9 diciembre, 2015

BERLÍN – Durante cuatro años, una guerra sangrienta arrasó a Siria. Lo que comenzó como un levantamiento democrático contra la dictadura de Bashar al Asad se transformó en una maraña de conflictos que refleja, en parte, una lucha de poder brutal entre Irán, Turquía y Arabia Saudita por el dominio regional. Esta lucha, como lo demostró el combate en Yemen, podría desestabilizar a toda la región. Y ahora Rusia, mediante su intervención militar en nombre de Asad, está intentando mejorar su condición de potencia global en relación con Occidente (y los Estados Unidos en particular).

De manera que el conflicto en Siria está ocurriendo, por lo menos, en tres niveles: local, regional y global. Y, como se permitió que la lucha se agravara y se propagara, murieron aproximadamente 250.000 personas, según cálculos de las Naciones Unidas. Este verano, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados calculó la cantidad de refugiados que habían huido de Siria en cuatro millones, además de 7,6 millones de personas desplazadas internamente. Mientras tanto, el flujo de refugiados sirios que ingresan a Europa se ha convertido en uno de los mayores desafíos que ha enfrentado hasta ahora la Unión Europea.

La guerra civil siria también se ha transformado en el terreno fértil más peligroso para el terrorismo islamista, como lo han demostrado los atentados del Estado Islámico (EI) en Ankara, Beirut y París, y el bombardeo de un avión de pasajeros ruso sobre la península del Sinaí. Es más, el derribamiento por parte de Turquía de un avión de guerra ruso ha resaltado el riesgo de que potencias importantes se vean involucradas directamente en el conflicto. Después de todo, Turquía, como miembro de la OTAN, tendría derecho a la asistencia militar de la Alianza si fuera atacada.

Por todas estas razones, debe ponerse fin a la guerra siria lo antes posible. No solo el desastre humanitario está empeorando casi a diario, también los riesgos de seguridad que emanan de la guerra.

Luego de los atentados terroristas del 13 de noviembre en París, surgió una nueva oportunidad para terminar con la agonía de Siria, porque todos los actores importantes (excepto el EI) ahora están dispuestos a sentarse juntos a la mesa de negociación. Pero, si bien todos los actores han acordado combatir al EI antes que nada, el gran interrogante sigue siendo si en verdad lo harán.

Los kurdos en el norte de Siria e Irak son los combatientes más eficaces contra el EI, pero sus propias ambiciones nacionales los enfrentaron con Turquía. Irán y Arabia Saudita están luchando principalmente entre sí por un predominio regional, basándose en actores que no son Estados. Rusia está luchando por un estatus global y contra cualquier forma de cambio de régimen.

Rusia se encuentra así aliada con Irán en su respaldo de la dictadura de Asad, mientras que Irán, a su vez, persigue sus propios intereses geopolíticos al respaldar a su aliado chiita en el Líbano, Hizbulá, para el cual el interior sirio es indispensable. Francia es más seria que nunca respecto de combatir al EI, a la vez que Alemania y otros europeos se sienten obligados a asistirla –y a frenar el flujo de refugiados que provienen de la región–.

Estados Unidos, mientras tanto, está operando con el freno de mano puesto. El presidente Barack Obama quiere, esencialmente, evitar involucrar a Estados Unidos en otra guerra en Oriente Medio antes de que termine su mandato. Sin embargo, como la principal potencia global se ha mantenido a un costado, el resultado inevitable ha sido un vacío de poder sumamente peligroso que el presidente ruso, Vladimir Putin, intenta explotar.

En especial, como Estados Unidos se niega a liderar y Europa es demasiado débil militarmente para influir en los desarrollos en Siria por sí sola, existe la amenaza de una alianza europea de facto con la Rusia de Putin. Ese sería un grave error, dado que cualquier tipo de cooperación con Rusia no contendría o acabaría con la guerra en Siria. De hecho, existen motivos para temer lo contrario: cualquier cooperación militar con Asad –el objetivo y el precio de Putin– llevaría a una gran mayoría de musulmanes sunitas a caer en brazos de los islamistas radicales.

Ese tipo de tendencia ya es visible en Irak. El gobierno dominado por los chiitas del ex primer ministro Nouri al-Maliki desempeñó un papel decisivo a la hora de radicalizar a los sunitas iraquíes y convencerlos de respaldar al EI. Sería extremadamente estúpido obstinarse en repetir el mismo error en Siria. Por cierto, una negociación de estas características no tendría nada que ver con la realpolitik, ya que la guerra en Siria no se puede terminar si el Estado Islámico o Asad siguen en el panorama.

Cualquier colaboración occidental con Rusia debe evitar dos desenlaces: la vinculación de Siria con Ucrania (las negociaciones con Irán respecto de limitar su programa nuclear fueron exitosas sin una asociación de este tipo) y una cooperación militar con Asad. Más bien, debería hacerse el intento de vincular una intervención militar contra el EI, realizada bajo los auspicios del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con un acuerdo sobre un proceso de transición política que pase de un armisticio a un gobierno de unidad nacional para Siria y el fin del régimen de Asad.

Y hay otros grandes desafíos que se asoman más allá de Siria: la situación de caos en la que cayó Irán, íntimamente vinculada a la estrategia siria, amenaza con convertirse en un nuevo teatro de conflicto entre Irán y Arabia Saudita. A menos que se contenga esta batalla por la hegemonía regional, es inevitable que se produzcan otras guerras de poder, con todos los riesgos que ellas conllevan.

En definitiva, la batalla decisiva con el extremismo islamista tendrá lugar en el interior de la comunidad sunita.

¿Qué forma de islam sunita prevalecerá: la versión saudita-wahabita o una más moderna y moderada? Este es el interrogante decisivo en la lucha contra el EI y los de su clase.

En este contexto, un factor importante será la manera en que Occidente trate a sus musulmanes: como ciudadanos bien recibidos con iguales derechos y obligaciones o como permanentes extraños y carne de cañón para los reclutadores yihadistas.

Joschka Fischer, ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania desde 1998 hasta el 2005, fue un líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años.© Project Syndicate 1995–2015