8 noviembre, 2014

Es inicuo hacer promesas a la ligera a los pueblos que están en la pobreza, porque, agobiados por su necesidad, poco analizarán sobre la posibilidad de que sean cumplidas algún día. Cuando esto ocurre, siempre cabe preguntarse sobre las intenciones reales de quienes hacen las promesas.

De Nicaragua a Panamá. A finales del siglo XIX, un ingeniero francés, Philippe Bunau-Varilla, sin saberlo, libró a nuestro país de los grandes problemas que obviamente le habría traído el que la ruta para el canal interoceánico, que entonces estaba en discusión en el Congreso de los Estados Unidos, hubiera sido la que algunos proponían, por Nicaragua, siguiendo el curso del río San Juan.

Fue providencial para Costa Rica que Bunau-Varilla lograra convencer al gobierno de los Estados Unidos de que la mejor ruta para el canal era la de Panamá.

Una vez que esta fue aprobada, les vendió la maquinaria y los derechos de construcción del fracasado proyecto de Ferdinand de Lesseps en Panamá.

Bunau-Varilla fue el principal ingeniero de la Compañía Universal del Canal Interoceánico liderada por Lesseps, quien había intentado construir un canal a nivel en Panamá entre los años 1880 y 1889.

Obligada por las enfermedades tropicales, las dificultades financieras, los obstáculos geográficos insalvables –no previstos en sus planes– y, principalmente, por los problemas inherentes a estudios incompletos del proyecto, esa empresa había puesto fin, oficialmente, a sus operaciones de construcción en esa región –perteneciente entonces a Colombia–, el 4 de febrero de 1889.

Nuevo canal. El 14 de agosto, el canal de Panamá cumplió 100 años de estar en funcionamiento y, casi coincidiendo con esa fecha, se propone un megaproyecto para la construcción de un canal interoceánico en Nicaragua por una empresa china.

Expertos en todo el mundo han expresado sus dudas sobre la rentabilidad y la factibilidad del proyecto, debido, entre otras cosas, al costo tan elevado y a la longitud del trayecto a excavar. Una de sus principales observaciones es el plazo en el que se propone construirlo, que sería de cinco años.

Un plazo de construcción tan corto hace dudar de la seriedad de la propuesta.

Si se compara este proyecto con el de las obras de ampliación del canal de Panamá, que están actualmente en ejecución y son mucho menores en magnitud, es posible ver que el tiempo que han necesitado hasta el momento es de siete años (plazo original), y que, según el programa de trabajo, estarán listas para iniciar pruebas de funcionamiento en enero del 2016.

Actualmente, existen tecnologías de construcción que hacen posible una obra tan grande, como la ampliación del canal de Panamá, o un proyecto que la superaría por mucho en tamaño, como el de Nicaragua. Aun así, los expertos coinciden en que, en la realidad, no es posible hablar de plazos tan cortos para este último. Según la información disponible hasta el momento, la fecha de comienzo de los trabajos, que originalmente era diciembre del 2014, ha sido trasladada para el año 2015 y es posible que se posponga aún más dependiendo de cómo avancen los estudios finales necesarios.

Aparentemente, por la ruta escogida para este canal, nuestro país no sería afectado. Sin embargo, por ser vecinos, debemos estar atentos al acontecer futuro de este proyecto, y mantener una actitud prudente al respecto.

El Gobierno, sobre todo, debe ser precavido y cuidarse de situaciones como la ocurrida cuando nuestro ministro de Relaciones Exteriores interpeló a Nicaragua sobre el impacto que la operación del futuro canal tendría sobre el río Colorado, y recibimos la respuesta ya conocida por todos.

No nos prestemos a los juegos políticos que pueden tejerse alrededor de una obra que hasta el momento es incierta y cuyo resultado final es, además, imprevisible.

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