En Jean Cocteau confluyen el homo religiosum y el homo estheticus

Por: Jacques Sagot 28 septiembre, 2016

En 1959, Jean Cocteau asume la restauración y decoración de la ruinosa, diminuta capilla de Saint-Blaise-des-Simples (siglo XIII), en Milly-la-Forêt. El resultado de su gestión es uno de los más bellos rincones del planeta.

¿En qué difiere esto del gesto de san Francisco de Asís, ese sublime albañil de iglesias derruidas? Todos sabemos que reconstruyó, piedra por piedra, el templo de San Damián y la iglesia de Santa María de los Ángeles, en las inmediaciones de Asís. En ambas obras de amor percibo un espacio de intersección entre el artista y el místico.

Cocteau actuó movido por una devoción estética que era, dentro de la modernidad, la versión del misticismo de tiempos del Poverello. La belleza erigida en nuevo Dios. Su fervor, su entusiasmo, su compromiso no fueron menores. Sucede, simplemente, que Cocteau era hijo del modernismo, de una era que veía a Dios en el arte, en la plenitud de la forma y el color. En ello, Cocteau actúa como un “místico en estado bárbaro” (Claudel a propósito de Rimbaud). Y acaso el hermano Francisco actuase, a su vez, como un esteta avant la lettre.

Quienquiera que toma un viejo templo en ruinas en sus manos y lo transforme en rincón para el recogimiento y la contemplación, en espacio acotado y sacro –aun cuando la definición de lo sacro haya variado– no puede sino ser un gigante del espíritu. ¿Cocteau, santo laico? Sí, por qué no.

La porciúncula de San Francisco medía siete por cuatro metros. La iglesia de Saint-Blaise-des-Simples acaso sea más pequeña. Y recordemos, además, que en su momento acogió a los leprosos y enfermos que venían de las guerras, y era en sus jardines que los clérigos intentaban sanarlos y reconfortarlos con las hierbas medicinales cultivadas para tal efecto. Cocteau preservó las plantas. No solo fue restaurador, arquitecto, pintor y vitralista de su capilla, sino que también se prodigó como hortelano.

Confluencia. El misticismo como experiencia estética, la estética como experiencia mística: la confluencia me parece ameritar la más honda de las reflexiones. El hombre del siglo XX ha reconcebido lo sagrado. En Cocteau –como en tantos otros artistas modernistas, de manera preeminente Proust– confluyen el homo religiosum y el homo estheticus. Platón vuelve a ponerse de moda: lo bello, lo verdadero, lo justo son nociones indisociables, una tríada que puede ser reducida a esto: la belleza del gesto moral, la belleza de la sabiduría, la belleza física son rostros diferentes de la misma realidad.

Entrar en la capilla de Sainte-Blaise-des-Simples es asomarse al alma de Cocteau. Conservó la estructura, la campana milenaria, el umbrío brocal del viejo pozo, el jardín botánico donde ahora crecen, debidamente catalogadas, las hierbas medicinales que, aunque quizás nunca sanaron a un leproso, han de haber confortado a miles de ellos. Cocteau –poeta dramaturgo, novelista, guionista, ceramista, escultor, dibujante, pintor, cineasta, actor y, cuando se quedaba a solas, músico– decoró el altar.

Su Cristo crucificado, angular, punzocortante, agresivo en la expresión de su dolor: grita, impreca, vocifera: no se limita a farfullar “Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado?”. Es un redentor crispado por los tormentos que le están siendo infligidos. La impresión que genera en nosotros es la de que, de poder librarse de sus martirizadores, nos devoraría a todos vivos.

Personalidad. Cocteau adquirió, restauró y ornamentó esta capilla, como gesto de gratitud a la comunidad de Milly-La-Forêt. En el pueblo era propietario de una mansión que se cuenta entre los rincones más mágicos del mundo. Alto, esbelto, longilíneo, siempre vestido con maniática pulcritud –¡las mangas de las camisas, bien abotonadas y tan cernidas a las muñecas como fuera posible; los pañuelos nunca limitados al clásico triángulo blanco en la bolsa frontal del saco, sino plegados de manera que crearan un volumen, una especie de proa vestimentaria de su atuendo!– Cocteau se dibujó y cinceló a sí mismo.

Fue uno de esos artistas que hicieron de sus propios rostros, cuerpos y atuendos una obra de arte, y como tal la ofrendaban al mundo. Una ética y una estética de dandy, como las de Wilde, Musset, Byron, D’Israeli, Ravel, Valle-Inclán, y entre las mujeres, Madame de Staël, George Sand, Frida Kahlo y Yolanda Oreamuno.

Salía todos las tardes de sus reales predios para pasear por el pueblo y conversar con los parroquianos. Le decían “ monsieur Cocteau”, con reverencia infinita. Siempre cortaba algunas de las más bellas flores de su castillo para dárselas a los niños y niñas, a la vera del camino.

No sospechaban –o quizás sí, en algún oscuro nivel de su ser– que al saludar a “ monsieur Cocteau” saludaban un siglo entero de arte.

Poeta maldito, bohemio, nictálope, opiómano, bisexual detonador de varios escándalos notorios, niño terrible de las letras francesas, amigo íntimo de Stravinsky, Satie, Diaghilev, Proust, Gide, Picasso, Mondrian, Braque, Monet (a quien en el jardín de Giverny ayudaba a preparar los lienzos y le ponía el pincel en la mano porque Monet estaba a la sazón casi completamente paralizado).

Su muerte. Pero si hay un lugar en el que quedó flotando el dulce aroma de su ser, esto fue en la capillita de Saint-Blaise-des-Simples. Reposa en el centro de la nave junto a su último compañero sentimental: Édouard Dermit. Sobre la lápida hizo gravar el lema de toda su vida: “Quedo con vosotros”.

En lugar de referirse a la muerte, solía hablar de “atravesar el espejo”, posiblemente la más bella perífrasis creada para aludir a la parca. Y solía repetirle a sus seres queridos: “Finjan llorar, amigos queridos, porque yo tan solo fingiré haber muerto”.

Se extinguió al día siguiente de Edith Piaf: la mañana del lunes pronunciaba su elogio fúnebre en el Père Lachaise, y al día siguiente, alguien más –sin su talento, sobra decir– lo pronunciaba por él.

Lo mejor del arte de Cocteau está en la Capilla de Saint-Blaise-des-Simples y sus laberínticos huertos. Su irreductible fe de niño, su concepción de Dios, su idea de la muerte, su personalísima visión del templo como un espacio suspendido en el tiempo y arrancado a la ruina, su jardín mágico, su espacio privilegiado y acotado. El espacio de los poetas, que es tan físico como imaginario.

Una vez más, el viento había soplado sobre la arcilla y el espíritu había transformado las viejas piedras en plegaria.

El autor es pianista y escritor.