Algunas veces los adultos no comprendemos lo que sienten, quieren y no quieren nuestros hijos

 22 enero

Algunas veces los adultos no comprendemos lo que ven, sienten, quieren y no quieren los niños. “Coman espinacas”, les decimos, aunque ellas no les gusten. Ahora se sabe que eso podría ser malo para quienes tengan problema para digerirlas. Muchas veces, sin proponérnoslo, los adultos actuamos indebidamente.

Ginebra, Suiza, finales de enero de 1978. Nieve por doquier. Yo terminaba un contrato laboral con una agencia de las Naciones Unidas (UNCTAD) y con mi familia regresaba a Costa Rica, donde nos esperaba un clima más benévolo y una casita que unos años antes habíamos construido, pero que no habíamos habitado por haber emigrado a Suiza. Entonces teníamos, mi esposa y yo, dos hijos pequeñitos.

El segundo cumpleaños del mayor lo habíamos celebrado con una fiestita, en nuestro apartamento, para sus amiguitos, unos doce. La fiesta era de 3 a 5 de la tarde. Dicho y hecho: a las 3, todas las madres de los invitados dejaron a sus hijos e hijas en nuestro apartamento; y entre las cinco y las cinco y dos minutos fueron a recogerlos. Suiza funciona como un relojito suizo.

En el intermedio ocurrió lo siguiente: los pequeños invitados comenzaron a interactuar con los juguetes de nuestro hijo, el cumpleañero, y él sintió que le estaban robando algo de su propiedad exclusiva. “¡Papi, ayúdame!”, me dijo, y esa solicitud a partir de entonces quedó impregnada en mí. (Sí, ha de ser la respuesta de todo padre y madre).

Y, a como pude, aunque no creo que con mucho éxito, le expliqué que ellos no le iban a quitar sus juguetes. Mi esposa tuvo mejor enfoque y le dijo que como sus juguetitos eran tan lindos, todos querían jugar con ellos. Como que él entendió. Mas no estoy seguro.

Vino el momento de romper la piñata. Los chiquitos no sabían mucho de la cosa. Yo medio les expliqué el asunto; pedí a algunos turnarse para quebrar la tinaja y cuando al suelo cayó su contenido –de confites, maní, chocolates, bombas de hule, etc.– ninguno se lanzó a coger nada. Tuve que explicarles lo que debían hacer. No creo que entendieron. Cuando las madres pasaron a recogerlos yo dije: ¡qué dicha!

No sé si nuestro hijo disfrutó la fiesta de “celebración” de su segundo cumpleaños en Ginebra. Diría que no.

La mudanza. Cuando decidimos regresar a Costa Rica, en UNCTAD nos hicieron todos los trámites logísticos para el viaje. Un día antes de salir, un equipo de empleados de la empresa de mudanzas vino y cargó muy profesionalmente todos nuestros enseres. Solo dejó una cama matrimonial y dos de niños, las cuales, el día siguiente, a eso de las ocho de la mañana, recogieron. No se nos ocurrió pensar en lo que podría imaginar nuestro hijo mayor, porque no nos lo dijo. Pero creo que un par de días después lo averiguamos.

Habíamos contratado con la agencia de mudanzas entregarles nuestro auto (un Volvo 244 color verde) en el puerto Le Havre, para ser transportado a Costa Rica. Mas al llegar a París, mi exjefe me indicó que los tiquetes de regreso eran más baratos si la salida era de Francia, en vez de Suiza, y que, por tanto, por norma interna debíamos cambiar, en las oficinas de la Unicef en París, los nuestros para el vuelo transatlántico.

Allí, por ese simple trámite, perdimos todo un día y entonces optamos por entregar al porteador nuestro carro en París, en vez de Le Havre. Cuando los de logística vinieron a recoger el carro al hotel, mi hijo mayor, que a la postre tenía unos tres años, llorando nos imploró: “¡No, no. El carrito no!”.

Y no fue sino hasta ese momento en que recapacitamos qué podrían él y su hermanito pensar de todo lo que estábamos, en esa ajetreada semana, como familia viviendo. Quizá pensaron que poco a poco unos desconocidos cacos nos estaban despojando de todo. Que solo nos había quedado, como patrimonio familiar, el carrito verde que a tantos lugares por Europa nos había transportado, y ahora hasta eso perdíamos.

Creo que mi esposa hizo una excelente labor para explicarles que todo iba a ser transportado a Costa Rica, donde había una casita y muchos familiares que nos esperaban. Visto de manera retrospectiva, creo que tampoco fuimos lo suficientemente convincentes.

Fascinación por los canes. El haber cambiado de planes nos agregó un día más en París. Eso lo aprovechamos para visitar lugares famosos, como la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo, la catedral de Nuestra Señora, etc. A la primera parada nuestro hijo menor vio un perrito café, que le llamó la atención. “¡Mira el perrito!”, nos dijo entusiasmado. “¡Mira otro grandote!”, más adelante decía. Y así siguió toda la mañana y parte de la tarde, fijando su atención solo en perros y, de vez en cuando, en gatos.

Para él, quien entonces tenía un poco más de un año de edad, París fue una interesante villa perruna. “¿Vamos mañana a ver más perros?”, nos preguntó el mayorcito. Sí, claro, fue nuestra respuesta.

¿Logramos los padres meternos en “los zapatos” de los niños para entender qué es lo que a ellos les gusta y, también, les preocupa? Yo creo que no siempre lo hacemos, y por esa ignorancia (o indiferencia) solemos quedar mal con ellos. ¡Pucha que es difícil ser buenos padres! Pero hay que tratar de serlo.

Este escrito se me había quedado perdido en el tintero. Quise enviarlo a publicación con motivo del Día del Niño (y la niña). Por fortuna, según se le vea, ellos son todos los del año. Sin embargo, más adelante les tengo una historia un tanto trágica, y es la relativa a lo que les espera bajo el Régimen de Invalidez, Vejez y Muerte (IVM) que administra la Caja Costarricense de Seguro Social.

El autor es economista.