Tsipras debe asegurar a Merkel que Grecia vivirá con sus propios medios para empezar de nuevo

 12 julio, 2015

NUEVA YORK – Las crisis de la deuda soberana, como la de Grecia, solo se pueden resolver mediante medidas audaces por parte del deudor y del acreedor. El deudor necesita un nuevo comienzo mediante una condonación de la deuda; el acreedor debe encontrar una forma de hacerlo sin recompensar el mal comportamiento.

Para que se logre un acuerdo, se deben atender las necesidades de las dos partes. Así, pues, unas reformas serias y un profundo alivio de la deuda deben ir a la par. Por esa razón, Grecia y Alemania, su mayor acreedor, necesitan un nuevo modus vivendi para reanudar las negociaciones.

Para empezar, el gobierno de Grecia debe ver con claridad la necesidad de reformas económicas urgentes. Su economía no solo se ha desplomado, sino que, además, está estructuralmente moribunda. Las raíces del problema de Grecia son más profundas que la austeridad de los últimos años.

En el 2013, por ejemplo, los inventores residentes en Alemania presentaron 917 nuevas solicitudes por cada millón de habitantes. En cambio los inventores residentes en Grecia presentaron tan solo 69 por cada millón.

Si Grecia quiere tener la prosperidad propia de una economía tecnológicamente avanzada del siglo XXI, tendrá que ganársela mediante la fabricación de nuevos productos innovadores que sean competitivos en los mercados mundiales, exactamente como lo hace Alemania. Hacerlo será un imperativo generacional.

Por su parte, Alemania debe reconocer la enormidad del desplome de Grecia. La economía griega se ha contraído en un 25 por ciento, aproximadamente, desde el 2009; el desempleo representa el 27 por ciento y el desempleo juvenil casi el 50 por ciento.

Cuando Alemania afrontó condiciones comparables a comienzos del decenio de 1930, sus acreedores se encogieron de hombros y la inestabilidad resultante permitió el ascenso de Adolf Hitler. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, se redujo drásticamente la deuda de Alemania, lo que permitió la reconstrucción. En vista de esa experiencia, debería entender la importancia de recortar la deuda de un país cuando su carga resulta insostenible.

La necesidad de ofrecer un nuevo comienzo a un país es económica y moral, con lo que a muchos banqueros les resulta difícil entenderla, pues su gremio no conoce la moralidad, solo el resultado. También los políticos suelen tener calibradas sus brújulas para la búsqueda incansable de votos. La búsqueda de soluciones eficaces y morales requiere una verdadera capacidad para gobernar, cosa que ha sido escasísima durante la crisis del euro.

Ahora, el primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, y la canciller de Alemania, Angela Merkel, tienen la oportunidad de estar a la altura de las circunstancias como estadistas europeos.

Desde la elección de Tsipras en el pasado mes de enero, los funcionarios alemanes apenas han podido contener su furia al ver que un advenedizo gobierno de izquierda de un país diminuto y en quiebra se atrevía a desafiar a una de las grandes economías del mundo. El ministro de Hacienda, Wolfgang Schäuble, por ejemplo, ha provocado repetidas veces a Grecia para que abandonara la zona del euro.

La reacción de Tsipras ante estas provocaciones ha sido clara y coherente: Grecia debe permanecer en la zona del euro y, para ello, necesita un nuevo comienzo financiero. El 5 de julio, el pueblo griego respaldó a su joven y carismático dirigente con un decisivo voto negativo a las exigencias no razonables de los acreedores de su país. Su decisión será reconocida algún día como una victoria para Europa sobre quienes preferían descuartizar la zona del euro antes que brindar a Grecia una oportunidad para comenzar de nuevo dentro de ella.

En la probable reunión entre Tsipras y Merkel de esta semana en Bruselas, lo que está en juego no puede ser mayor. Los costos económicos del callejón sin salida han sido catastróficos para Grecia y plantean una grave amenaza a Europa. La ruptura de las negociaciones de la semana pasada generó un pánico bancario y dejó paralizada la economía de Grecia y sus bancos al borde de la insolvencia. Para reanimar los bancos, hay que salvarlos en cuestión de pocos días.

Si Tsipras y Merkel se reúnen como políticos, los resultados serán catastróficos. Los bancos de Grecia acabarán quebrando, con lo que los costos de salvar a Grecia y la zona del euro resultarán prohibitivamente elevados. Sin embargo, si los dirigentes se reúnen como estadistas, salvarán a Grecia, la zona del euro y el tambaleante espíritu europeo. Con la promesa de un profundo alivio de la deuda de Grecia y una aproximación entre Grecia y Alemania, se recuperará la confianza económica. Los depósitos volverán a afluir a los bancos griegos. La economía volverá a la vida.

Tsipras debe asegurar a Merkel que Grecia vivirá con sus propios medios y no como una tutelada crónica de Europa.

Para garantizar ese resultado, el relieve de la deuda y las reformas rigurosas se deben aplicar a lo largo del tiempo, conforme a un programa acordado, en el que cada una de las partes cumpla sus compromisos, siempre y cuando la otra lo haga también. Por fortuna, Grecia es un país de talentos excepcionales, capaz de crear nuevos sectores competitivos desde cero, si se le da la oportunidad.

Ahora Merkel debe adoptar una actitud opuesta a la que su ministro de Hacienda ha adoptado hasta la fecha. Schäuble es sin lugar a dudas una de las figuras políticas imponentes de Europa, pero su estrategia para salvar la zona del euro empujando a Grecia para que salga de ella ha sido desacertada. Ahora Merkel debe intervenir para salvar a Grecia como parte de la zona del euro, lo que significa aligerar la carga de la deuda del país. No hacerlo en esta fase crearía una división irreparable entre los ricos y los pobres y los poderosos y los débiles de Europa.

Algunos –en particular, los siempre cínicos banqueros– sostienen que es demasiado tarde para que Europa se salve. No es así. En Europa, muchos dirigente y ciudadanos influyentes siguen considerando necesario limitar el mercado con consideraciones morales, como, por ejemplo, la necesidad de aliviar el sufrimiento económico. Se trata de un activo inestimable. Hace posible que Merkel ofrezca a Grecia un nuevo comienzo, porque es lo correcto y porque concuerda con la propia experiencia e historia de Alemania.

La idea de un planteamiento ético de la crisis griega debe parecer absurda a los lectores de la prensa financiera y muchos políticos la considerarán indudablemente ingenua. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos europeos pueden hacerla suya como una solución sensata.

Europa se alzó de los escombros de la Segunda Guerra Mundial gracias a la visión de los estadistas; ahora se ha visto al borde del desplome por las vanidades, la corrupción y el cinismo cotidianos de los banqueros y los políticos. Ya es hora de que vuelva el arte de gobernar: por el bien de las generaciones actuales y futuras de Europa y del mundo.

Jeffrey D. Sachs es profesor de Desarrollo sostenible y de Política y Gestión de la salud y director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia. También es asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio. © Project Syndicate 1995–2015