Siempre habrá misterios que la finita mente humana por sí sola no podrá develar

 21 enero

En un largo artículo aparecido en la página quince de La Nación del 6 de enero, Víctor Hurtado le sale al paso al Dr. Fernando Zamora Castellanos, refutando un artículo que este último publicó en la sección de Opinión de dicho diario, el 20 de diciembre y el cual lamentablemente no leí, pese a que suelo interesarme por todos los comentarios que ahí se publican.

Me gustaría comentar algunas de las afirmaciones del señor Hurtado, quien se presenta a sí mismo como un racionalista convencido, fervoroso defensor de la diosa Razón y de la Ilustración francesa. Dicho sea, con el debido respeto, con todos los atributos de una pieza de museo.

Fundamentalmente, don Víctor pretende “demostrar” en su artículo que Dios no existe, que nada en el universo tiene un propósito predeterminado; que nuestras vidas no tienen otro propósito que el que nosotros mismos queramos darles y que todo lo que existe tiene un origen aleatorio, proveniente del Big Bang, una gran explosión que supuestamente hubo al inicio del tiempo.

Origen de la teoría. Esta teoría, esbozada por primera vez por el físico y sacerdote católico belga Georges Lemaitre (1894-1966), realmente no pretende explicar la creación del universo, como me parece que supone don Víctor, sino su actual estado de desarrollo, a partir de una explosión ocurrida hace aproximadamente 13.700 millones de años.

Para una persona como don Víctor, que es un “racionalista” a ultranza, que ha depositado tantas esperanzas en el Big Bang, que profesa una abierta animadversión a todas las religiones y a sus ministros y es miembro de la Sociedad Racionalista Costarricense, creo que le resultará sorprendente enterarse de que el autor de la teoría en la que él se apoya no es ninguno de los astrónomos seglares que él tanto respeta, sino un humilde sacerdote católico, al que el papa Juan XXIII nombró, en 1960, obispo y presidente de la Academia Pontificia de las Ciencias.

Monseñor Lemaitre gozó de la general estima y respeto del mundo científico y del propio Einstein, quien después de oír una conferencia que pronunciara Lemaitre, en la Universidad de Princeton, manifestó: “esta es la más hermosa explicación de la creación que haya escuchado”.

Naturalmente, don Víctor siempre podrá replicar que tal vez Einstein no hablaba en serio. La realidad es que no importa cuánto avancemos en el camino de la ciencia, siempre habrá misterios que la finita mente humana por sí sola no podrá develar, y llegando a ese punto, se hace necesario deponer nuestras pretensiones y permitir que el concurso de la fe venga a suplir lo que nuestra mentes limitadas no alcanzan a concebir.

Reconocimiento. Algunos lo hacemos de grado y otros a regañadientes, como le sucede a don Víctor, que honradamente reconoce que no sabemos cómo se originaron el universo y la vida, pero quien, al llegar a este punto, inesperadamente hace un candoroso acto de fe, pero no en ninguna revelación sino en la propia razón humana, que, según sus propios postulados, es un producto contingente de la casualidad en este azaroso mundo, que no tiene sentido alguno.

Aún no lo sabemos, nos dice, “pero lo sabremos gracias a la ciencia, no a una revelación divina”.

En un mundo en el que según el señor Hurtado coexisten leyes naturales (que nadie ha creado) y el caprichoso azar, resulta francamente incongruente que nuestro comentarista desautorice a priori toda posibilidad de una revelación divina, y, para no sumirse en un estéril escepticismo, deposite su confianza en la ciencia, que es un mero producto humano, que tantas veces se ha equivocado y que a lo largo del tiempo ha tenido que rectificar o sustituir repetidamente sus opiniones.

La disyuntiva entre la ciencia y la fe con la que el articulista pretende confrontarnos es un problema heredado del siglo XIX, durante el cual campeó un exagerado materialismo, hoy dichosamente superado.

Georges Henri Joseph Edouard Lemaitre siempre evitó explotar la ciencia en beneficio religioso o viceversa. Siempre respetó los límites de ambas, puesto que en su persona coincidían las condiciones de un gran científico y un fiel sacerdote.

Suyas son estas palabras, con las que considero oportuno concluir este comentario: “El científico cristiano tiene los mismos medios que su colega no creyente. También tiene la misma libertad de espíritu, al menos si la idea que se hace de las verdades religiosas está a la altura de su formación científica. Sabe que todo ha sido hecho por Dios, pero sabe también que Dios no sustituye a sus criaturas. Nunca se podrá reducir al Ser Supremo a una hipótesis científica. Por tanto, el científico cristiano va hacia adelante libremente, con la seguridad de que su investigación no puede entrar en conflicto con su fe”.

El autor es abogado.