Debemos tratar, religiosos o no, de que este sentimiento no sea solo de este mes

 21 diciembre, 2015

Hace ya varios años publiqué, en esta misma página, un artículo con un título similar, en el cual contaba mis experiencias infantiles durante la época de Navidad. Al acercarse ahora este acontecimiento, que se celebra en todo el mundo, he vuelto a recordar estas experiencias, las que considero importante compartir con mis lectores, sobre todo, los de las nuevas generaciones.

Nuestra familia vivía en una casa grande en barrio México con un patio que entonces nos parecía enorme, un verdadero potrero con varios árboles frutales, incluidos dos cerezos, por lo cual un tío, que leía mucho los clásicos rusos, lo bautizó El jardín de los cerezos.

Las dos casas que rodeaban la nuestra también tenían patios amplios. El de la derecha tenía una cría de cabras, y ahí fabricaban helados de sorbetera que nos encantaba probar, con lo cual nuestra madre no estaba muy de acuerdo por considerar que la preparación de los helados en medio de tantas cabras no era lo más conveniente.

En el patio de la otra casa había un cafetal y muchas gallinas. Este patio se abrazaba con el nuestro, de manera que nosotros a menudo comíamos chayotes –grandes, blancos y con la lengua afuera– de su chayotera, y las vecinas comían, de vez en cuando, los mangos de nuestro árbol, cuyas ramas no sabían nada de cercas ni de fronteras.

Recuerdo muy claramente la ilusión con la cual los niños de entonces esperábamos la llegada del Niño Dios con los regalos –un triciclo, un vestido de vaquero, una máscara del Zorro o una espada de juguete– con los que habíamos soñado todo el año.

Al día siguiente preguntábamos a los vecinos: “¿Qué te trajo el Niño?”, porque sabíamos que los regalos venían de él, aunque físicamente los hubiera traído un simpático hombre gordo de barba blanca llamado san Nicolás. Pero ya en aquellos años, aunque la fe religiosa inundaba mi espíritu, me extrañaba un poco que el “Niño” no trajera regalo a los pequeños pobres.

Desprendimiento. Mis padres trataban de compensar, aunque fuera en forma muy parcial, esta aparente injusticia, y todos los 25 de diciembre hacía una fiesta, con regalos, para estos niños.

Sus padres tenían que apuntarse en una lista que llevaba mi madre. Recuerdo los rostros llenos de angustia y desilusión de algunas madres que llegaban cuando ya se había cerrado la admisión. “Venga más temprano el año entrante”, les decía con pesar mi madre, quien, a menudo, hacía excepciones a escondidas de mi padre, quien no aceptaba ninguna violación de sus reglas.

A pesar de que mis hermanas y yo ayudábamos a entregar las golosinas y los juguetes ni un momento dudé nunca que mis regalos sí los traía el famoso y simpático gordo vestido de rojo. No fue sino hasta que un primo me dijo, a escondidas detrás de un árbol en el amplio patio, la verdad, es decir que quienes me traían los regalos eran nuestros padres, que comencé a dudar de la existencia del famoso personaje.

Sacramento. Ese mismo año, lleno de fe y de ilusión, hice la primera comunión. El catecismo me lo dio una vecina muy devota que siempre andaba vestida de hábito y llevaba varios rosarios sobre el pecho.

Nos enseñó a rezar, nos relató muy brevemente los Evangelios, y nos explicó todos los mandamientos menos uno: “No fornicarás”. “Este –nos dijo– es un pecado de gente grande, uno de los peores que existen y que ustedes no deben cometer nunca o se irán al infierno”.

Aún en mi candidez infantil, pensé que era muy difícil no cometer un pecado del cual no tenía la menor idea que era. Recuerdo la confesión de mis pequeños e inocentes pecados con el padre Valenciano en la iglesia de La Merced, quien me advirtió que no debería cometer la menor falta antes de que mi alma blanca y pura recibiera la comunión, así que regresé a mi casa con las manos juntas rezando por la calle 12, llena de prostitutas.

No comprendía bien cuál era su oficio y cómo lo llevaban a cabo, y lo único que sabía era que se trataba de “malas mujeres”, así que intenté no verlas ni de reojo. Pero era “el día de la reventadera”, y al pasar por una casa, un niño, como de mi edad, me tiró un cachiflín que explotó bajo mis pies.

Furioso, me abalancé sobre él y le di un pescozón antes de darme cuenta de que estaba cometiendo un pecado. Así que tuve que regresar a la iglesia a confesarme de nuevo; me dieron la absolución y me devolví por otra vía.

Más allá de la religión. Estos recuerdos que me han llegado junto con la huída de la lluvia y la llegada del frío que, a pasos lentos, se aproxima cuando se va el sol, me hacen pensar que el espíritu de Navidad va más allá de cualquier sentimiento religioso.

Tengo muchos amigos –muy queridos, por cierto– que no son católicos, ni siquiera cristianos; algunos son judíos, otros budistas y de otras religiones y, los más, ateos, pero todos, sin embargo, celebran la Navidad como una época, un momento de hermandad y de cariño.

Debemos tratar, religiosos o no, de que este sentimiento de hermandad y de cariño no sea solo de este mes, de tanto frío pero de tanto calor humano, sino que se convierta en el sentimiento que nos acompañe todos los días del año.

El autor es periodista.