5 marzo, 2015

En una hora electoral, vivida en medio del desencanto y la desafección partidaria generalizada, nada es más ventajoso que la virginidad política, para todo condenarlo y todo prometerlo. Es un Estado ideal fantasioso, donde no hay pasado que defender, trayectoria que asumir, ni deudas que pagar. Detrás de su “pureza cristalina”, la tabla rasa con la que se llega, oculta la ausencia de capacidad probada de gestión y la retórica que incrimina, sin historia propia, disfraza inexperiencia. Pero todo eso permanece invisibilizado por la fuerza ciega del descontento.

La palabra “cambio” es suficiente para sembrar avalanchas irracionales de expectativas. ¿Cómo administrar después, en la hora de la responsabilidad de gobierno, el universo de las restricciones institucionales? ¿Cómo aterrizar en el mundo real la ilusión cargada de condenas al statu quo , pero desnutrida de contenido?

En abstracto. Una parte importante del electorado español no quiere saber de eso y, desde ahora, se apunta al partido Podemos, que todo lo condena y todo lo promete, eso sí, en abstracto. Su nombre indica una aspiración que responde al grito del movimiento de los “indignados”, surgido de la administración de la austeridad, para pagar la deuda externa de España. Con marcadas diferencias, esa situación social y política es hermana de la griega. Ambas nacieron de una imposición irracional y de torpes acreedores, que ahora cosechan las tormentas que sembraron.

La mano dura de los acreedores de España desencadenó una desconsiderada austeridad con estancamiento productivo, retroceso de los índices de satisfacción social y un sentido de desesperanza colectiva. Todo, en nombre de pagar una deuda externa que no podía enfrentarse sin miseria, ya que, amarrada como estaba a una moneda ajena, España no tenía política monetaria propia y quedaba en permanente desventaja competitiva. Como resultado, en Grecia, el descontento dio lugar a la victoria de Syriza. En España, pareciera que existen condiciones para que el partido Podemos repita ese paso hacia lo desconocido.

Hace exactamente un año, Podemos no existía. Hoy es el partido político con mayor preferencia electoral. Su fuerza lo convierte en un actor protagónico de la política española. Su existencia misma señala ya el fin del bipartidismo desde la llegada de la democracia, hace más de 30 años, y el inicio de un período de inestabilidad política inevitable, independientemente de sus posibilidades electorales. Su mayor fuerza le llega del vacío creado por el descrédito de los partidos tradicionales, que no supieron dar una cara de hidalguía nacional, sensatez, sensibilidad y esperanza ante la austeridad impuesta desde afuera. En España, ese descontento se alimenta desde la izquierda, como heredera de una utopía devaluada. En otras partes, como en Francia, el vacío se llena desde la derecha xenofóbica. En toda Europa es síntoma, no respuesta, de una crisis de representatividad, producto de la pérdida de cohesión social, el crecimiento de la desigualdad y la sensación de vivir una democracia secuestrada por los aparatos partidarios, alejados de las angustias cotidianas.

Indefinición. El partido Podemos, nuevo como es y en oposición a lo viejo, es decir, a todo, se define prioritariamente por su indefinición. Está en su mejor momento, aquel estadio virginal que mejor puede capitalizar las decepciones. Comienza por colocarse “au-dessus de la mêlée”, más allá de todos los protagonismos de antaño. Por eso, a todas las otras formaciones políticas las llama “castas”. Su visión no la define como de izquierda o derecha, sino, muy útilmente, como los de abajo contra los de arriba. Se presenta con promesas de un cambio radical, que convenientemente no concreta. Condenar a diestra y a siniestra, eso es lo suyo.

En contraste con su supuesta “indefinición”, pocas dudas existen de los estrechos vínculos, personales, políticos y financieros entre la dirigencia de Podemos y el “Socialismo del siglo XXI” de Chávez. Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón y Luis Alegre, líderes históricos de ese partido sin historia, vivieron en Venezuela por muchos años como “asesores” de la Presidencia, recibieron pagos personales millonarios por auditorías a Nicaragua, Bolivia, Venezuela y Ecuador, hechos públicos por el fisco, y la fundación CEPS, de la que todos ellos forman parte, declaró haber recibido 3,7 millones de euros del gobierno de Hugo Chávez ( El País , 17/6/2014).

Ilusoria utopía. Los simpatizantes de Podemos no quieren saber nada de eso. Con decir que España no es Venezuela les basta. El pensamiento crítico de sus potenciales votantes está monopolizado con lo establecido, emborrachados, como están, con la ilusoria utopía de romper con lo existente. Es un voto protesta sin propuesta. Ahí está el secreto de esas nuevas formaciones diseñadas para ganar, no para gobernar. Si sus contornos se dibujaran con claridad, no sería extraño descubrir “más de lo mismo”, porque lo existente no se sustituye con el vacío. Una vez en el poder, se acaba el misterio, la poesía termina y comienza, con una dura prosa, el nuevo camino del viejo desencanto.

Incendio. Gobernar es complejo y el votante no quiere saber de minucias prosaicas: aumentar la productividad, mejorar la competitividad, desarrollar políticas fiscales que fomenten la innovación, el valor agregado y la creación de capacidades, para mayor empleabilidad con mejor remuneración. Eso no es nada idílico, sino práctico, concreto, exigible. ¡Uf, qué aburrido hablar de ese tipo de temas pedestres! Se oye más bonito “igualdad”, “justicia social” y “empleo”, así como así, de la nada. En los períodos electorales se pueden hacer todas las condenas abstractas que se quieran, pero en la administración concreta las definiciones son ineludibles. Las palabras huecas suelen transmutarse en nuevas utopías devaluadas. Pero el partido Podemos no está todavía ahí. Está, más bien, en su momento poético, jugando con fantasías de fuego para capitalizar decepciones.

El incendio vendrá después.

La autora es catedrática de la Universidad Estatal a Distancia (UNED).

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