El presidente, Luis Guillermo Solís, perdió la ocasión histórica de tender la mano

 9 mayo, 2016

¿Quién ganaría una elección prometiendo “ajustes”? ¡Nadie! El embrujo viene de la sensación atrayente de la ruptura, de la seducción de lo nuevo y la fantasía ilusoria de cortes bruscos con el pasado. Todo se concentra en la hipérbole sobrevaluada de la palabra “cambio”, que, según el decir de mi querido amigo Santiago Manzanal, “se presenta engañosamente como una panacea infalible, (…) indiscutible y brillante prima donna de los eslóganes” (La Nación 25/4/2016).

El “cambio” es absoluto cuando se propone y convenientemente se relativiza después. Si no vemos el cambio prometido, la culpa es nuestra porque “no entendimos” que lo prometido era un comienzo y la hora de las realizaciones le correspondería a las administraciones siguientes.

Volverá la palabreja al ruedo. No hay forma de evitarlo. La siguiente se hará más potable con el motecillo “¡Sí se puede!”.

Pero ¿es errónea acaso la sensación de que necesitamos un cambio? ¡Por supuesto que no!

Poco avance. Podrían escribirse libros de texto de lo que camina mal, y apenas un breviario de lo que camina bien. Desde baja productividad de las empresas hasta una creciente inequidad social.

Ahí, la paralizada infraestructura celebrará extática cuando se resuelvan 60 metros de platina. Lo más difícil, el financiamiento, es lo que sobra. Pagamos, literalmente, millones por no hacer. ¡Don Oscar pensó que lo más difícil estaba superado cuando dejó $3.000 millones de financiamiento para obra pública! Pero aquí comer es más difícil que servir la mesa.

¿Y qué decir de la tramitomanía que convierte todo emprendimiento en una interminable y abrumadora travesía? Ni hablar de la lenta y dolorosa descentralización cuyo financiamiento parece más amenaza que promesa.

Ni mencionar tampoco la autonomía universitaria, de ilustre y respetable historia, detrás de cuyo honroso abolengo también se excusa la escasez en formación profesional en las áreas de mayor demanda y la contrapartida escandalosa del excedente humano para el que no existe salida laboral.

¿Y qué decir de la democracia secuestrada por las minorías? ¿Qué cambió, entonces? Se llama legión, porque son muchos los demonios de nuestras disfuncionalidades (Marcos 5:9).

¿Nos faltan ideas? ¡Claro que no! Las páginas de opinión y los programas radiofónicos acompañan nuestras frustraciones con lluvia de ideas, las más de las veces totalmente factibles. Sobran opiniones de gran realismo y general sensatez, para quedar durmiendo en los espacios hiperuránicos del deseo quimérico y la añoranza vana.

¿Es entonces ausencia de estrategias? Aquí eso sobra. Doña Laura llegó, incluso, a convocar un notable aquelarre de propuestas, que ahora duermen. Pero no por falta de mapas de ruta. La pobreza se tropieza impertérrita entre las variadas estrategias para erradicarla, incluidos todos los inútiles esfuerzos que se hicieron para asegurar siquiera el pago universal de los salarios mínimos.

Las pymes languidecen en su abrumadora informalidad, pero no por orfandad de padres o madres estratégicos. Los planes de ordenamientos territorial, suma de planificación de alto costo, adormecen en los anaqueles, enfrentados a la “crítica roedora de los ratones”. Igual ocurre con los planes de racionalización del transporte urbano. Desde la última administración Arias, quedó un famoso Plan Tren, en etapa de cartel de licitaciones, para que ahora, después de dormir sin ser perturbado por las nuevas administraciones, se diga que es “camino adelantado”.

Caminos adelantados tenemos por miles. A los que se añadirán ahora los que nos acaba de anunciar que dejará “adelantados” la administración Solís. Pero el nuevo ocupante de Zapote hace siempre, de oficio, tabula rasa.

¿Qué pasó con Merk-Link? Mientras tanto, las estrategias nuevas no sustituyen, sino que se suman a las viejas. El INVU sigue campante su vida de inutilidad institucional, pese a haber sido estratégicamente “superado” desde la primera administración Arias. Menos mal que en Costa Rica no hubo dinosaurios, porque sino ahí estarían.

¡Ah, si solo pudiéramos tener una milésima de la savia de realizadores de los coreanos, y no la de soñadores despiertos, como somos! Ellos dicen: “10% estrategia, 90% ejecución y siempre con sentido de urgencia”.

¿Es asunto acaso de partidos? ¡Cuidado, porque solo nos falta por probar el Libertario y el Frente Amplio! En uno, el Estado no debe meterse en nada; y, en el otro, que se meta en todo. ¿Queremos probar una cucharadita de frustración con cada uno? ¡No digamos de esa agua no beberé! Suficiente tenemos con los tormentos de don Ottón Solís, que tuvo la pena de frustrarse con su “solución” en el poder. Pero nunca brilla tanto su honestidad como cuando critica, un día sí y otro también, a su propia creación.

La solución. Olvidemos la tentación de presentarnos como aprendices de brujos, ingeniando nuevas pomadas canarias. El agua tibia ya se inventó. Existe solución estratégica a nuestra inercia, pero no está en propuesta alguna de ningún partido. La solución está en todos. Cada vez se asienta más la idea de la imposibilidad que tiene toda propuesta aislada de superar nuestra indolencia.

El presidente de la Unión Costarricense de Cámaras y Asociados del Sector Empresarial Privado (Uccaep) hizo suyas mis palabras ( La Nación 3/1/2016) cuando repitió textualmente in extenso ( La Nación 7/3/2016) mi recomendación de la solución concertada irlandesa. Abril Gordienko tuvo, en cambio, la gentileza de aludirme expresamente, al sumarse a la idea de un gobierno de consensos colectivos.

Don Ottón tal vez venía rumiando eso y don Johnny Araya había ya explicado su renuncia para facilitarle a la nueva administración la formación de un gobierno de unidad. ¡En vano! Don Luis Guillermo perdió esa ocasión histórica de tender la mano.

Pero la historia continua y todavía podría sorprendernos. El guante sigue ahí. La necesidad estratégica de un consenso colectivo también.

¿Qué falta? La audacia de soñar en grande, el valor de cruzar la acera y la vergüenza de dejar que sea otro quien lo haga.

La autora es catedrática de la UNED.