1 julio, 2014

Por “miedo político” se debe entender el temor de las personas a que su bienestar colectivo resulte alterado: miedo al terrorismo, ansiedad sobre la descomposición social, pánico ante el crimen, incluso la intimidación por parte de un Estado u otros grupos externos o propios de la sociedad. Lo que lo convierte en “político”, más que en “miedo personal”, es que emana de la sociedad o tiene consecuencias para esta.

El uso político del miedo permite comprender muchos de los fenómenos históricos contemporáneos de nuestro país, pues el miedo, al igual que la esperanza, tiene poder para modificar las actitudes y acciones de la ciudadanía ante los peligros, sean reales o imaginarios. Por lo tanto, el miedo político es un instrumento de control social sumamente poderoso que los grupos de poder han utilizado durante conflictos sociales para hacerse y mantenerse con el poder.

Arma de control. Por medio del miedo, los individuos se rehúsan a ver las injusticias y las controversias subyacentes en su entorno, mientras enfocan toda su atención en las expresiones más visibles del miedo: los estereotipos sociales, la desconfianza en las instituciones humanas y las noticias sensacionalistas.

Precisamente, al cegarse ante los conflictos materiales y, más específicamente, ante las desigualdades, los individuos hacen del miedo un instrumento de dominio político. Mientras que las sociedades, como colectivos de personas, al negar las herramientas que mitigarían dichos conflictos, permiten mantener el sometimiento al miedo de los individuos ante los grupos que ejercen el miedo como arma de control.

Vivimos una época de recrudecimiento de esta estrategia política. La crisis del desempleo, la creciente desigualad y la irresuelta inseguridad ha ayudado a amedrentar a la ciudadanía hasta la parálisis, infundiendo un temor abstracto a los otros y desincentivando la participación activa en las cuestiones públicas.

En la práctica, este fenómeno se ve reflejado en los bajos niveles de identificación de la ciudadanía con los partidos políticos, la pérdida de valores colectivos frente al culto al individualismo y el abandono de los espacios públicos de esparcimiento e interacción, para dar cabida a los espacios privados de consumo y segregación socioeconómica, como centros comerciales y residenciales de acceso restringido.

La periodista canadiense, Naomi Klein, señaló que, para el neoliberalismo, toda crisis social, sea real o infundida, resulta una oportunidad para aplicar políticas de ajuste orientadas a la privatización y a la reducción en todos los gastos del Estado, salvo en los relativos al financiamiento de alternativas armadas como respuesta a la crisis de la seguridad.

Combate de frente. Los individuos, paralizados por pesadillas intangibles, dan por bueno lo que en otras circunstancias, con cabeza fría, resultaría inaceptable. Atemorizadas, las sociedades se disgregan en personas individualistas, mucho más manipulables porque dividiendo es más fácil convencer.

Una sociedad individualista implica una no sociedad, donde las personas olvidan ayudar a los demás y quedan solas, convirtiéndose en individuos mucho más vulnerables ante los peligros reales y concretos, como lo son el desempleo, la privatización y la enajenación social.

En la práctica, los gobernantes aconsejan tradición y sumisión ante el miedo. Si las personas están dispuestas a renunciar a elementos clave de su libertad, en favor de la seguridad que se encuentra desde el tradicionalismo abyecto, es posible aplicar la estrategia de “sálvese quien pueda”, resaltando las diferencias y olvidando los puntos de identidad común entre los individuos, negando el carácter dinámico y cambiante de toda sociedad. En otras palabras, el miedo político es un obstáculo para el desarrollo de las sociedades.

No obstante, es virtualmente imposible mantener a la población en un constante miedo porque, frente a los movimientos que construyen con la esperanza como herramienta de cambio, los efectos paralizadores del temor político se diluyen rápidamente.

Cuando la ciudadanía se sacude del miedo y sale a los espacios públicos a manifestar sus ilusiones, el discurso del miedo se deshace ante la realidad política fáctica.

Al miedo se le combate de frente, con esperanza e información. Retomando las palabras de Michel Montaigne: “A lo que más temo es al miedo”.

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