Más que un delito, no pagar impuestos es un pecado ético en algunos países

 10 octubre, 2015

El allanamiento y cierre del estadio Saprissa, con pistola al cinto, y la paralización de las actividades por una deuda de, aparentemente, ¢30 millones, que ya había sido pagada aunque fuera extemporáneamente, ha puesto en discusión, de nuevo, la forma de cobrar los impuestos por parte de nuestros funcionarios fiscales.

Ciertamente, el pago de impuestos es una necesidad para cualquier país. El tributo es consustancial a la historia de la humanidad desde sus inicios. Algunos dicen que la profesión más antigua ha sido la prostitución, y la verdad es que, con una ligera vista a la historia, me parece que, por mucho, es el de cobrador de impuestos.

En los textos de escritura cuneiforme (cuando apenas el ser humano balbuceaba los inicios de la escritura) se encuentra un proverbio que dice: “Puedes amar al rey, puedes amar al príncipe, pero ante el cobrador de impuestos: tiembla”; no obstante que personajes tan célebres como Confucio y el apóstol Mateo fueron sus recaudadores. Sin embargo, han pasado 5.000 años desde eso y la civilización ha sufrido una radical transformación de principios. Ni es la misma civilización ni es el mismo ser humano.

Solemos decir que el progreso de los países del primer mundo se debe, en buena parte, al severo cobro de impuestos. En Estados Unidos y Europa, la evasión es sumamente castigada. Pero es que en esos países, más que un delito, no pagar impuestos es un pecado ético.

Solidaridad tributaria. Un Estado eficiente, con servicios eficaces y un trato humanizado producen en el ciudadano el gusto del pago de tributos y, además, la conciencia general de que deben de ser pagados. Nadie duda en esas tierras que debe prevalecer un principio de solidaridad social, tanto horizontal como vertical.

Algunos dicen que eso no sucede en Costa Rica. Yo digo que sí. Basta con ver la manera como se desboca el pueblo con esa misma solidaridad, o más, ante las tragedias naturales.

Los vecinos recogen donaciones en los barrios, la gente rompe sus alcancías, y me causa hasta hilaridad que personas y empresas donan fondos por cantidades tales, que, si se las pidieran como pago de impuestos al Estado, serían capaces de salir huyendo. ¿Por qué? Porque el Estado no da confianza, por una parte, pero también porque las autoridades fiscales no son capaces de inspirar en el ciudadano ese principio de solidaridad, sino que prefieren el cobro draconiano, manu militari, bajo amenaza, al estilo del cobro de impuestos que le hacen a Olafo, el Amargado, en la legendaria caricatura.

Y he ahí el grave error: La precaria capacitación de Tributación Directa para crear esa cultura. Si, como sucede muchas veces con sus proclamas de cobro que más que avisos son amenazas, ellos ven a los deudores fiscales como enemigos, los deudores fiscales (que somos todos directa o indirectamente) veremos, como reacción, a Tributación Directa también como enemiga. Y vivimos en tiempos en que este no es el mejor estilo de tener una relación: fundarla en el miedo.

Me contaba un alto dirigente de la Federación Costarricense de Fútbol (Fedefútbol) que hace pocos meses, para ir a dejar al Proyecto Gol una aviso de cobro, la Tributación emitió previamente un boletín par convocar a la prensa a presenciar “tan solemne acto” al que se presentó una cantidad de funcionarios de mediano y alto nivel, que bien pudo haber efectuado un simple mensajero en una moto. Morbo por la espectacularidad, el escarnio y gasto innecesario de horas trabajador a cargo del Gobierno, que lo único que crea es un régimen de terror alrededor de la deuda fiscal, que para nada contribuye a crear esa conciencia de solidaridad tributaria y, mucho menos, ganas de pagar.

Cobro razonable. Si variara el perfil de cobro de la Tributación Directa, si sancionara en forma directa y severa a los verdaderos evasores, pero aplicara otra filosofía con el resto de la sociedad, y no lo hace blandiendo machetes, estoy seguro de que el resultado sería más productivo.

La entrada armada a un estadio deportivo fue desmedida. Ya pasaron los años en que al soberano se le pagaban los impuestos hasta entregándole a miembros de la familia.

Los caprichos en el cobro han sido diversos. Un rey azteca obligó a que se le pagara tributos con una pata echada sobre sus huevos y que al serle presentada, la pata rompiera el cascarón.

Ya Lao Tze, hace más dos mil años, decía que un pueblo al que se le cobrara con agobio los impuestos, no podía progresar.

Nuestro Estado está en deuda con nosotros en carreteras, en déficit fiscal, en atención de salud, en eficiencia de los fondos públicos, en transparencia, en obra pública, etc. Si tras de que debe, cobra, que lo haga con más razonabilidad, más proporción, más moderación.

Que sea drástico con la minoría que cínicamente evade impuestos, pero no con el resto de la ciudadanía a la que el mismo Estado le ha matado la inspiración y el deseo de ser solidario con él.

José A. Cabezas es abogado.