Pero hoy, la triste realidad es que si Europa no alza la voz, nadie lo hará

 3 septiembre

MADRID – La crisis financiera mundial, que comenzó hace ahora 10 años, puso de manifiesto que la supervivencia a largo plazo del orden internacional propugnado por Occidente no es inexorable. Hoy, se asume que si Estados Unidos pierde su puesto de potencia hegemónica en ese orden internacional, China se abrirá camino como nuevo líder mundial. Pero ¿cómo sería el orden mundial liderado por China?

Los acontecimientos sucedidos este verano dejan entrever la respuesta a esa pregunta. En junio, una sucursal de Repsol realizó perforaciones en el litoral del mar del Sur de China perteneciente al área económica exclusiva de Vietnam. China no tardó en reaccionar. En primer lugar, canceló una reunión prevista con Vietnam sobre seguridad y amenazó con atacar su posición en las islas Spratly. Ante la imposibilidad de contar con el apoyo de EE. UU., Vietnam cedió ante China y ordenó a Repsol detener las excavaciones. Una victoria del poder sobre el derecho.

En julio, antes de la reunión del G20 en Hamburgo, se dio a conocer la noticia de que el premio Nobel de la Paz, Liu Xiaobo –a quien el gobierno chino tuvo detenido durante casi una década por sus llamamientos en favor de la democracia– tenía cáncer de hígado en estado avanzado. Liu solicitó permiso para recibir tratamiento en el extranjero pero el gobierno chino le negó un tratamiento digno. Falleció muy poco después.

Y lejos de condenar tan cruel comportamiento, el silencio se erigió en respuesta de la comunidad internacional, en particular de Europa. Nadie mencionó públicamente a Liu durante el G20. Incluso después de que Liu falleciera, los líderes occidentales se limitaron a dirigir insulsos mensajes de condolencia. Nadie quiere contrariar a China.

A simple vista, este puede parecer un comportamiento sensato, sobre todo para Europa, que aún lucha por posicionarse internacionalmente después de años de crisis económica. China es el segundo socio comercial de la Unión Europea (UE), detrás de los EE. UU., y se ha convertido en una fuente clave de inversión directa, con aproximadamente 35.000 millones de euros repartidos en la Unión, solo el año pasado.

Pero este pragmatismo aparente tiene serios inconvenientes. Quizás, más que cualquier otro actor mundial, Europa –no la UE sino Europa en su totalidad– tiene interés en que perdure un ordenamiento liberal basado en la cooperación más que en la competencia; sistema que realza los puntos fuertes de Europa y mitiga sus debilidades.

La cooperación interestatal basada en normas es inherente a la identidad europea –en particular a la de la UE–. Constituye la base del proyecto europeo: unir Estados a través de principios, normas, valores e intereses comunes. Ello ha permitido alcanzar paz y prosperidad nunca antes vistas en una región por largo tiempo rehén del conflicto y la competencia.

Para Europa, el poder blando supera al poder duro. Así funciona en el marco del actual sistema jurídico, en el que la UE –con un fuerte ordenamiento jurídico en vigor, competencia tecnológica, una población cualificada y una gran influencia cultural– juega un papel fundamental a la hora de reunir a actores diversos. Pero en un nuevo mundo de transacciones ad hoc y relaciones de puro poder –que tanto China como EE. UU. (hoy) parecen preferir– estas cualidades beneficiarían en poco a Europa.

Pero ¿qué puede hacer Europa? La UE no está preparada para liderar el orden mundial. A pesar de lo que digan el Presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, y el Presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, EE. UU. es –y, por el momento, continuará siendo– el líder indiscutible del mundo.

El problema es que la administración Trump parece no tener interés alguno y aún menos capacidad de liderar, sino que aboga por publicitar una visión indefinida y corta de miras de su “América primero”. Si se trata de una condición permanente, existen pocas esperanzas de que prospere el orden basado en normas internacionales. Sin embargo, si Trump no extingue la política basada en valores y el imperio de la ley en los próximos cuatro, o incluso, ocho años, no todo estará perdido.

Europa debe acomodarse a este período de incertidumbre. No lanzarse de cabeza a cruzadas imprudentes e inútiles, pero perseverar –aunque con más valentía– seleccionando sus batallas y sopesando los riesgos y las recompensas; senda desde la que promover los derechos humanos y los acercamientos institucionales a un coste razonable. Esto es, allá donde estos esfuerzos resulten excesivamente costosos y de dudoso éxito, Europa, sin perder de vista sus valores, debe andar con pies de plomo. Pero hoy, la triste realidad es que si Europa no alza la voz, nadie lo hará.

Un orden internacional dirigido por China tendría claros ganadores y perdedores, siendo los últimos más numerosos que los primeros. La UE tiene que mantener el rumbo, tiene que calibrar la ambición con el realismo, el coraje con la caución. Hoy, el liderazgo es sin duda un horizonte lejano para Europa pero la implicación y la responsabilidad están a nuestro alcance.

Ana Palacio, exministra de Asuntos Exteriores de España y exvicepresidenta primera del Banco Mundial, es miembro del Consejo de Estado de España. © Project Syndicate 1995–2017