19 febrero, 2015

¿Quién es el mejor maestro? El que ha marcado nuestras vidas. Pero no sabríamos que los hay si no fuera por la escasez de ellos. La pedagogía perfecta está tan lejana de la perfección misma, que nos desafía cuanto más mediocre es. Si el profesor es impuntual, repugnante o aburrido, nos apuramos por encontrar uno que no lo sea. Esa tediosa comparación, que muchas veces logra frustrar más que inspirar, es la que nos ayuda a anhelar ser lo que más detestamos; es ahí donde se siembra la semilla del futuro maestro, del mejor, porque en aras de buscar lo que nunca encontró, dará lo mejor de sí.

Sin embargo, hasta el mejor profesor tendrá siempre defectos, y a pesar del dominio de la materia y de los más novedosos recursos metodológicos, no siempre podrá obtener la gratificación de un trabajo excepcional. Esa angustia es la que lo motivará a dar siempre más, a progresar a pesar de la gratitud que unos pocos le expresen, porque el profesor, lo mismo que los que aran el campo, nunca suelen recibir agradecimientos por lo que siembran, sino por lo que cosechan. Frutos que desgraciadamente no siempre podrán palpar con sus manos, sobre todo porque son árboles longevos los que ha sembrado.

Trabajo en equipo. El maestro no descansa, porque trabaja con otros. El buen profesor no trabaja mejor que cuando lo hace en equipo. En sus estudiantes descansa la alegría de enseñar, aunque después solo le quede congraciarse con la soledad. Un aula vacía es un laberinto de emociones: horas de preparación, años de estudio, se agotan en un abrir y cerrar de ojos, cuando quedan en el salón dos personas: el enseñante y su pizarra. El diálogo entre ellos no podrá ser olvidado, aunque pronto alguien intente esconder la memoria que supieron esculpir ante la mirada de aprendices y desinteresados.

El compañerismo es la clave que da tono a la enseñanza. Un profesor sin estudiantes colaboradores es un capitán sin ejército. La docencia no se logra si faltan letras, pero para leerlas deben estar reunidas entre sí. Así son los estudiantes y su maestro: un libro por escribir, con erratas y desaciertos, pero dispuestos a celebrar los pequeños logros: un descubrimiento, una presentación, hasta una sencilla tarea. Un receso durante el tiempo de clases fue quizá el único tiempo para un encuentro, y en ese espacio… pudieron intercambiar pensamientos.

No es bueno idealizar. Los hay alumnos malos y también pésimos. Quisiéramos que no existieran, pero están ahí. Los miramos con paciencia, pero los rechazamos con desdén. Si pudiéramos eliminarlos del salón… pero ¡alto! Nuestra labor es educar al ignorante… y al maleducado, que se duerme y se distrae, que con su risa mal intencionada se burla de nuestro trabajo, pero sobre todo del suyo, porque queremos pensar que no llegará lejos, que será un profesional de poca talla, hasta que recordamos que un día fuimos como él, como ellos. Sí, y por eso somos pedagogos, porque pensamos: ¡nunca quisiera ser como este profesor que me adormece! Gracias a estudiantes como ellos, somos lo que somos: paciencia y decencia, para ser algún día doctores.

Pero la enseñanza es aburrida. Leer tanto es agobiante, incluso para el músico resulta más fácil repetir las claves del hip hop, que imbuirse en las complejas composiciones de lo clásico. ¿Y entonces por qué leer a Cervantes, si se puede chatear en 140 caracteres? A veces nos sumamos a la escasez de argumentos para justificar lo que nosotros mismos hacemos: perder el tiempo. Y aún así pensamos que la calidad de nuestra educación es inmejorable.

Ha quedado solo el estudiante. Aislado, sin nadie a quién acudir. En la soledad estuvo antes el facilitador, ahora lo está el aprendiz. Volvemos a nuestro punto de partida: porque no quiere ser como aquel que le resultó frívolo y monótono, y algún día será maestro de verdad, maestro de la vida, porque vivir en la rutina del Internet no es culpa suya, es culpa de los que educan, que no saben cómo integrar la tecnología a las aulas, que no saben hacer entretenido el conocimiento. Más aún, no quieren. Si quisieran, al menos lo intentarían, y sus esfuerzos irían más allá que un cúmulo de filminas saturadas con texto e imágenes de antaño.

Esa pobreza de ánimo del educador es la que convierte al alumno en un futuro profesor, en uno que cambiará el modo de hacer las cosas. Luego, cuando llegue el momento de preparar una lección, se dará cuenta de lo maravilloso que es dictar, repetir el contenido del libro, porque al fin y al cabo sus alumnos tendrán que escucharle para aprobar una materia, o el fin de semana sus padres no les dejarán salir, o tendrán que ir a exámenes de recuperación durante las vacaciones. Entonces se quedará trazando garabatos en su cuaderno y raspando la pantalla de celular mientras se pregunta: ¿Quién es el mejor maestro?

El autor es administrador de empresas.

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