Grecia está sometida a una cura prescrita para abordar las necesidades políticas de Alemania

 29 julio, 2015

Berlín

Durante la larga noche de negociaciones sobre Grecia del 12 al 13 de julio, algo fundamental para la Unión Europea se quebró. Desde entonces, los europeos han estado viviendo en una clase diferente de UE.

Lo que cambió aquella noche fue la Alemania que los europeos han conocido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En la superficie, las negociaciones versaban sobre la necesidad de evitar la salida de Grecia de la zona del euro y las nefastas consecuencias que tendría para ella y para la unión monetaria. Sin embargo, en un nivel más profundo lo que estaba en juego era el papel que debe desempeñar en Europa su país más populoso y económicamente más potente.

El resurgimiento de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial y su recuperación de la confianza del mundo (que llegó a su punto culminante en el consentimiento para la reunificación alemana cuatro decenios y medio después) se basó en unos sólidos pilares de las políticas interior y exterior. En el interior, surgió rápidamente una democracia estable, basada en el Estado de derecho. El éxito económico del Estado de bienestar de Alemania resultó ser un modelo para Europa y la disposición de los alemanes a afrontar los crímenes de los nazis, sin reservas, mantuvo un escepticismo, profundamente arraigado, sobre todos los asuntos militares.

Desde el punto de vista de la política exterior, Alemania recobró la confianza al hacer suyas la integración occidental y la europeización. La potencia situada en el centro de Europa no debía volver a ser nunca una amenaza para el propio continente. Así, el objetivo de los aliados occidentales después de 1945 –a diferencia de lo ocurrido después de la Primera Guerra Mundial– no fue el de aislar a Alemania y debilitarla económicamente, sino protegerla militarmente e insertarla políticamente con firmeza en Occidente. De hecho, la reconciliación de Alemania con su archienemigo, Francia, sigue siendo el fundamento de la Unión Europea actual, al ayudar a incorporar a Alemania al Mercado Común Europeo, con miras a la posible unificación política de Europa.

Pero en la Alemania actual, semejantes ideas están consideradas totalmente “eurorrománticas”; son de otro tiempo. Por lo que a Europa se refiere, en adelante Alemania perseguirá primordialmente sus intereses nacionales, exactamente como todos los demás.

Pero esa concepción está basada en una premisa falsa. La de la vía que Alemania recorrerá en el siglo XXI –hacia una “Alemania europea” o una “Europa alemana” – ha sido la cuestión histórica fundamental de la política exterior alemana durante dos siglos y se le dio respuesta durante aquella larga noche en Bruselas, al prevalecer la Europa alemana sobre la Alemania europea.

Fue una decisión crucial para Alemania y para Europa. Nos preguntamos si la Canciller Ángela Merkel y el ministro de Hacienda, Wolfgang Schäuble, sabían lo que estaban haciendo.

Quitar importancia a las feroces criticas a Alemania y a sus dirigentes que estallaron después del diktat sobre Grecia, como hacen muchos alemanes, es ponerse unas gafas teñidas de color de rosa. Desde luego, hubo una propaganda disparatada sobre el IV Reich y referencias majaderas al Führer, pero, en lo esencial, las críticas expresan una sagaz conciencia de la ruptura de Alemania con toda su política europea posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Por primera vez, Alemania no quería más Europa, sino menos. La posición de Alemania en la noche del 12 al 13 de julio anunció su deseo de transformar la zona del euro de un proyecto europeo en algo así como una esfera de influencia. Merkel se vio obligada a elegir entre Schäuble y Francia (e Italia).

La cuestión era fundamental: su ministro de Hacienda quería obligar a un miembro de la zona del euro a abandonar “voluntariamente” ejerciendo una presión muy intensa. Grecia podía o bien salir (con conocimiento pleno de las desastrosas consecuencias resultantes para ella y para Europa) o bien aceptar un programa que la convierte en realidad en un protectorado europeo, sin esperanza alguna de mejora económica. Ahora Grecia está sometida a una cura –una austeridad mayor– que no ha dado resultado en el pasado y que se prescribió exclusivamente para abordar las necesidades políticas internas de Alemania.

Pero el enorme conflicto con Francia e Italia (la segunda y tercera economía, respectivamente, por tamaño de la zona del euro) no se ha acabado, porque, para Schäuble, la salida de Grecia sigue siendo una opción posible. Al afirmar que el alivio de la deuda solo es posible “legalmente” fuera de la zona del euro, quiere convertir esa cuestión en la palanca para causar una salida “voluntaria” de Grecia.

La posición de Schäuble ha puesto de relieve con toda claridad la cuestión fundamental de la relación entre el sur y el norte de Europa, su pensamiento amenaza con tensar la zona del euro hasta el punto de ruptura. La creencia de que se puede utilizar el euro para lograr la “reeducación” económica del sur de Europa resultará ser una peligrosa falacia... y no solo en Grecia. Como bien saben los franceses y los italianos, semejante concepción pone en peligro todo el proyecto europeo, que se ha basado en la diversidad y la solidaridad.

Alemania ha sido la gran beneficiada, económica y políticamente, de la unificación europea. Basta con comparar la historia de Alemania en la primera y la segunda mitad del siglo XX. La unificación de Alemania llevada a cabo por Bismarck en el siglo XIX se produjo en el momento culminante del nacionalismo europeo. En el pensamiento alemán, el poder quedó inseparablemente unido al nacionalismo y al militarismo. A consecuencia de ello, a diferencia de Francia, Gran Bretaña o los Estados Unidos, que legitimaron su política exterior en función de una “misión civilizadora”, Alemania entendió su poder en función de la pura y simple fuerza militar.

La fundación del segundo Estado-nación alemán en 1989 se basó en la orientación occidental y la europeización irrevocables y la europeización de la política de Alemania colmó –y sigue haciéndolo– el desfase en materia de civilización encarnado por el Estado alemán. Permitir que se erosione ese pilar –o, peor aún, que se derribe– es una locura de la mayor magnitud. Esa es la razón por la que en la UE que surgió en la mañana del 13 de julio, Alemania y Europa llevan –las dos– las de perder.

Joschka Fischer, ministro de Asuntos Exteriores y Vicecanciller de Alemania de 1998 a 2005, fue un dirigente del Partido Verde Alemán durante casi veinte años. © Project Syndicate 1995–2015

Joschka Fischer, ministro de Asuntos Exteriores y Vicecanciller de Alemania de 1998 a 2005, fue un dirigente del Partido Verde Alemán durante casi veinte años. © Project Syndicate 1995–2015