5 septiembre, 2016

En nuestro “ejército de maestros”, hasta con docentes unipersonales (se ejemplificó hace poco en lindo artículo), sigue el esfuerzo por superarnos como personas y como grupo social. Pero por este mismo matutino deduzco que el río piedras trae.

Supuestos educadores enseñan con el mal ejemplo, no solo en el caso de los giros de más, por devolver, por simple ética; además, un reciente reportaje abunda en flores del mal (y prefiero leer a Baudelaire): cantidad de otrora prestigiados maestros aplican y enseñan fechorías, para incapacidades, trampas, todo con absoluta falta de escrúpulo.

El problema viene también de arriba, con un docente que se las da de perseguido vilmente. La cuestión de fondo no se logró probar por tecnicismos, pero como señalan las Carmina burana: “que oigan los que quieran oír”. Me sumo a las voces, entre otros de un simple ciudadano de a pie (don Leonardo) y hasta de un distinguido diputado (don Ottón). Ruido y hedor.

Y sigo con la educación: más que prédica, ¡cuestión de ósmosis! Aquello de tener relaciones sexuales con menores, en mis tiempos se llamaba simplemente estupro: pero leo comentarios y argucias legales que evidencian la pérdida de la misma noción de moral. El ruido ya se hizo ensordecedor.

El autor es educador.