14 octubre, 2014

SHANGHÁI – En marzo del año pasado, la primera sesión de la decimosegunda Asamblea Popular Nacional de China comenzó con el discurso del entonces premier, Wen Jiabao, en el que presentó su décimo y último informe sobre el trabajo del Gobierno. Cuando terminó, los 3.000 representantes presentes le ofrecieron una ovación resonante que, sin duda, fue una respuesta a algo más que el informe; fue una manifestación de elogio y respeto por sus logros como jefe del Gobierno de China.

Sin embargo, desde entonces, las evaluaciones del liderazgo de Wen –en especial, la manera en que administró la economía– han variado ampliamente. Mientras que los seguidores de Wen siguen insistiendo en que él respaldó esencialmente un giro hacia la democracia y una economía de mercado para China, sus críticos lo vapulean por no cumplir sus promesas de una reforma política y económica. En un momento en que el sucesor de Wen, Li Keqiang, intenta diseñar reformas sistémicas profundas, entender las decisiones de Wen en materia de políticas es algo que no podría ser más relevante.

La política económica más polémica de Wen fue el paquete de estímulo de 4 billones de yuanes chinos ($586.000 millones) que su gobierno lanzó en respuesta a la crisis financiera del 2008. Si bien la política logró apuntalar el crecimiento económico de China, se la criticó ampliamente como una reacción exagerada que llevó a una expansión monetaria excesiva.

De hecho, el incremento de los préstamos bancarios hizo que aumentara el M2 de China (una medición amplia de la oferta monetaria), de 150% del PBI en el 2008 a algo así como el 200%, o más de 100 billones de yuanes, hoy. La inyección masiva de liquidez en la economía de China contribuyó a un alza de la deuda, especialmente entre los Gobiernos y las firmas locales, a la vez que alimentó burbujas inmobiliarias masivas y resultó en una capacidad excesiva significativa.

En los últimos 18 meses, el gobierno de Li ha intentado enfrentar estos desafíos, reparando la estructura industrial de China, reduciendo la capacidad de producción excesiva, restringiendo el crédito, conteniendo al sector bancario paralelo y recortando la inversión en bienes raíces. Y tuvo un cierto grado de éxito, a expensas del crecimiento económico. Si bien la tasa actual del 7% es holgada, es mucho más baja que las tasas de dos dígitos que prevalecían antes del 2008.

Dada la necesidad de una mayor reestructuración económica –y en vista de las tendencias demográficas a largo plazo, que reducirán la oferta de mano de obra–, es improbable que se restablezcan las tasas de crecimiento previas al 2008. A Li esto no le preocupa, pues reconoce que la transformación estructural y el mejoramiento industrial –no el modelo insostenible de crecimiento liderado por el crédito– son la clave para alcanzar un estatus de altos ingresos.

Pero la evaluación del estímulo de Wen va más allá de la compensación crecimiento-reforma. La política también ayudó a expandir el comercio exterior de China e impulsar su fuerza financiera externa (con una posición de balanza de pagos robusta, sólidas reservas internacionales y una moneda estable), lo cual le dio a Li espacio para llevar a cabo su ambiciosa agenda de reformas.

Al mismo tiempo, la crisis financiera global desató un cambio en el precio relativo de los activos a nivel mundial. Mientras los países desarrollados se hundían en crisis de deuda, con una caída de los valores de los activos y una reducción de los tipos de cambio, el poder adquisitivo internacional de China creció. Esto, junto con el estímulo de Wen, impulsó considerablemente la inversión y las capacidades de financiación de China.

Países como Nueva Zelanda y Perú, ante la imposibilidad de depender de los países desarrollados en materia de demanda de exportaciones, firmaron acuerdos bilaterales de libre comercio con China. De la misma manera, cuando los países desarrollados recortaron su inversión extranjera, China entró en el juego inyectando el capital tan necesitado en la economía global.

Por cierto, muchos países se dedicaron a mejorar sus relaciones bilaterales con China, para ganar acceso a su capital. Por ejemplo, en el 2009, Jamaica se enfrentaba a una moneda en caída libre, un desempleo en alza y riesgos considerables en el sector bancario, producto de la exposición a deuda gubernamental. Cuando sus aliados tradicionales, Estados Unidos y el Reino Unido, rechazaron sus pedidos de ayuda, recurrió a China, que ofreció $138 millones en préstamos para impulsar la economía.

El próximo año, la inversión saliente de China probablemente supere los $100.000 millones anuales, una cifra cercana a la paridad con los ingresos. No pasará mucho tiempo antes de que China experimente un cambio histórico y pase de ser un exportador neto de mercaderías a convertirse en un exportador neto de capital.

Y las actividades de financiamiento externo de China no terminan ahí. En el 2009-2010, China también invirtió marcadamente en el Fondo Monetario Internacional (FMI) cuando el Banco Popular de China anunció en el 2009 que compraría 32.000 millones de derechos especiales de giro (la cuasi moneda del FMI), el equivalente a $50.000 millones. En el mismo período, China firmó múltiples acuerdos bilaterales de swaps de divisas, ofreció préstamos de póliza y asistencia especial, e hizo aportes a fondos de inversión regionales.

En los próximos años, el compromiso de China con el mundo en desarrollo seguirá profundizándose. La Asamblea Popular Nacional ha analizado utilizar una porción de las reservas de moneda extranjera de China para financiar proyectos de infraestructura en países en desarrollo. Esta especie de Plan Marshall chino podría intentar fortalecer la capacidad de los países en desarrollo de absorber productos chinos o podría impulsar una agenda de desarrollo más amplia. Algunos funcionarios del Banco Central han propuesto, inclusive, la creación de un fondo de riqueza suprasoberana para inversión en países en desarrollo.

El continuo desarrollo de China exige que siga ampliando su capacidad e influencia en materia de asistencia extranjera. La crisis económica global aceleró considerablemente el cronograma para este proceso, obligando a los líderes de China a impulsarlo simultáneamente con la trans-formación estructural de la economía. En este sentido, Wen le dio a Li una ventaja invalorable.

Zhang Jun es profesor de Economía y director del China Center for Economic Studies de la Universidad Fudan, en Shanghái. © Project Syndicate.

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