13 octubre, 2014

TEL AVIV – A nadie debe extrañar que el reciente referéndum de Escocia sobre la independencia dejara intacto al Reino Unido. En el pasado, las regiones o comunidades han logrado la condición de Estados casi exclusivamente después de una lucha contra el sometimiento y la opresión coloniales, galvanizadas por el recurso a una identidad religiosa, cultural o étnica distintiva. Las quejas sobre la dinámica económica, las políticas sociales o las ineficiencias en la gestión de los asuntos públicos –la base de la campaña por el “sí” en Escocia– no son los cris de coeur de un movimiento por la independencia logrado. Es una mala noticia para los secesionistas de cualquier parte de Occidente.

Naturalmente, el nacionalismo tecnocrático de Escocia tenía sentido. Como reconoció el dirigente de dicho movimiento, Alex Salmond, en un documento de consulta del 2012, “Escocia no está oprimida y no necesitamos ser liberados”. La lucha por la independencia –explicaba– iba encaminada a crear el tipo de estructuras económicas y administrativas que permitieran a Escocia realizar su potencial.

Los partidarios del “sí” esperaban conseguir apoyos con una concepción utópica de una Escocia independiente que incluía la adhesión a la Unión Europea y a la OTAN, una unión monetaria con Inglaterra, pero no una unión fiscal, unos mejores servicios públicos y prestaciones sociales y unos impuestos menores. Dicho de otro modo, Escocia tendría todo lo que tiene ahora, pero mejor, y con sus propias condiciones.

No cabe duda de que esa concepción atraía a muchos escoceses, pero demostró ser, en gran medida, menos convincente que las hipótesis económicas catastróficas planteadas por sus oponentes unionistas, incluidos el expresidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos Alan Greenspan, el expresidente del Banco Mundial Robert Zoellick y el ministro de Hacienda, George Osborne. Dicho de otro modo, los votos de muchas personas se debieron a la aversión al riesgo, al miedo y a la intimidación, en lugar de a la esperanza, la pasión o un apego emocional profundo a una identidad común.

Contrasta de forma muy marcada con las motivaciones patrocinadas por los nobles de Escocia en el siglo XIV, cuando consiguieron preservar la independencia de su país respecto del Gobierno inglés. “La verdad es que no luchamos por la gloria ni la riqueza ni los honores”, declararon, “sino por la libertad solamente, que ningún hombre honrado cede salvo con su propia vida”.

En realidad, si se hubiera incluido en la votación la desesperada oferta hecha en el último minuto por la clase dirigente de Westminster de conceder a Escocia más competencias sobre impuestos, gasto y asistencia social, la victoria de los partidarios del “no” podría haber sido aún más resonante. Los movimientos nacionales impulsados por una misión histórica o la aspiración inquebrantable a afirmar la identidad de un grupo contra una potencia dominante normalmente no sucumben ante las consideraciones económicas y un señuelo económico en el último minuto.

No otro que el fundador de la derecha fundamentalista sionista, Ze’ev Jabotinsky, fue quien advirtió en 1924 contra “la ingenua suposición de que la aspiración de los palestinos... vaya a quedar paralizada mediante subvenciones, ventajas económicas o soborno”. Como reconocía que su “patriotismo natural es puro y noble”, sabía que no se podía “comprarlos”.

Ahora, Salmond probablemente esté replanteándose su exclusión de la política de identidad nativista. Lo que Edmund Burke calificó de apego de un grupo a “las posadas y los lugares en que descansa el espíritu humano”, es decir, los lazos étnicos, religiosos y comunitarios, habría sido una fuerza movilizadora mucho más potente para un movimiento de independencia.

Los partidarios del “sí” no habrían tenido que ir lejos a buscar inspiración. James Joyce, quien no estuvo exento de rastros del nacionalismo irlandés, escribió que “la nacionalidad, la lengua [y] la religión” son las “redes” en las que “nace un hombre”. De forma similar, George Orwell distinguió entre nacionalismo celta y anglofobia y declaró que el primero es la fe “en la grandeza pasada y la fuerza de los pueblos celtas”.

Cierto es que las grandes lumbreras de Escocia en la época de la Ilustración, como, por ejemplo, David Hume, Adam Smith e, incluso, el poeta nacional, Robert Burns, fueron, todos ellos, partidarios fervientes de la “britanidad”, sea cual fuere actualmente el significado de esta. Sin embargo, una campaña basada en la identidad podría haber recurrido al legado del Renacimiento Escocés de mediados del siglo XX o al Resurgimiento Celta y los movimientos del Crepúsculo Celta, que despertaron un espíritu de nacionalismo cultural entre los escoceses de finales del siglo XIX.

En el período inmediatamente anterior al referéndum, el movimiento pro independencia de Escocia llegó a ser un importante punto de referencia para los catalanes y los vascos en España, los flamencos en Bélgica, las regiones del Véneto y del Tirol del Sur en Italia, los corsos y los bretones en Francia y los secesionistas del Quebec. Todo ellos abrigaban la esperanza de que Escocia preparara el terreno para la ruptura pacifica de sus propios Estados.

Con la derrota del movimiento por la independencia de Escocia –por no hablar del contundente rechazo del mayor partido separatista de esa provincia en las elecciones del pasado mes de abril–, esa esperanza puede estar menguando, y con razón. Hay pocos precedentes históricos de ruptura pacifica de un Estado, con una excepción como la de la división consensuada de Checoslovaquia en 1993, que se produjo en unas circunstancias excepcionales.

Es mucho más probable que un Estado vaya a la guerra para defender su unidad. Los Estados Unidos y España lo hicieron en sus guerras civiles y la España actual haría todo lo posible para impedir un referéndum en Cataluña o en el País Vasco, por no hablar de la independencia.

Los grupos nacionalistas en las democracias occidentales no son pueblos subyugados. El suyo es un nacionalismo de pueblos libres y liberados, que puede esperar los acuerdos de traspasos de competencias más generosos posibles para proteger sus legados singulares y abordar sus reivindicaciones. Y tal vez sea esa la razón por la que disposiciones federales como las de Australia y Canadá –esencialmente, lo que Westminster ofreció a regañadientes a Escocia– podrían ser su mejor opción.

Shlomo Ben Ami, exministro de Asuntos Exteriores de Israel y actual vicepresidente del Centro Internacional por la Paz de Toledo, es autor de Scars of War, Wounds of Peace: The Israel-Arab Tragedy (Cicatrices de guerra y heridas de paz: la tragedia árabe-israelí). © Project Syndicate.

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