Dejar de lado la historia lleva a interpretaciones irracionales y posiciones moralistas vacías

 30 octubre, 2015

Carlos Alberto Montaner es uno de los periodistas más leídos en el ámbito hispanoparlante, pero semejante popularidad no es garantía de argumentos racionales. Al explayarse sobre distintos temas, con frecuencia, Montaner deja de lado los hechos y procede como un predicador antes que como un analista. Practica con regularidad una deliberada ignorancia histórica, y suele explicar los acontecimientos políticos en base a un moralismo vacío.

En su columna publicada el 11 de octubre (“Los cinco errores del Papa”), ataca la idea de un “salario justo”, y señala que este depende de “las condiciones objetivas de la sociedad en que se trabaja y de la calidad del aparato productivo”. Acto seguido afirma: “Si uno trabaja como un holandés, puede y debe aspirar a vivir como un holandés. Si uno trabaja como un congolés, tendrá que vivir como un congolés”. Se deduce que las diferencias económicas entre el Congo y Holanda son justas y obedecen meramente a una cuestión de laboriosidad y eficiencia.

Semejante análisis solo es posible si uno deja de lado la historia. La cuenca del río Congo fue incorporada por los portugueses durante el siglo XVI al tráfico trasatlántico de esclavos que nutrió las plantaciones españolas y portuguesas en América.

En el siglo XIX gran parte de la región pasó a ser propiedad personal del rey Leopoldo II de Bélgica, quien estableció un régimen de esclavitud inhumano que llevó a la muerte de más de ocho millones de personas. Para los colonos, era habitual tomar mujeres y niños como rehenes, a fin de obligar a sus parientes a cumplir con las desmesuradas cuotas de caucho que exigía el régimen colonial.

Si esos métodos fallaban se recurría a asesinatos masivos, y como la Force Publique temía que sus hombres usaran las balas para matar animales en vez de congoleses, empezó a exigir que les amputaran una mano a los cadáveres como prueba.

Los soldados, a fin de tener algunas balas para cazar, amputaban las manos de personas vivas y las dejaban agonizando. Esta práctica se convirtió en un fin en sí mismo: como las cuotas de caucho eran imposibles, los soldados se dedicaron a recolectar manos, e incluso había aldeas locales que atacaban a sus vecinos para no tener que darles sus propias manos a los europeos. Las canastas llenas de manos se convirtieron en un símbolo siniestro del régimen de Leopoldo; las fotos están en Internet, para cualquiera que dude de estos hechos.

Holanda. Los holandeses sufrieron la Guerra de los Ochenta Años, librada contra el Imperio español, y más recientemente la ocupación nazi, pero nunca fueron considerados menos que humanos, ni sometidos a una destrucción semejante. Al contrario, han gozado de todas las ventajas de la civilización europea.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Holanda recibió por medio del Plan Marshall ayuda económica para su reconstrucción; la actual República Democrática del Congo no ha recibido reparaciones de Bélgica por las atrocidades cometidas, y nadie supone que vaya a recibirlas nunca. Los propios holandeses deben gran parte de la prosperidad que obtuvieron en el siglo XVII, cuando ocuparon un lugar central en el comercio mundial, al hecho de que superaron a Portugal a la cabeza del tráfico de esclavos. La riqueza de las naciones no viene solamente de negocios honorables: ¿Cuántos congoleños habrán cruzado el mar en embarcaciones holandesas?

Diferencia moral. Debo suponer que Montaner sabe todo esto; si lo deja de lado es porque lo considera irrelevante. La diferencia entre el Congo y Holanda, y entre África y Europa, es moral: unos trabajan más y otros menos. Niega así el peso de hechos históricos determinantes, y descarta una situación compleja (el desigual desarrollo de dos países) en base a un moralismo burdo.

Lo que dejan entrever sus argumentos es una versión secularizada de la creencia calvinista de que la riqueza es una señal del favor divino; si Dios (o el mundo o el sistema económico) es justo, la prosperidad le llega a quienes la merecen. Sobra decir que se trata de un principio religioso, no racional.

Una argumentación tan endeble no merecería mayor atención si Montaner no fuera tan leído, pero es típico del predicador congregar un público amplio, tan típico como apelar a las emociones, y no a la razón, de su audiencia.

El hecho de que un país de antiguos esclavistas sea más próspero que uno de antiguos esclavos es para el Sr. Montaner evidencia de la mayor laboriosidad de los primeros.

Cualquiera que, con un mínimo de sentido común, pueda deducir quién trabaja más entre aquel que dispone de su cuerpo, y aquel cuyo cuerpo es propiedad de otra persona, sabrá razonar con mayor sagacidad.

El autor es profesor de Literatura y traductor.