17 octubre, 2014

Recuerdo que, una vez, le pregunté al padre Josué si, en su opinión, Hamlet y Ofelia habían hecho el amor. El padre era, pues qué decir… un padre, no un especialista en teatro isabelino. No supo qué responderme. Yo estaba en tercer grado, y siempre andaba incomodando a la gente con ese tipo de preguntas. Una compañía de teatro española venía de representar Hamlet , y yo me había enamorado de la actriz que hacía el papel de Ofelia ¿Quién sería, por el amor de Dios, quién sería? Me temo que se tratara de una muchacha cuyo nombre se me escapa, y que murió, años después, en un accidente de tránsito, en Madrid. Tal fue mi insistencia, que me llevaron nuevamente a ver la obra. Mi mamá estaba orgullosa de las inquietudes culturales de “su chiquito”.

Solo ella. Pero a mí no me importaba Hamlet, ni Claudio, ni Gertrudis, ni Laertes, y el “To be or not to be” ciertamente no me interpeló… yo solamente quería verla a ella. “Sobre el agua calma y negra donde duermen las estrellas, la blanca Ofelia flota como un gran lirio… Flota lenta, muy lentamente, recostada en sus largos velos… En los bosques cercanos se oye el llamado de los cornos” (Rimbaud). Y sí, sí, su traje de leyenda producía, cada vez que pasaba cerca de mi butaca, un bisbiseo delicioso. Hacían música sus enaguas, un sonido entre sedoso y aterciopelado. Pero, sobre todo, sobre todo, era el escote –cuadrado– y la blancura inmensa de su pecho, de sus senos estrujados, como criaturas dotadas de vida propia, que implorasen ser liberadas. El vestido era de color púrpura, y el cuello tenía un ribete dorado.

Nadie –¡maldita sea!– puede imaginarse que un niño sea capaz de enamorarse de tal visión, y desear como un loco tocar aquella tela, olerla, hundir las manos por el escote. No, los niños no existen sexualmente –asumían los adultos–. Son todos frígidos o emasculados. Y sufrí amargamente por mi Ofelia: ya no me quisieron llevar al teatro por tercera vez… yo habría ido todos los días. ¡Ah, el sordo, informulable, desesperado deseo del niño! Inexpresable, sancionado, siempre subterráneo.

Lo innombrable. Hay dos cosas que a las personas les cuesta aceptar, tal parece, sobre cualquier otra realidad (excepto la muerte): la sexualidad de los padres, desde el punto de vista de los hijos, y la sexualidad de los hijos, desde la perspectiva de los padres. Los hijos decretan a sus madres madonas renacentistas, puras de toda mácula, acaso figuras de vitral, capaces de concebir sin transacción sexual alguna. Las hijas deciden que sus padres las engendraron por esporas, merced a la polinización. Las madres optan por pensar que sus vástagos se procrearán por mitosis, o partenogénesis. A los padres les toca lo peor: comienzan a pagar sus trapacerías juveniles cuando ven a sus prístinas “chiquitas” merodeadas por depredadores de la misma estofa que ellos… en los años en que todavía tenían garras y colmillos. In fine, todo el mundo se declara asexuado, según un acuerdo familiar, tanto más ridículo por cuanto tácito. Ustedes saben: cosas “de las que no se habla”. Carraspeos de garganta, súbitos accesos de tos, la desviación sistemática del “tema”: lo innombrable, lo impronunciable, sobre todo, lo inimaginable (literalmente, aquello sobre lo que evitamos, a toda costa, formarnos imagos mentales).

Criaturas deseantes. En mi infancia, nadie concebía que los niños fuesen criaturas deseantes y deseadas. Todo lo que podíamos hacer era jugar con carritos o muñecas. Un ser desprovisto de energía libidinal, de libido sentiendi (apetito de sensaciones), de capacidad para fantasear, de toda forma de concupiscencia. ¿La naturaleza “polimorfamente perversa” (Freud) del niño? ¡Nadie hablaba de ello: todos éramos querubines! No nos educaron en el eros platónico. Si la sexualidad ha sido siempre problemática en la cultura, la del niño era, simplemente, pronunciada inexistente. Algo diferido, cosa “de grandes”, una entelequia, proyecto eternamente postergado, remitido a un futuro tan lejano como el reumatismo o el hecho de tener que pagar impuestos.

Veintidós años después de mi iniciación teatral en el deseo, tomé un curso sobre Shakespeare, impartido por uno de sus mejores traductores a la lengua castellana: Joaquín Gutiérrez, de suyo, distinguidísimo escritor costarricense. Y volví con mi pregunta. Lo que el padre Josué no me había podido responder me lo reveló don Joaquín, entre corrillos y con maliciosa sonrisa: “Sí: hicieron el amor. ¿Sabés por qué lo sé? Porque, cuando Ofelia entra loca a palacio, lo primero que hace es distribuir entre los cortesanos varios tipos de florcitas… una de ellas –se creía a la sazón– era capaz de restituir la virginidad: ¡ve vos qué bandidos!”.

Sonreí con íntimo e indecible regusto. Una sonrisa diáfana, serena, como una cálida garúa de estío. El niño había encontrado la paz.

Por fin, había logrado hacerle el amor a su Ofelia.

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