Por fin nos percatamos de que el crecimiento económico tiene límites puestos por la naturaleza

 25 enero

Estamos inmersos en una irrefutable realidad global: los efectos del cambio climático forman parte de una cotidianidad que trasciende fronteras y estos corren el riesgo de tornarse implacables si no se acentúan las acciones de mitigación con la mayor rapidez posible.

Ante nuestros ojos se proyectan las imágenes más crudas de esta realidad: sequías, inundaciones, desastres por eventos hidrometereológicos y variaciones climáticas con cada vez más afectaciones y mayores dimensiones.

La realidad es tan categórica que estamos presenciando consensos inimaginables entre el sector científico, el político y el empresarial que, alrededor del orbe, están pactando para realizar cambios radicales en los modelos de producción y consumo.

Acuerdos. Igualmente, estamos viendo cómo, irónicamente, esta adversa coyuntura que enfrentamos está gestando una de las mayores épocas de esperanza para la humanidad. Los países del mundo han tenido la sensatez de comenzar a dialogar en un tono particularmente distinto, que empieza a interiorizar un idioma colectivo cuya gramática no es otra que la necesidad de ponernos de acuerdo para conservar el hogar común que compartimos.

El Acuerdo de París es el más claro ejemplo de que el mundo entero ha aceptado la necesidad de un cambio de rumbo fundamentado en el anhelo de descarbonizar la economía.

En esa tesitura, Costa Rica no podía quedarse atrás. Como país pionero en materia ambiental e históricamente reconocido por grandes proezas como nuestro sistema nacional de conservación, esta pequeña nación ha asumido con responsabilidad una enérgica voz mundial que clama constantemente por una mayor ambición en la disminución del uso de hidrocarburos y un repunte cada vez mayor de energías limpias y renovables.

No podría ser de otra forma siendo un país que hace eco en los titulares mundiales por el excepcional logro de producir electricidad durante 271 días sin necesidad de recurrir a combustibles fósiles.

Durante casi 300 días hemos abastecido de electricidad a más de un 99% de la población a partir de fuentes meramente renovables, siendo un ejemplo épico para el mundo.

Hacia adelante. Estos grandes logros traen ligadas enormes responsabilidades. Para Costa Rica no es una opción, siquiera considerable, retroceder cuando de nuestro modelo eléctrico se trata. En esa línea, tenemos claro un horizonte que apunta a una optimización cada vez mayor de nuestra matriz eléctrica para sacar el mayor provecho de nuestras fuentes de energía sostenibles.

Sabemos de los desafíos existentes en el sector de transporte y combustibles, que siguen siendo amplios consumidores de hidrocarburos. Hemos estado trabajando con ahínco en las soluciones a este problema.

Nuestro Plan Nacional de Energía 2015-2030 contiene firmes objetivos orientados a reducir emisiones, modernizar la flota vehicular, mejorar el transporte público y mejorar la calidad de los combustibles.

En esa ruta hemos desarrollado importantes acciones público-privadas como el Programa de Adquisición de Vehículos Eficientes (PAVE) desde el año 2015; la renovación de buses amparada a mejores y más eficientes tecnologías; el diseño de una mejor normativa para la importación de vehículos conforme a normas europeas y el impulso de la transformación de nuestro marco legal para la mejora de las capacidades estatales en la investigación y el desarrollo de combustibles alternativos.

La importación de hidrocarburos pesa el 61% en la matriz energética costarricense, lo cual es un enorme problema y nunca, bajo ninguna perspectiva, una oportunidad. Al año 2030 tenemos que lograr que las energías no renovables (derivados de petróleo importados) representen un porcentaje casi inexistente.

Retroceso. Para nuestro país no hay marcha atrás. La ruta por las energías renovables es indetenible y suenan cada vez más disonantes aquellas voces llenas de añejos anhelos de volver a patrones de producción basados en los combustibles fósiles.

Da temor escuchar a figuras públicas costarricenses impulsar la necesidad de explorar y explotar petróleo y gas natural en nuestro país. Nada más desacertado que proponer un enorme retroceso en la composición de nuestra matriz energética y exponer nuestros recursos naturales en virtud de una opción que en ninguna medida solventa nuestras problemáticas.

Tenemos una moratoria nacional a la exploración y la explotación de petróleo que rige hasta el año del bicentenario. Una moratoria que es atinente a la ruta energética que nos hemos propuesto en el Plan Nacional de Energía y al modelo de desarrollo sostenible que la mayor parte de nuestra población reclama.

Para ese año, el 2021, esperamos estar celebrando nuestra independencia con el afianzamiento de un modelo de desarrollo coherente y consecuente con los Objetivos del Desarrollo Sostenible y, por lo tanto, de seguridad energética sostenible.

Los problemas del siglo XX no pueden seguir siendo los problemas del siglo XXI. Si algo nos distingue como humanidad es el potencial para reconocer errores y buscar maneras de enmendarlos.

El autor es ministro de Ambiente y Energía.