Si hacemos un examen con sinceridad, nadie está exento de culpa de haber dicho una mentira

 12 agosto, 2016

En días pasados, me enteré por los medios de comunicación colectiva de varias entrevistas hechas a distintas personas, sobre un mismo tema. Me llamó la atención que los protagonistas dieron distintas versiones sobre el mismo asunto.

Eso me hizo pensar que posiblemente avarios de los entrevistados habían mentido.

La mentira en Costa Rica se ha convertido en un deporte nacional. Me atrevo a afirmar que tiene más adeptos que el futbol, deporte favorito de los costarricenses.

Es tan interesante el tema, que Fernando Savater, filósofo español contemporáneo, se ha ocupado de él en varios libros. Tan relevante es la mentira o su contraparte, la verdad, que Moisés, legislador del pueblo judío, se retiró a la montaña y consideró indispensable incluir el no mentir como uno los mandamientos del Decálogo. Aún más, lo escribió en piedra debido a la falta de memoria del ser humano.

Eso demuestra que desde esa temprana época, más de mil años antes de Cristo, el ser humano frecuentemente recurría a la mentira. Así, el octavo mandamiento de la ley mosaica nos indica imperativamente: “No levantar falso testimonio, ni mentir”.

No obstante que ese mandato judaico ha estado con nosotros por miles de años, es uno de los que más se incumplen, sobre todo en los países latinos.

Verbo democrático. El verbo mentir es uno de los más conjugados. Se conjuga en todos los modos, tiempos, números y personas: yo miento, tú mientes, él miente, nosotros mentimos, vosotros mentís, ellos mienten.

Como el verbo lo indica, de la mentira nadie se salva. Si hacemos un examen introspectivo y con sinceridad, nadie está exento de culpa de haber dicho una mentira.

Decíamos mentiras en la infancia, en la adolescencia y en la juventud; en esas etapas de la vida, tal vez era justificable, porque, al fin y al cabo, son etapas en las que se forma el carácter del ser humano, pero en la madurez o en la vejez es imperdonable recurrir a la mentira.

Como podemos ver, es un verbo bastante democrático, todas las clases sociales lo conjugan.

En todo ámbito. La mentira no respeta ningún campo: está presente en el ámbito social y en el político, y hasta en el terreno deportivo. La practican hombres y mujeres.

Donde más se nota la mentira es en la arena política; en ese ambiente, para infortunio de los políticos, cuando no nos dicen la verdad, queda una huella indeleble de la mentira.

Basta con comparar las promesas que se nos hacen en las distintas campañas políticas con las realizaciones en los períodos de gobierno. En esos casos, solo les queda la fútil justificación del viejo y sabio adagio popular que dice: “No es lo mismo verla venir, que hablar con ella”.

Un mal. En términos generales, la mentira resulta ser un mal de enormes dimensiones, que deja graves secuelas en la sociedad.

Friedrich Nietzsche (1844-1900) filósofo, poeta, músico y filólogo alemán, considerado uno de los pensadores contemporáneos más influyentes del siglo XIX, y que pertenece al siglo de oro de la filosofía alemana, exclamó: “Lo que me preocupa no es que hayas mentido, sino que de ahora en adelante ya no podré creer en ti”.

Si revisamos la historia, veremos que grandes mentiras produjeron grandes males. Como muestra, recordemos que hace pocos años el expresidente de Estados Unidos George W. Bush, del Partido Republicano, se valió de la mentira para derrocar al dictador Sadam Huseín.

Afirmó, falsamente, que este tenía armas de exterminio masivo. Ciertamente, Sadam era un déspota, cruel y sanguinario, opresor de su pueblo, pero esa mentira atroz produjo miles de muertes de iraquíes y les costó la vida a muchos soldados norteamericanos e ingleses.

Los efectos nefastos producidos a Irak con la invasión son evidentes y se han proyectado a lo largo de los años, efectos quizá más graves que los que ocasionaba el tirano derrocado.

Consecuencias graves. Es conveniente combatir la mentira. En general, es progenitora de graves vicios: la persona que hace de la mentira su modus vivendi es capaz de cometer graves delitos, como estafas, robos y hurtos. Hay que infundir en las nuevas generaciones el amor a la verdad.

El tema es muy amplio, tanto que se podría escribir un tratado sobre él. Existe la mentira piadosa, que se dice para no causar un mal mayor; algunas veces, la verdad resulta dura y dolorosa y puede ser contraproducente.

Como regla general y como norma de conducta, tratemos de decir siempre la verdad; excepto que el buen sentido y las normas de la prudencia aconsejen guardar silencio para no producir un mal mayor.

Seamos prudentes, porque haciendo alarde de la verdad podemos cometer, según las circunstancias, el delito de difamación o injurias. No obstante, en los tribunales, cuando comparecemos como testigos, invariablemente tenemos la obligación de decir la verdad y no podemos mentir; se miente afirmando falsedades u ocultando hechos verdaderos; si ocultamos la verdad, cometemos el delito de falso testimonio, gravemente penado por el código de la materia.

El autor es abogado.