10 enero, 2015

SHANGHÁI – Muchas personas son profundamente pesimistas sobre las perspectivas de crecimiento de la economía china, por la acumulación de una deuda enorme, una inversión excesiva, un exceso de capacidad y las llamadas “ciudades fantasmas” desde la crisis financiera mundial del 2008, pero esos problemas no son nuevos. Han afectado de diversas formas a la economía de China desde 1978 y fueron evidentes en otras economías de gran rendimiento –Taiwán, Corea del Sur e, incluso, Japón– durante sus períodos de crecimiento rápido.

No obstante, en los 35 años transcurridos desde que Deng Xiaoping inició su programa de “reforma y apertura”, China ha registrado un 9,7% por término medio de crecimiento anual. Corea del Sur y Taiwán tardaron solo 40 años en concluir sus transiciones desde la situación de economías de escaso rendimiento a las de gran rendimiento.

¿Cómo consiguieron esas economías crecer tan rápidamente durante tanto tiempo y superar los graves problemas que afrontaron a lo largo del camino? La respuesta es sencilla: capacidad de resistencia.

El del desarrollo económico es un proceso intrincado, lleno de problemas y riesgos, éxitos y fracasos, crisis exteriores e inestabilidad interior, y los efectos perjudiciales –como, por ejemplo, un aumento de la relación entre la deuda y el PIB y el exceso de capacidad– son inevitables.

Si un país no reacciona adecuadamente ante las nuevas amenazas que surgen, el crecimiento económico y el desarrollo se estancan. Muchos países de Latinoamérica y de Asia meridional, por ejemplo, han quedado empantanados en la llamada “trampa de los ingresos medios”, por no haber ajustado oportunamente sus modelos de crecimiento.

En cambio, las economías de Asia oriental ajustaron coherentemente sus estrategias de crecimiento y emprendieron continuas reformas institucionales. El objetivo no era el de abordar los problemas que afrontaban directamente, sino el de inducir nuevas actividades más eficientes que contribuirían a convertir la deuda en activos y aprovechar al máximo la capacidad de la economía.

En ese sentido, las economías de Asia oriental se han lanzado al proceso de “destrucción creativa” descrito por el economista austríaco Joseph Schumpeter, por el que la estructura económica se revoluciona continuamente desde dentro. Además, al aplicar reformas graduales que facilitan –e, incluso, fomentan– la sustitución de las antiguas fuentes ineficientes de crecimiento por otras nuevas y más dinámicas, han acelerado dicho proceso.

Por ejemplo, a las reformas agrarias de China que aumentaron la productividad en el decenio de 1980 contribuyó en parte el crecimiento del sector no agrícola, a consecuencia de políticas encaminadas a estimular las empresas de ciudades pequeñas y pueblos. De forma similar, en el decenio de 1990, China abordó la acumulación de deudas morosas y proyectos de construcción inacabados –consecuencia de las pérdidas crónicas y la excesiva inversión inmobiliaria de las empresas de propiedad estatal– aplicando reformas institucionales que estimularon el crecimiento en sectores más dinámicos, con lo que compensaron la disminución de los rendimientos de capital de las empresas de propiedad estatal.

Así, pues, la capacidad de resistencia ha caracterizado las relaciones mutuas entre el Estado y los mercados desde la introducción de las reformas de Deng. De hecho, según el desaparecido economista Gustav Ranis, la dinámica interactiva de las instituciones normativas y los mercados fue la clave para el éxito de las economías de Asia oriental. Por ejemplo, la descentralización fiscal en China, estimulada por las peticiones de una mayor autonomía por parte de las instituciones locales, ha contribuido a avivar la competencia regional y sostener un ambiente económico cada vez más orientado al mercado.

Esa dinámica interactiva se refleja también en la formación de las políticas industriales. Aunque en China prosperan los conglomerados de pequeñas manufacturas pujantes, las autoridades han hecho relativamente poco para fomentar el desarrollo y el perfeccionamiento industriales, por lo que corresponde a las instituciones del mercado guiar el proceso y velar por que desempeñen un papel decisivo en los sectores industriales en expansión.

Otro venero de capacidad de resistencia en Asia oriental son los gobiernos locales. Para empezar, son los encargados del gasto público de capital, que impulsa la mejora de las infraestructuras físicas de China y brinda no pocos rendimientos a los inversores privados, lo cual contribuye a la consecución del objetivo de ayudar a las empresas locales, en particular las pequeñas o medianas innovadoras, a crecer y prosperar. Para ese fin, los gobiernos locales están ayudando también a los empresarios a conseguir el acceso a las cadenas mundiales de producción. Las provincias de Zhejiang y Guangdong han obtenido resultados particularmente logrados al respecto, por lo que no es de extrañar que figuren entre las economías regionales más sólidas de China.

Por último, los gobiernos locales se han mostrado dispuestos a apoyar la innovación institucional, lo cual permite la flexibilidad necesaria para abordar los empeños estructurales en el nivel local e impide que bloqueen el crecimiento.

Después de tres años de crecimiento lento y deuda en aumento, China vuelve a encontrarse en una encrucijada. Por fortuna, parece estar optando por la senda de la flexibilidad y del ajuste, al aplicar un ambicioso plan de reforma que le permitirá –es de esperar– acercarse más al umbral de la renta elevada y, con el tiempo, cruzarlo.

Zhang Jun es profesor de Economía y director del Centro de Estudios Económicos de China en la Universidad Fudan de Shanghái. © Project Syndicate.

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