29 octubre, 2014

NUEVA YORK – Antes de que Thomas Eric Duncan llevara el ébola a los Estados Unidos, se veía ampliamente a la enfermedad como una pestilencia exótica que atañía sobre todo a la empobrecida África occidental, y a quienes se atrevían a ir de voluntarios a ese lugar. Asimismo, la transmisión de la enfermedad a dos enfermeras que atendían a Duncan –debido tal vez a numerosas faltas al protocolo médico– se sigue muy de cerca para ver la preparación de los Estados Unidos ante un posible brote. Incluso, el presidente, Barack Obama, anunció recientemente el nombramiento de un “zar del ébola”, a fin de manejar la detección, aislamiento y control del virus en dicho país.

Expertos de salud pública y médica afirman al público que no hay que temer. El Centro de Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) y otras agencias de salud estuvieron trabajando minuciosamente entre bambalinas para rastrear a cualquier persona que pudiera haber estado en contacto con Duncan y poner en cuarentena a quienes podrían transmitir la enfermedad. Se pensaba que el contagio en Estados Unidos era casi imposible debido a la solidez del sistema de salud.

Sin embargo, como lo han mostrado los eventos recientes, no se debe dar por sentada la solidez de las agencias de salud. De hecho, a lo largo de la última década, el Gobierno ha recortado el presupuesto de varias agencias importantes de salud, incluidos los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés), los departamentos locales y estatales de salud y la CDC. Por ejemplo, entre el 2005 y el 2012, el CDC perdió el 17% de su financiamiento; además, funcionarios informaron recientemente de que los fondos asignados a las emergencias de salud relacionadas con el ébola son de $1.000 millones, es decir, menos que en el 2003.

Los desafíos en los niveles locales y estatales son aún mayores. Alrededor del 23% de los departamentos de salud locales informaron de que los programas de preparación de salud públicos se redujeron y, en algunos casos, se eliminaron en el 2011, mientras que otro 15% informó de recortes similares en el 2012. Tan solo en el 2014, los programas de preparación de hospitales, que vinculan hospitales regionales con departamentos de salud locales para estar preparados ante emergencias de salud públicas, se vieron afectados por recortes del presupuesto en $100 millones.

Estas reducciones ya han dejado huella. Los programas de preparación en hospitales se diseñaron con el propósito específico de capacitar al personal de salud en la contención de enfermedades, en el contexto de epidemias inesperadas como el ébola. De haber tenido el financiamiento adecuado, tal vez las dos enfermeras infectadas estarían sanas.

El Instituto Nacional de Salud, que financia avances importantes en nuestro entendimiento y tratamiento de enfermedades como el ébola, también ha sufrido recortes. Su presupuesto se estancó en gran parte de la década pasada, salvo por los años en que se redujo espectacularmente, como en el 2013. Esto ha obligado a los laboratorios de investigación productivos a cerrar, lo cual puede relegar potencialmente investigaciones vitales como la vacuna contra el ébola.

Una explicación de los drásticos recortes presupuestales de los últimos años es que la instituciones de salud pública suelen operar discretamente, lejos de las miradas del público. En sus mejores momentos, previenen enfermedades sin dejar rastros y quedan muy pocas evidencias de su función crucial. Por ello, es difícil obtener financiamiento para la salud pública cuando las condiciones económicas son buenas y ese financiamiento es una de las primeras víctimas de los recortes.

No obstante, las emergencias de salud, como la actual epidemia de ébola, resaltan la imprudencia de estas prioridades fiscales. Si bien normalmente no recurrimos demasiado a nuestra infraestructura de salud, su importancia se hace evidente cuando aparecen las enfermedades y la muerte.

En efecto, aunque el riesgo de un brote grave de ébola en los Estados Unidos sigue siendo mínimo, ello no es motivo para la pasividad. A medida que el número de casos en África occidental aumenta, crece también el potencial de brotes fuera de esa zona. Cuando los miembros de la comunidad internacional no pueden contener la epidemia, el actor más rico y poderoso, es decir, Estados Unidos, tiene la obligación de intervenir para tratar de hacerlo.

No obstante, los recortes presupuestales han socavado la capacidad de Estados Unidos para cumplir esta obligación, y, por lo tanto, pueden resultar más costosos de lo que habían supuesto los encargados del diseño de políticas. A finales de setiembre, Obama comprometió $88 millones y la participación de 3.000 soldados para apoyar la lucha contra el ébola en Liberia. Pero tomó esa decisión, ya que la epidemia llevaba varios meses de haberse declarado, y cuando ya había 6.000 casos confirmados y se sospechaba que muchos más no habían sido detectados. Si el financiamiento del CDC hubiera sido el adecuado, el apoyo de los Estados Unidos –con profesionales altamente calificados en materia de salud pública, en lugar de soldados– podría haber comenzado mucho antes y haber sido más efectivo.

Irónicamente, se ha sujetado al CDC y sus dirigentes a un intenso escrutinio por el mal manejo de la atención de Duncan y los contagios de ébola a que dio lugar. No obstante, si los mismos legisladores que ahora atacan al CDC hubieran escuchado las solicitudes de apoyo y las advertencias sobre las consecuencias del financiamiento insuficiente de los últimos años, tal vez Estados Unidos no estaría en la situación en que se encuentra ahora.

El principio rector de la salud pública es prevenir enfermedades antes de que ataquen, y esto requiere inversión de largo plazo en instituciones capaces de protegernos. Nuestra salud y bienestar colectivos son prueba de la eficacia de dichas instituciones.

Por suerte, es improbable que el brote de ébola exponga del todo a los estadounidenses a las decisiones fiscales deficientes de la década pasada. Sin embargo, la aparición repentina de la enfermedad en el escenario global sirve como un claro recordatorio de lo que puede pasar, si no nos mantenemos en alerta. La próxima epidemia podría estar muy cerca. Debemos asegurarnos de que estamos bien preparados.

Abdul El-Sayed es profesor de Epidemiología de la Escuela Mailman de Salud Pública de la Universidad de Columbia. © Project Syndicate.

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