29 septiembre, 2014

Al escribir estas líneas no puedo borrar de mi mente la imagen de un sacerdote, no un actor, sino una persona de carne y hueso que lucha por la justicia, por los más necesitados –carentes de todo y conservando solo una leve esperanza–, y que, para lograr su propósito, está dispuesto a entregar todas sus posiciones materiales y espirituales, incluyendo su vida. Se trata de El martirio del pastor , de Samuel Rovinski.

La noche del estreno tenía una cita con el director de la obra, Luis Fernando Gómez, media hora antes de que se abrieran las puertas para el público, y, mientras se hacían los últimos ajustes a las luces y al escenario, conversamos sobre el montaje. Le dije que me había gustado mucho su caracterización de monseñor Romero en el estreno de la obra hace 27 años, y me contestó: “Claro que recuerdo muy bien esa actuación de un personaje inolvidable que me abrió nuevos horizontes en el teatro y me permitió iniciar una gran amistad con el autor de la obra, pero, en esta ocasión, traté de que este recuerdo no influyera en la creación que hace muy bien Andrés Montero. Además, la obra está en un contexto muy diferente. Por dicha, la situación ha cambiado, ha mejorado. En aquella época, en El Salvador corrían ríos de sangre. Y el sacrificio de Romero sirvió de mucho para lograr este cambio. Qué dicha que su sacrificio no fue en vano”.

Le pregunté cómo veía el hecho de que una obra sobre un sacerdote católico fuera escrita por un judío. “Se trata de una obra magistral que va más allá de cualquier diferencia religiosa. Samuel no se queda solo en la anécdota, terrible como lo es, y hace una apología de la libertad en todos los aspectos de la vida. Se trata de un drama más humano que político”.

Le pregunté también sobre cuál es la principal enseñanza de El martirio del pastor . “Es un espejo de la lucha de los seres humanos para lograr lo que es justo. Es un ejemplo para las generaciones actuales, para que estos hechos terribles no se produzcan más. Trasciende lo que es religioso y se concentra en lo que es humano. Además, el ejemplo de monseñor Romero ha servido para que otros sacerdotes sigan en el mismo camino. Hay un cura que dedica todos sus esfuerzos a trabajar con las maras y ha tenido mucho éxito”.

Naturalmente, había visto la obra en su montaje original, dirigida por Alfredo Pato Catania, y con Luis Fernando Gómez en el papel protagónico, y, además, había conversado con el autor sobre varios aspectos de su obra. El montaje original me impactó, pero este segundo me impactó todavía más.

La actuación de Andrés Montero es impecable, pero, además, qué extraordinario valor tuvo este actor que, a las 3 de la tarde, con gran dolor, enterró a su madre y a la hora exacta estaba en el Teatro del la Aduana, listo para convertirse en monseñor Romero y transformar su dolor en el que sentía, no él, sino el personaje. La obra nos brinda hechos históricos muy bien balanceados, sin ocultar nada, ajustándose a la verdad sin maquillajes de ninguna especie. Y así vemos que “los buenos” comenten errores y hasta monseñor Romero muchas veces duda sobre el camino que debe seguir, e, incluso, al principio colabora con los opresores. El nuncio apostólico está claramente del lado de la oligarquía, y cultiva el engaño y la hipocresía. Solo el pueblo mantiene una sola meta, que tratan de alcanzar, aunque vayan dejando muertos en el camino.

Esta obra me recordó los gratos momentos en que tuve la oportunidad de ver, en New York, Becket , de Jean Anouilh, con dos magníficos actores como lo eran Laurence Olivier y Anthony Quinn, quienes, en un alarde de dominio de la escena, intercambiaban personajes, de manera que, una noche, Olivier era el rey y, la noche siguiente, era Becket, y lo mismo hacia Quinn, por lo que los aficionados al buen teatro se sentían obligados a asistir las dos noches.

En esa obra, el rey consigue que se nombre como arzobispo a su compañero de juergas con la idea de que le va a consentir su vida licenciosa, pero, al asumir la posición religiosa, Becket la toma en serio y no permite a nadie, ni al rey, lo que él considera pecado. En forma similar, en esta obra los terratenientes logran que se nombre arzobispo a quien están seguros de que se va a plegar a sus deseos, pero, más bien, lo que sucede es exactamente lo contrario.

Ayuda mucho a crear una gran obra de teatro la sencilla, pero efectiva escenografía de Pilar Quirós y las buenas actuaciones, sobre todo de Gerardo Arce, de Alonso Venegas y, naturalmente, de Andrés Montero. Además, se debe resaltar la dirección de Luis Fernando Gómez, quien, hábilmente, supo mover todas las líneas para obtener un resultado final muy exitoso.

El martirio del pastor , de Rovinski, es ya un clásico nacional que deben ver todos los costarricenses, no solo para su disfrute, sino también como una enseñanza para las futuras generaciones.

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