15 enero, 2015

Para mí, el tiempo es similar al título de la novela de Donoso: un obsceno pájaro de la noche. Un dios de las cosas perdidas contra el que luchamos día a día, año tras año.

Para combatir los embates del tiempo, debemos realizar muchos rituales. Hacer tortas dulces y soplar candelas cada vez que vuelve el mismo número del día de nuestro nacimiento al calendario. Debemos sumar peticiones y hacer listas de propósitos cada cierto número de años, encender y tirar al cielo bombetas y quemar muñecos envueltos en trapos viejos para asegurarnos, en este pequeño espacio de materia que controlamos, que algo nuevo siga apareciendo.

Un ciclo termina y otro se inicia con la ilusión de empezar con renovadas energías algo que, permítanme decirles, desgraciadamente no lo es. El tiempo no es una cinta que se corta y se pega. No es un caracol, ni una mandala, ni una flecha tirada al futuro. Pero es lo más cercano que nosotros podemos tener de él. Una figurita con que imaginarlo, una idea con que pensarlo. La última llamita de la cola del dragón cuando se pierde en el bosque de los sentidos. Por eso, el poder del tiempo es obsceno. Tiene tarjeta de crédito ilimitada sobre nuestras pequeñas cuentas de ahorro o cualquier plan de inversión, por más grande que sea el capital. No queda más que carnavalear, cantar, gritar, rezar, o sumirse en el sueño de la sabiduría silenciosa.

Una obscenidad. Una sonrisa respetuosa al paso de los años parece que a la mayoría no le es suficiente para convivir con su amenaza, con su sentencia de que tarde o temprano, como Urano, devorará nuestros recuerdos y gentiles afectos, y, en lugar del selfi, solo quedará la palabra como un eco de lo que fuimos unas decenas de años más. Solo eso y la energía de los átomos besándose dentro del Sol al día siguiente de lo que ya nos hemos permitido considerar pasado. ¡Una obscenidad para todos los que hemos amado y perdido! ¡Cronos sigue comiéndose a sus hijos! Pero así funciona en la naturaleza.

Por eso, las huellas de lo que somos siguen siendo parte del sendero de Hansel y Gretel. Las migajas son las historias que elegimos para que pasen a formar parte del reservorio social con el que progresamos. Migajas de materia que logramos percibir tomados de la mano en comunidad, para no quedar perdidos en medio de la oscuridad. Sin tiempo ni nombre.

Un poco de filosofía para estos días no está mal. Mientras estrenamos almanaque y constatamos que el cambio climático no nos ha robado las estaciones y el viento sigue llevándose lo emocionalmente ya usado, nuestro cerebro apaga recuerdos y acomoda el espacio disponible para ser llenado. El asunto es con qué y si vale la pena hacerlo ante la implacabley demoledora maquinaria del tiempo.

O, como buenos portadores del síndrome de Hansel y Gretel, ¿nos hacemos los locos y solo seguimos festejando?

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