22 agosto, 2014

Hace pocos días asistí a un encuentro con amigos liberacionistas para escuchar propuestas de cambio en la estructura del Partido Liberación Nacional, con tendencia a democratizar su funcionamiento interno. Escuchando a su principal expositor, me dije: “Pareciera que el Partido, al fin, recobra su capacidad de pensar”. Pero, de inmediato, agregué, también para mí: “Sí, pero siempre y cuando sea pensar políticamente”.

Lo anterior quiere decir que no todo pensar, dentro de una organización partidaria, es políticamente aconsejable. Por ejemplo, si se está en campaña electoral, es error e improcedencia que el grupo que la dirija proponga detener la actividad electoral para destinar unos días a meditar sobre filosofía, arte o religión. No es que este pensar sea desechable; no, simplemente es improcedente. Entonces, podemos entresacar un principio político primario: en política, el único pensar aconsejable es el que tiene correspondencia con la necesidad y la oportunidad. Todo otro pensar puede ser un error y, en ciertas condiciones extremas, de suma gravedad.

Pensar políticamente. En consecuencia, repito, pensar sí, pero políticamente. Si el directorio de un partido político, en un momento como el actual en Costa Rica, piensa que tiene prioridad destinar su tiempo convocando a una asamblea nacional para discutir cuál es la forma de garantizar la mejor democracia interna, y, además, sus diputados proponen que es imprescindible integrar grupos de intelectuales para que redacten un proyecto de reforma constitucional que termine con el sistema presidencialista para imponer el Parlamentario, podríamos afirmar, casi sin lugar a dudas, que se está cometiendo un error de graves proporciones, similar al del suicida cuando acerca el revolver a su cabeza.

Ahora estamos en el campo de batalla. Los que triunfaron, con prepotencia equivocada, no aceptaron la propuesta desinteresada de colaborar que propuso el candidato de Liberación Nacional, desconociendo la realidad social que tenemos y la urgente necesidad de atender el gran desequilibrio social y económico que padece gran parte de la población costarricense.

Debemos saber que en política, como en la guerra, no toda victoria es un triunfo. Por los síntomas que apreciamos, la victoria electoral del Partido Acción Ciudadana (PAC) y de los sectores que lo apoyaron puede desembocar, a corto plazo, en el más rotundo de los fracasos. Hay intelectualidad en el grupo de gobierno, pero ninguna capacidad política. Esa es la tragedia. Y digo esto, porque la política necesita de los políticos y no siempre de los intelectuales puros. La universidad no forma dirigentes políticos, y, cuando, por una circunstancia histórica determinada, el académico salta al poder, la consecuencia puede ser frustrante.

Contacto con el pueblo. La universidad del político es la calle, el contacto con el pueblo. El político, por lo general, no es el mejor ni el más capaz –tampoco es el que no comete errores–, pero es el único. José Figueres, Francisco Orlich y Luis Alberto Monge no obtuvieron título universitario, pero pocos podrían decir que sus gobiernos fueron un desastre y alejados de los planteamientos democráticos. Los académicos piensan en reuniones, mesas redondas, seminarios, juntas de notables y congresos ideológicos para proponer cambios a cincuenta años plazo. Eso es bueno, pero no lo aconsejable ahora. Hoy, hacer lo que hay que hacer es lo único aceptable, y ese deber obliga a destinar todo recurso económico y toda institución pública a luchar contra la pobreza. A esta solución ha de dedicarse la mayor parte de la acción gubernamental.

Lucha contra la pobreza. Que los bancos nacionales destinen sus reservas a créditos para los pobres y dejen de hacer negocios; la banca estatal no es negocio, sino servicio. Que el Instituto Nacional de Vivienda se dedique, otra vez, a construir casas para los pobres, con créditos a largo plazo e intereses muy bajos; que el Instituto Nacional de Seguros destine, otra vez, créditos sociales para atender las necesidades de los pobres; que se obligue a las instituciones de enseñanza particular –de la preescolar a la universitaria– a destinar parte de sus ganancias para becas a los pobres; que se termine con el agiotaje de las tarjetas de crédito y sus intereses de usura; que la mayor parte del esfuerzo nacional se dedique a equilibrar la gran desigualdad social que ha dividido a esta sociedad costarricense en un pequeño grupo de gente muy rica y en una gran mayoría de gente pobre y muy pobre; que todo planteamiento de desarrollo ha de hacerse de abajo hacia arriba, y que es una mentira insostenible –como lo ha dicho recientemente el economista Paul Krugman– que “imponer impuestos más altos a los ricos y aumentar la ayuda a los pobres lesiona el crecimiento económico”, cuando la realidad es al revés.

¿Es mucho pedir que un país destine, por lo menos, cuatro años de gobierno para ayudar prioritariamente a los pobres? ¿Es mucho pedir que paralicemos la costumbre centenaria de gobernar hacia arriba y que, por lo menos, durante cuatro años gobernemos hacia abajo, cumpliendo así una misión democrática y cristiana? ¿Es mucho pedir gobernar democráticamente?

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