Las fobias se rebalsan en la manera como se cometen algunos delitos en Costa Rica

 7 agosto, 2016

El término crimen de odio es una traducción literal de hate crime, corresponde a una tipificación que se da en otros países, como en EE. UU. y otros desde 1985 ( Revista Dominical de La Nación, 26/6/2016) a los crímenes motivados por prejuicio, odio e intolerancia en contra de alguna característica que presenta la víctima en la representación del agresor.

En América Latina, Chile y Uruguay tienen una normativa al respecto en su Código Penal, mientras que en la mayoría de nuestros Estados no existe la figura de crimen de odio, por lo que solo son procesados como delitos comunes o pasionales.

Costa Rica no cuenta con un desarrollo legal específico al respecto. Hay varios elementos que constituyen un crimen de odio. Primero, que se ataque a la persona por motivo de esa característica particular, sea la nacionalidad, estatus social, orientación sexual, identidad de género, raza, edad, religión, entre otros.

Segundo, que se exprese o se demuestre ese prejuicio, ya sea en insultos, mensajes, ataques, burlas o menosprecio. También puede cometerse en contra de alguien que luche o se identifique claramente con un sector en particular.

Se trata de enviar un mensaje de que este grupo no vale, o que sus vidas no son tan valiosas como las de los demás, o bien que se trata de ciudadanos de una menor categoría.

Tercero, la maldad, la brutalidad y la tortura en la forma de cometer el delito deben ser palpables, pues existe un odio irracional en la embestida en contra de la víctima y debe ser notorio. Todos estos elementos pueden estar presentes o solo uno de estos.

En el país. Si usted cree que estamos exentos de delitos que cumplen estos requisitos en nuestra Suiza Centroamericana, piénselo de nuevo: las fobias se rebalsan en la manera en que se perpetran algunos delitos en Costa Rica.

Lamentablemente, ello se refleja incluso en los operadores jurídicos que juraron fidelidad a la Constitución y a las leyes.

Reflexionemos por un momento en el principio de igualdad consagrado en la Constitución Política; un juez de ingrata memoria y afortunadamente pensionado ya del Poder Judicial no podía contener la risa después de condenar a un hombre que mató a su amante, y la razón que me dio acerca de su hilaridad fue que el fallecido era un varón.

El recordado cronista mexicano Carlos Monsiváis señalaba que ni las conductas, ni el deseo fueron creados por la prensa, pero sí el manejo de las sexualidades distintas de la heteronormatividad fue convertido en un tema de opinión pública durante el siglo XX.

Construcción ideológica. La relación entre homosexualidad, violencia y aparatos policiales es una constante en más de cien años de historia impresa. Es, ante todo, una construcción ideológica que posiciona a la homosexualidad en los límites de un orden social, ya sea mediante la muerte violenta, el delito o la nota chusca y ridiculizante.

Si la prensa, junto con otras formas de producción cultural, cooperó en la “invención” de la homosexualidad como un tema de opinión pública, su efecto no solo fue hacer visibles a determinados sujetos y sus modos de vida, que habían permanecido soslayados; también creó una forma de pensarlos.

Cuando se comienza a pensar la homosexualidad, al menos en la prensa, se hace a través de dos mecanismos fundamentales: el escándalo y el escarnio.

Esta perspectiva permanecerá a lo largo del siglo XX y solo comenzará a transformarse hacia los fines de ese siglo y principios del siguiente, momento en que los discursos de los derechos humanos y la ciudadanía comienzan a reflejarse en algunos periódicos.

Así, la muerte de individuos homosexuales ha sido, fundamentalmente, motivo de escarnio. Una mofa que se refracta en dos direcciones: por un lado, hacia las víctimas, culpables de sus propias muertes; pero también hacia las comunidades y colectivos de homosexuales, de lesbianas o de personas transexuales, dado que anuncia lo que les podría suceder.

En el caso de las víctimas, su desviación se consuma en su asesinato; en el de las comunidades, potencialmente, podría ocurrirles lo mismo (a sus integrantes).

De tal manera, que este grupo social recibe las notas periodísticas más amarillas, folclóricas y ejemplarizantes, con o sin conciencia de ello.

Se supone aún que se trata de personas de segunda categoría (para sus detractores) y para ello es necesario reforzar el estereotipo y amueblar el armario.

“Hombres solos”. Durante un tiempo, la retórica de las noticias policiales de los homicidios de los llamados “hombres solos” en Costa Rica mostraban ciertas características.

En primer lugar, se describía de manera aparentemente objetiva el tipo de crimen que se cometió. Luego, las versiones policiales preliminares. En tercer lugar, se relacionaba sistemáticamente el asesinato de un homosexual con su identidad sexual.

Esa relación se establecía mediante tres grandes justificaciones o explicaciones del delito, que habitualmente se atribuyen a fuentes policiales o judiciales.

La primera, y quizás la más relevante, es el carácter supuestamente pasional del crimen. Nunca se justificaba esta explicación y más bien se deducía que si la víctima era homosexual, su muerte se debería a razones pasionales.

La segunda, es la rareza de las costumbres de la víctima. Aun cuando no se menciona la pasión como razón de un asesinato, las “costumbres raras” lo explicarían.

Por último, pero en menor medida, los crímenes se explican por una ofensa a la masculinidad del agresor perpetrada por la víctima homosexual, mediante coqueteos, insinuaciones o tocamientos.

La conducta y las intenciones del homosexual explicarían la reacción de los asesinos y justificarían su respuesta (mortífera). Si bien difieren, las explicaciones periodísticas coinciden en un punto: el asesinato, entre líneas, siempre se explica por la víctima y no por el victimario.

Crimen. En Laramie, Wyoming, Matthew Shepard, estudiante de la universidad estatal, con 21 años de edad y 1,58 metros de estatura, fue abordado en un bar frecuentado en el pueblo por todo tipo de personas por los jóvenes Aaron McKinney y Russell Henderson. Esto ocurrió entre el 6 y 7 de octubre de 1998.

Ellos urdieron un plan no para robarle los veinte dólares que llevaba Mathew en su billetera, sino para atarlo a una cerca en un paraje abandonado donde nadie pudiese escucharlo gritar, le propinaron de dieciséis a dieciocho golpes en el cráneo con una pistola, además de múltiples golpes y patadas.

Lo abandonaron a su suerte y pasaron dieciocho horas antes de que Matthew fuera encontrado por un ciclista que pasaba por la zona, quien al inicio lo confundió con un espantapájaros.

Matthew seguía vivo, pero en estado de coma. Su cuerpo se veía obviamente maltrecho y su rostro estaba cubierto de sangre; solamente presentaba dos líneas limpias, las cuales marcaban el camino de sus lágrimas. Fue trasladado al Hospital Poudre Valley de Fort Collins, Colorado, donde falleció el 12 de octubre de 1998.

Su familia estaba en Arabia Saudita al momento del ataque, su padre trabajaba entonces en la industria petrolera; su hermano menor, Logan, quedó devastado.

Justicia. Matthew fue un muchacho integrado en su comunidad, con defectos y virtudes, un hijo querido y aceptado por sus padres en su condición de gay. Estudió parte de la secundaria en el American School en Tasis, Suiza, y recorrió en su corta vida parte del mundo.

Se le conocía como un alma gentil y no lastimó nunca a nadie. Durante su funeral, la iglesia bautista de Westboro de Topeka, Kansas, dirigida por Fred Phelps (fallecido en el 2014) y de alto carácter homofóbico, así como durante el juicio, se hizo presente con pancartas con frases como “Matt Shepard se pudre en el infierno”, y “Dios odia a los maricas”.

Russell Arthur Henderson, el primer coautor del crimen, se declaró culpable por haber cometido asesinato y secuestro, lo que le permitió evitar la pena de muerte.

La Fiscalía consultó a Judy y Dennis Shepard con relación a qué pena solicitar para Aaron McKinney, ellos pidieron que no lo condenaran a muerte y le desearon una larga vida, como la que no tendría ya su hijo Matthew.

En efecto, ambos fueron condenados a dos cadenas perpetuas sin posibilidad de libertad condicional. Como resultado de todo lo narrado, nació la Fundación Matthew Shepard.

Entre los logros más llamativos de este activismo se encuentra la ley contra los crímenes de odio aprobada por el Congreso de Estados Unidos en el 2009, cuyo título es “Ley Matthew Shepard y James Bird de prevención de los crímenes de odio”, en memoria del joven de Wyoming y del afroamericano James Bird, asesinado por supremacistas blancos en Texas en 1998.

No es un secreto que la muerte de jóvenes afrodescendentes por parte de agentes policiales norteamericanos alcanza ya cifras pandémicas.

Conviene recordar que también se mata con palabras y ausencias, no es necesario ser lo mismo para aceptar las diferencias, pero sí hay que ser valientes para otorgar el respeto que merecen todos los habitantes de este planeta.

El autor es abogado.