Si el presidente emplea bien su capital político tiene posibilidades de estabilizar la economía

 28 noviembre, 2015

BUENOS AIRES – Durante los últimos 99 años la presidencia de Argentina ha estado ocupada sucesivamente por peronistas –Juan Domingo Perón y sus seguidores populistas– y generales reaccionarios. De vez en cuando, el cargo estuvo en manos de un político centrista de la Unión Cívica Radical, pero esos gobiernos duraron poco, ya fuera a causa de la renuncia del presidente o de un golpe militar.

En las elecciones del domingo pasado, los votantes argentinos rompieron el patrón: por primera vez en casi un siglo, el presidente no va a ser peronista, radical, ni general de ejército. Es difícil exagerar la importancia del acontecimiento. De acuerdo con Héctor Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown, si un cambio político semejante hubiera ocurrido en Francia o en Brasil, sus ciudadanos estarían celebrando el nacimiento de una nueva república.

La prensa internacional suele describir al nuevo presidente electo de Argentina, Mauricio Macri, ingeniero de profesión, como de “centro-derecha”. Sin embargo, esta calificación no es del todo correcta.

En Argentina, la división izquierda-derecha se ha desdibujado como consecuencia de las políticas de la hidra de múltiples cabezas que es el Partido Justicialista, de corte peronista, el cual privatizó las empresas estatales en la década de 1990, solo para volver a nacionalizarlas posteriormente. Todavía más, “centro-derecha” con frecuencia significa “conservador”, y la victoria de Macri no va a “conservar” el statu quo .

La mejor palabra para describir a Macri es “liberal”, en el sentido europeo del término. Esto significa, en primer lugar, respeto por las instituciones democráticas de Argentina, gravemente dañadas luego de diez años de maltrato por parte de los presidentes Néstor y Cristina Kirchner. También significa una política económica más amigable con el mercado.

Uno de los primeros pronunciamientos de Macri después de las elecciones, fue que desea un ministro de Hacienda de perfil “desarrollista”. En América Latina, esto quiere decir un economista preocupado del crecimiento, el empleo y las exportaciones, y no solo del equilibrio presupuestario y el pago de la deuda. Macri va a eliminar, aunque de modo gradual, los estrictos controles de precios y de capital que impusieron los peronistas. Y es poco probable que su ministro de comercio e industria repita la gracia de un predecesor reciente, quien solía poner una pistola sobre la mesa mientras negociaba cuotas de importaciones y exportaciones con los productores locales.

Sin embargo, el mundo no debe esperar fanatismo pro libre mercado por parte de Macri, quien encabeza una amplia coalición que incluye su propio partido, Propuesta Republicana, de tendencia liberal, la Unión Cívica Radical y otras agrupaciones de centro. Esta coalición no tendrá mayoría en ninguna de las dos cámaras del Congreso, de modo que para legislar va a ser necesario formar alianzas temporales ad hoc .

Durante la campaña, Macri desplegó un fino oído político. Comprendió que los argentinos estaban cansados del imperioso (casi se podría decir autoritario) estilo político de los Kirchner, según el cual, quien no estuviera de acuerdo con ellos inmediatamente pasaba a ser un lacayo de oscuras fuerzas imperialistas.

Incluso para un país con una historia política tan tumultuosa como Argentina, la polarización partidista y la acidez de las declaraciones y contra declaraciones habían alcanzado un nivel extremo.

El contraste ha sido notable desde el mismo primer día de Macri como presidente electo. A diferencia de Cristina Kirchner, cuyos discursos han sido largos y complejos, pero quien no ha dado conferencias de prensa ni aceptado preguntas de los periodistas, Macri dio respuestas a los reporteros hasta que se cansaron de preguntar.

Como presidente, Macri va a heredar una grave situación económica. La economía de Argentina está en contracción. La inflación llega a más del 20% (nadie sabe con precisión cuánto más porque las cifras se han adulterado). El peso está sobrevalorado. Las reservas internacionales van en rápida disminución. Y el déficit fiscal alcanza el 7% del PIB. Cierto ajuste es inevitable.

Afortunadamente, también hay buenas noticias. La cuenta corriente está casi equilibrada, de manera que no es necesario comprimir más las importaciones. Y debido a que nadie quiso otorgarle créditos a Argentina después de su impago a principios de este siglo, la deuda pública es relativamente baja.

Al permitir la depreciación del peso, Macri podría lograr dos metas de una vez. Una moneda más débil estimularía las exportaciones y permitiría el aumento de las importaciones a medida que se supriman los controles cambiarios. Entretanto, dado que parte importante del ingreso fiscal está vinculado al dólar, mientras que el gasto es mayormente en pesos, la devaluación ayudaría a reducir el déficit presupuestario.

Es probable que la luna de miel de Macri sea de corta duración; la oposición peronista, habiéndose librado de los Kirchner, no dudará en atacar al nuevo gobierno. No obstante, si el presidente emplea su capital político de manera acertada, tiene una buena posibilidad de estabilizar la economía y de mantener, al mismo tiempo, un nivel razonable de apoyo político.

Esto daría un giro a las perspectivas políticas no solo de Argentina, sino también del resto de América Latina. En el país vecino de Argentina, el gobierno de Dilma Rousseff no hizo mayores esfuerzos por ocultar que su preferencia era el opositor de Macri. A medida que su popularidad baja en picada en las encuestas de opinión, la oposición centrista brasileña se ha ido abriendo poco a poco camino hacia el poder. Es posible que la elección de Macri acelere este proceso.

Asimismo, la victoria de Macri podría darles a los venezolanos –que se pronuncian en elecciones parlamentarias el 6 de diciembre– el coraje que necesitan para emitir sus votos en contra de un gobierno cada vez más autoritario.

Macri ha anunciado que, en respuesta a las violaciones de los derechos humanos en Venezuela, va a invocar la llamada “cláusula democrática” de los estatutos del Mercosur, lo que podría llevar a la suspensión de este país del bloque comercial regional.

Esta actitud contrasta con el silencio cobarde y cómplice de otros gobiernos de la región. Si Macri la hace efectiva, esta acción, por sí sola, garantizará la mención de su presidencia en los libros de historia.

Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es Professor of Professional Practice in International Development en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de Columbia University, Estados Unidos. © Project Syndicate 1995–2015