24 enero, 2015

NAIROBI – En los preparativos para el reciente encuentro sobre el cambio climático de las Naciones Unidas en Lima, Perú, gran parte de la atención mundial se concentró en cuánto se comprometerían los países para reducir las emisiones de gases de invernadero. Al fin de cuentas, es un factor vital para garantizar que el acuerdo que se firmará en París, en diciembre, evite que las temperaturas del planeta se eleven más de 2 ºC por sobre los niveles de la era preindustrial.

La buena noticia es que la “Llamada de Lima a la Acción Climática” avanzó lo suficiente para que se pueda llegar a un acuerdo amplio sobre el cambio climático en París. Pero también dejó muchas preguntas sin responder, lo cual se reflejó en los debates sobre la adaptación. Si bien el nuevo énfasis que aporta este tema es bienvenido, se hace necesario un mayor nivel de articulación sobre cómo lograr el financiamiento, la tecnología y el conocimiento que necesitan los países, las comunidades y los ecosistemas para abordarlo.

El cambio climático ha llegado para quedarse, incluso si limitamos el aumento de las temperaturas globales. Las comunidades ya están teniendo que enfrentarse a sequías, inundaciones y otros problemas meteorológicos con mayor intensidad y frecuencia, y las consecuencias no harán más que agravarse.

Sin embargo, el primer informe sobre la adaptación, dado a conocer en Lima por el Programa de la ONU para el Medio Ambiente, mostró que el mundo sigue sin estar preparado para cubrir los costos de la adaptación, que serán mucho mayores de lo que al principio se pensaba. Incluso si se logra el objetivo de temperatura, para el 2050 el costo de adaptarse acabará duplicando o triplicando los $70.000 millones a $100.000 millones al año estimados inicialmente (es posible, aunque menos probable, que la cifra incluso llegue a quintuplicarse).

Si las temperaturas globales superan de manera importante el límite de los 2 grados, los costos de la adaptación podrían llegar a duplicar las peores estimaciones, convirtiéndose en una importante carga para la economía mundial. Si los líderes mundiales necesitaran otra razón de peso para llegar a un acuerdo en París, aquí la tienen.

Todos deberemos cargar con el ajuste, pero se sentirá mucho más en los países en desarrollo, los menos desarrollados y los pequeños Estados insulares en desarrollo. Si bien habrá financiamiento disponible, en gran medida los países se verán obligados a asumir los costos, por lo que los Gobiernos deberán destinar a iniciativas de adaptación recursos que, de lo contrario, financiarían proyectos de desarrollo.

No hay duda de que el mundo está logrando algunos avances para responder a las necesidades de adaptación: los fondos de origen público fueron de entre $23.000 millones y $26.000 millones en el 2012-2013. Según una evaluación recientemente realizada por la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático, entre el 2011 y el 2012 los flujos financieros globales destinados a medidas de mitigación y adaptación alcanzaron entre $340.000 millones y $650.000 millones.

Más aún, los compromisos que países como Australia, Austria, Bélgica, Colombia, Noruega y Perú hicieron en Lima han acercado el Fondo Verde para el Clima a los $10.200 millones. Y cada vez se está considerando más el impacto del cambio climático como un factor (aunque todavía inadecuadamente) en los presupuestos nacionales y locales.

Sin embargo, es necesario destinar muchos más fondos para evitar su insuficiencia a partir del año 2020. Por ejemplo, se supone que el Fondo Verde para el Clima ha de alcanzar los $100.000 millones por año (diez veces más que la cifra actual) en los próximos cinco años.

Los compromisos sobre la adaptación que se logren en París significarán un avance importante para cerrar esta brecha. Se podrían lograr $220.000 millones al año en fondos adicionales con la subasta internacional de permisos de emisiones y planes de comercio de emisiones a nivel nacional, junto con un impuesto al carbono, los ingresos por concepto de transporte internacional, una tasa adicional a la transmisión eléctrica e impuestos a las transacciones financieras.

Por supuesto, el financiamiento no es el único componente de una estrategia de adaptación exitosa. Como subraya el informe sobre adaptación, también es crucial cerrar las brechas de tecnología y conocimiento.

Ya existen muchas de las tecnologías que podrían ayudar a los países a adaptarse a las consecuencias del cambio climático. Por ejemplo, si se plantan variedades diseñadas científicamente para crecer más rápido, los agricultores podrían cosecharlas antes de la temporada de ciclones, que serán cada vez más violentos a medida que aumenten las temperaturas del planeta. Sin embargo, sigue habiendo barreras importantes a su adopción que los Gobiernos deberían desmantelar a través de una combinación de incentivos, reformas normativas y actualización institucional.

Los beneficios de una acción así irían más allá de una mayor capacidad de resistir al cambio climático. Si se aceleraran las cosechas, se lograría una producción mayor y más fiable, con menos necesidad de mano de obra, facilitando así sustentos de vida más sólidos y estables. De este modo, las autoridades contarían con formas de impulsar soluciones integradas que combinen la mitigación y la adaptación al cambio climático con objetivos sociales más amplios, entre ellos el desarrollo.

El conocimiento podría ofrecer beneficios igualmente inmensos. Hace poco, la revista Science publicó estudios que sugieren que la educación universal, al ofrecer los instrumentos y habilidades intelectuales más adecuados, es el mecanismo más eficaz para que el mundo se adapte al cambio climático y se puedan reducir las víctimas de los fenómenos meteorológicos extremos.

El apoyo internacional a la adaptación (incorporando financiación, tecnología y conocimiento) podría significar un gran avance para las aspiraciones de desarrollo sostenible de los países. Los líderes mundiales deberían reconocer esto y hacer que la adaptación pase a formar parte integral del acuerdo global para el cambio climático que se firmará en París.

Algunos argumentan que la economía mundial no puede permitirse la adaptación. Pero –como demuestran las últimas evidencias–, si no se actúa con prontitud, habrá que asumir costos mayores más adelante. Si realmente queremos construir un futuro sostenible, próspero y equitativo, no nos podemos dar el lujo de esperar.

Achim Steiner es director ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) y vicesecretario general de las Naciones Unidas. © Project Syndicate.

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