12 febrero, 2015

En mis años de estudiante en Estados Unidos me sorprendió cómo muchos de mis compañeros universitarios apresuraban la conclusión de la cena para correr al frente del modesto aparato de televisión, en la sala del dormitorio, con el fin de incorporarse al inmenso público que, a lo largo y ancho del país, admiraba a Walter Cronkite, ancla del programa vespertino de noticias de la cadena CBS.

Cronkite era el presentador con mayor ventaja en las encuestas que frecuentemente daban –y siguen dando– ideas de dónde invertir los millones de dólares de los presupuestos publicitarios de las grandes empresas.

El afamado periodista proyectaba la imagen de un hombre maduro y serio, sin dejar de ser simpático. En el caldeado campo de batalla entre noticieros patrocinados por otras cadenas, mayormente la NBC y la ABC, el predominio de la CBS con Cronkite se veía como un horizonte inalcanzable. Y no era por un déficit de figuras famosas. El nombre del juego era otro: la confianza que en abundancia inspiraba Cronkite.

La confianza ha sido, y sigue siendo, la corona real. Cronkite era, para muchos, el rostro que dominó en las pantallas al ocurrir el asesinato de John Kennedy y de otras figuras conexas, entre ellas el presunto homicida Oswald, a su vez asesinado por Jack Ruby. Y también cuando el presidente Richard Nixon renunció a su cargo, agobiado por el escándalo de Watergate. Y así podríamos seguir hasta temprano en los años 80, a partir del retiro del laureado Cronkite.

Brian Williams. Las memorias de esos tiempos cobran hoy una súbita y extraña vigencia por los alegados traspiés de Brian Williams, ancla de la NBC en el programa vespertino, así como en segmentos diversos. Williams, de 54 años, muestra un aspecto cuasi juvenil, la del travieso muchacho que lo agarraron en unas cuantas mentirillas.

No sería posible comprender a Williams, el personaje de esta caldeada trama, sin traer a cuento el aire de libertino a punto de desbordarse, el “hubris” que suele achacarse a ciertos personajes del espectáculo, de la política, las finanzas y hasta de la vida intelectual. Para estas figuras, el mundo está e sino en otro. De todas manerasen ese navantes de marina que sse encontraba en un helicables.undan consejos obligado a rendirles homenaje constante y, ojalá, a postrarse a sus pies.

En defensa de Williams, debemos abonar su constante apoyo a los esfuerzos de sus hijos e hijas en diversos campos como el teatro y el deporte. Tampoco ha sido motivo de rumores en su haber matrimonial. Hasta el momento, todo bien. Incluso, abundan consejos sobre lo que debería hacer luego de haberse retirado temporalmente. Y, a la hora de los recuentos, los pecados serían quizás perdonables.

Y ¿qué pecado sería embellecer los recuerdos con algunos retoques cosméticos, de esos que no desfiguran la imagen, y su valiosa carga de memorias? Por ejemplo, al informar sobre un incidente en Irak, Williams dijo que viajaba en un helicóptero blanco de un destructivo ataque explosivo. Como por milagro aparecieron un par de infantes de marina que sí estuvieron en el citado helicóptero, y juran que Williams no estaba en esa nave, sino en otra. De todas maneras, eso ocurrió años atrás y, como bien afirmó el periodista, las memorias tienden a flaquear con el tiempo.

Lamentablemente, a Williams le ha salido a flote una creciente serie de estos pecadillos, inclusive uno de autoheroísmo en el diluvio de Katrina, que ya fue desmentido por testigos presenciales. Estos golpes, si no severos, han hecho mella en su prestigio y en la confianza que debe merecer el comunicador. A propósito de este capítulo, ya han metido mano ciertos colegas del ramo que aducen sombras de disconformidad en el directorio de la NBC. Otros personajes, haciendo gala de una falsa amistad, han ofrecido incluso reemplazar al pobre Williams en su cargo.

Esta zarzuela vislumbra injusticias. Quizás, porque la confianza es un manto frágil y delicado, y abundan quienes alegan que esa confianza perfila ser irrecuperable. Esperemos que la justicia prevalezca y, al cabo del relato, emerja la sensatez.

El autor es politólogo