor número” se la pasa a palitos.

En el siglo XX y el siglo XXI, las libertades políticas, la economía de mercado y la empresa privada, combinadas, han sido los factores que han mejorado y alargado sustancialmente la existencia y la calidad de vida de las personas. Mientras que “la “virtud inherente al socialismo es el equitativo reparto de miseria”, como lo resumió Winston Churchill.

El autor es médico.