Hay que recuperar la fe en la política, las instituciones y el destino común como nación

 27 noviembre, 2014

Desde el año 1994, el Programa Estado de la Nación se ha preocupado de dar seguimiento al desarrollo humano sostenible de un país singular, habida cuenta de la simultaneidad que se observa desde la década de los cuarenta en su crecimiento económico, su progreso social y el perfeccionamiento de sus instituciones democráticas, tal como se reconocía en su primer informe. Las condiciones nacionales y mundiales en las que este patrón de desarrollo se gestó, cambiaron de manera paulatina durante ese período. Inicialmente, las consecuencias de esas transformaciones fueron absorbidas por el sistema que se consolidaba.

Deficiencias. Hacia finales de los años setenta y durante la década de los ochenta, el ritmo de estos cambios se aceleró. El advenimiento de la crisis de principios de los ochenta evidenció una serie de deficiencias en el estilo de desarrollo nacional, algunas inherentes a él; otras, surgidas del desgaste de las políticas adoptadas, y otras, provocadas por la incapacidad de adaptación de las estructuras internas a un contexto internacional cada vez más variable, en el que las relaciones se tornan, al mismo tiempo, cada vez más interdependientes.

Las medidas tomadas para paliar el fenómeno de la crisis significaron, ciertamente, un enorme sacrificio para la población del país. No obstante, en lo fundamental, estas fueron de carácter económico y tendían a alcanzar la estabilidad e impulsar el crecimiento. Aspectos más integrales y de fondo, ampliamente discutidos durante la década anterior, en relación con la senda que debía seguir la nación en el futuro y el proyecto de país al que aspiraban los costarricenses, no se resolvieron y, todavía hoy, son materia de debate, como se apreciaba en 1994 y se sigue apreciando en la actualidad.

Creciente desencanto. En las primeras ediciones del Informe Estado de la Nación señalamos que el país olía a quemado, en el tanto diversos actores se alternaban, según el asunto, para frenar y acelerar. Se gestaban un creciente desencanto y la necesidad de un diálogo que nos sacara del atolladero. Sin embargo, era aún temprano para entender todo el despliegue que esto tendría en los siguientes años.

El VII Informe afirmó que el desarrollo volaba, pero corto, apresado por una madeja de problemas, cuya resolución seguía postergando el país. La primera víctima del malestar ciudadano fue el bipartidismo y, luego, todo el sistema político, que, además de toparse con escándalos de corrupción, recurría a la fórmula de entregar menos servicios, o deteriorados, pero prometiendo, con gran elocuencia, cada vez más derechos en un tiempo de estancamiento de la pobreza y ascendente desigualdad.

Pasamos por la breve etapa de la concertación, que fue malograda y traicionada, y que abrió paso a una fase de polarización política y de visiones abiertamente encontradas sobre cualquier tema. El Estado de la Nación ha dejado documentada una época que se inició con la consolidación de un nuevo estilo de desarrollo y que muestra, hoy en día, a una sociedad enzarzada en crecientes conflictos distributivos sobre posesiones y posiciones. El crecimiento, la estabilidad y la apertura internacional, propuestos por el Consenso de Washington en su edición vulgarizada, por sí solos, resultaron insuficientes.

Pérdida de rumbo. Así se fue construyendo la coincidencia alrededor de la idea de que la senda por la que se estaba transitando resultaba insuficiente para generar desarrollo humano y para repartir, de manera aceptable, posiciones y posesiones, hasta que se hizo claramente mayoritaria. Habíamos perdido el rumbo.

A lo largo de 20 años, el Informe Estado de la Nación ha dado seguimiento a estos procesos por las razones de conveniencia y necesidad que se hicieron patentes desde su primera entrega, tanto por la singularidad de Costa Rica, que interesaba documentar, como por la relevancia de señalar desafíos y aportar fundamentos para una deliberación nacional sobre su desarrollo, en un tiempo que ha resultado especialmente paralizado.

No es que nuestro país siga idéntico a sí mismo, y que no registre cambios demográficos, económicos, sociales, tecnológicos, ambientales, políticos, también en un contexto mundial de profundas y rápidas transformaciones. Por el contrario, en estos 20 años, el Informe Estado de la Nación ha identificado un proceso extraordinariamente acelerado de cambio en todas estas esferas, lo cual le confiere un carácter crítico y de alto riesgo a esa escasa capacidad de adaptación de las instituciones.

Contribución. Espero que la deliberación con la que ha sido construido el Informe Estado de la Nación haya servido de contrapeso y como criterio para adecuar un tanto ciertos impulsos ortodoxos que vivimos, y convertir el resultado en algo mucho más heterodoxo, más equilibrado y plural. Asimismo, ojalá que nos sirva para formular y responder preguntas sobre las transformaciones o correcciones de un modelo de inserción internacional que tiene logros, pero que es cuestionado por las desigualdades crecientes que ocasiona.

Deseo que todo eso nos sirva para construir un estilo de desarrollo incluyente, pues, como alguna vez dijimos, es indispensable recuperar la fe en la política, las instituciones y, también, en que tenemos un destino común como nación.

Miguel Gutiérrez Saxe, fundador, investigador y director (1994-2012) del Programa Estado de la Nación.

Etiquetado como: