El tiempode Limón ya llegóy no debemos desaprovecharlo

 11 noviembre, 2014

Soy josefino. Nací en el Hospital Calderón Guardia, en el barrio Aranjuez, cuando todavía se llamaba “Hospital Central”. Sin embargo, mi bisabuela y mi abuela materna eran jamaiquinas, venidas a Costa Rica a principios del siglo XX, y tanto ellas como sus hijas e hijos, y también mis abuelos Luis y Monchita, y papá, se afincaron y vivieron en Turrialba hasta mediados de los años 1950.

Eso y el gran cariño que ellos me inculcaron por las gentes, la comida, los paisajes de las tierras bajas que se extienden del Valle Central hacia el Levante, siempre me han hecho sentir, en muchos aspectos, caribeño. Por esa razón escribo lo que escribo y me atrevo a hacerlo como alguien que conoce bien la región y ha sufrido, tanto de manera directa como por afinidad, los males que la aquejan desde hace más de 150 años.

Abandono y discriminación. La provincia de Limón, tanto como el puerto, no se merece el abandono, la discriminación –fruto del racismo–, la pobreza, la corrupción, el desdén y la pésima gestión de los recursos públicos de la que ha sido objeto. No ha habido en ello diferencia de partido o de gobierno, de modelo productivo o de tiempo histórico. Desde siempre, Limón ha padecido todos los males imaginables y ello ha sucedido con la complicidad de buena parte de su dirigencia política, tanto de derechas como de izquierdas.

Durante la campaña política, Limón fue la provincia que más visité. Fue, de hecho, el principio y el fin de muchos de mis recorridos proselitistas y también uno de los lugares donde menos apoyo recibí durante la primera ronda electoral. Digo esto no como un reproche, sino como un elemento que me permite subrayar algo que quizá no sea tan evidente: conozco bien Limón y sé de sus aspiraciones de desarrollo humano. Tanto es así que, durante mi última gira a la provincia, ya como Presidente, me regocijé (y lo dije de forma pública y repetida) de lo que llamé el “nuevo espíritu” que se manifestaba en todas partes.

Energía diferente. En efecto, así como en ocasiones pasadas sentí un profundo pesimismo e, incluso, desidia en la actitud de mucha gente, en esa constaté una energía diferente. Se había despertado en todas partes una tremenda ansia de progreso y, junto a ella, una renovada capacidad propositiva, en la que “todo el mundo”, desde las organizaciones comunales más diversas hasta las grandes empresas exportadoras y el comercio, se mostraba entusiasmado y listo para enfrentar el desafío del desarrollo con una fuerza y una imaginación inusitadas. Encontré, a ese respecto, una gran disposición a sumarse a un esfuerzo por aprovechar el nuevo entorno geopolítico y, en particular, el surgimiento en la Gran Cuenca del Caribe de un extenso entramado logístico dentro del cual Limón, con toda seguridad, ocupará un lugar preferente en los próximos años.

Por esa razón, cuando se produjo el diálogo con Sintrajap, respecto de opciones para salir del impasse que le imponía al Gobierno, por disposición constitucional, el respeto absoluto a la seguridad de los contratos y, en particular, del contrato suscrito por la Administración Chinchilla con APM Terminals, estuve claro en apoyar una propuesta amplia, integral y sin precedentes para convertir a Limón en una región prioritaria para mi Administración.

Una región que, fortalecida con nuevas inversiones públicas (incluyendo aquellas dirigidas al fortalecimiento de Japdeva), fuese capaz, en un breve plazo, de atraer nuevos recursos del sector privado para generar muchos nuevos empleos y enrumbarse, de forma definitiva, hacia un horizonte de bienestar.

Inversiones. La propuesta, que fue reiterada en el marco de las negociaciones de la huelga convocada por Sintrajap, incluía inversiones por más de ¢7.000 millones en infraestructura, vivienda, formación y capacitación, y muchos millones de dólares más en zonas de desarrollo económico, parques industriales y turismo, entre otras. Todas ellas, entendidas como parte de un proceso para la construcción de un ecosistema productivo, mediante el cual Limón alcanzaría, al fin, niveles elevados de desarrollo a medio y largo plazo.

Mi sorpresa fue grande, por lo tanto, cuando el sindicato de Japdeva rechazó la propuesta. Más todavía cuando lo hizo a partir de una visión que estrecha lo que debe ser el Limón del futuro. Semejante perspectiva fue descorazonadora y ponía en riesgo la estabilidad económica y productiva del país, especialmente porque la violación de la seguridad jurídica –en este caso, referida al contrato con APM Terminals, pero, a partir de ahí, con relación a otros ya existentes o futuros– conllevaría para Costa Rica un daño irreparable de su credibilidad como socio responsable frente a la inversión extranjera.

Progreso, paz y desarrollo. El Limón que sueño es uno de progreso, paz y desarrollo social, libre del miedo, de la necesidad y de la opresión de la pobreza. El Limón que sueño es uno donde los jóvenes encuentran trabajos bien remunerados, donde las madres y padres de familia no tienen que temer por la seguridad de sus comunidades y donde las empresarias y empresarios, grandes y pequeños, generan riqueza y bienestar. El Limón que sueño es de gente esperanzada y bien dispuesta a responder con creatividad y talento a los retos de la globalización y la apertura comercial, defensora del ambiente y garante de un modelo turístico que no destruya las maravillas del Caribe Sur o de los canales de Tortuguero, donde las organizaciones sociales, y particularmente los sindicatos, se suman a este proceso comprometidos con una visión progresista del desarrollo humano.

No creo que esto sea una fantasía, y estoy convencido de que puede concretarse en poco tiempo. Ese tiempo, el tiempo de Limón, ya llegó y no debemos desaprovecharlo.