Por: Jacques Sagot 30 abril

“¡Canta, alma mía, canta, para que no te mueras!” –exclama Unamuno–. Su clamor viene desde el epicentro del ser, y lo comprendo desde la raíz de mi propia alma cantora.

Lo he dicho anteriormente, y seguiré diciéndolo: yo hago música y literatura porque en ello me va la vida. Es un imperativo vital. Un estigma. Una desesperada manera de comprarme mi próxima bocanada de oxígeno.

El artista que no crea porque en ello le vaya –literalmente– la vida, es un impostor, un farsante, un mercachifle o un mero aficionado con veleidades de excelsitud. El arte es una estrategia de supervivencia. El alma canta, en efecto, para no morirse. Toda forma de arte que no sea producto de este imperativo vital es espuria, prescindible, frívola, nociva: música, poesía, literatura, danza, plástica, cine degradados.

La bazofia de tal estofa no debería circular en el mundo: es, esencialmente, una aberración. Los libros o piezas de música escritos para hacer dinero según el criterio del “público meta” son mera prostitución. ¡Cuánto azote les faltó a los mercaderes del templo! ¡Cuán comedido fue Jesucristo en su ira! ¡Cada uno de ellos debería haber sido sometido a cuarenta latigazos menos uno!

Todo este pseudoarte que pasa hoy por entertainment (el divertissement de Pascal) y se vende a sí mismo como industria, debería ser arrojado en descomunales tanques de reciclaje: siquiera su materia prima podría ser reutilizada para fines prácticos más útiles, si no necesariamente más nobles.

El arte nos permite preñar a la muerte y alumbrar de ella. Hacerle el amor y convertir sus yermos páramos en surtidores de vida y belleza.

El autor es pianista y escritor.