7 septiembre, 2014

NUEVA YORK – Los dirigentes empresariales suelen decir que el ensanchamiento de la brecha educativa (esto es, la creciente diferencia entre lo que los jóvenes aprenden y las habilidades que demanda el mercado laboral) es un importante factor del alto desempleo y el lento crecimiento de muchos países. Por su parte, los gobernantes parecen convencidos de que el mejor modo de cerrar la brecha es aumentar la cantidad de estudiantes de las llamadas “disciplinas básicas”: ciencia, tecnología, ingeniería y matemática. ¿Será verdad?

La respuesta corta es “no”. De hecho, los dos argumentos principales a favor de la idea de que el mal desempeño económico es atribuible a deficiencias educativas son poco sólidos, en el mejor de los casos.

El primer argumento dice que las empresas no invierten en equipos más avanzados porque faltan trabajadores suficientemente capacitados para emplearlos. Pero no es así como funciona el desarrollo económico. Normalmente, las empresas comienzan a invertir, y los trabajadores, alentados por la posibilidad de mejores salarios, adquieren las habilidades necesarias sufragándolo de su propio bolsillo, o las empresas dan a sus empleados actuales y futuros la capacitación necesaria.

El segundo argumento dice que a Estados Unidos y otros países avanzados se les hace cada vez más difícil igualar las ventajas que los países en desarrollo obtuvieron de sus fuertes inversiones en mejoras de equipamiento, educación superior especializada y capacitación laboral. Pero esto también se contradice con la dinámica tradicional del comercio internacional, donde el éxito de un país no significa el fracaso de otro.

Claro que en teoría, si varios países coincidieran en reorientar a un mismo tiempo sus sistemas de educación secundaria y superior hacia las ciencias básicas (obteniendo al hacerlo grandes aumentos de productividad), podría ocurrir que otros países que no hagan el mismo esfuerzo pierdan competitividad. Pero esta hipótesis es sumamente improbable, al menos en un futuro previsible.

De hecho, la proliferación de universidades altamente especializadas en Europa no sirvió para reforzar el crecimiento económico y el empleo. Y en la Unión Soviética y China comunista, la conversión de universidades generalistas en institutos especializados de ciencia y tecnología no impidió el desastre económico. (Ahora, las principales universidades chinas ofrecen programas de dos años, similares a los de las “universidades de artes liberales” estadounidenses).

Pero el argumento a favor de la educación en ciencias básicas tiene un defecto más fundamental: considerar a las economías como ecuaciones. Según esto, la creación de empleo radica en encasillar a las personas en oportunidades identificables, y el crecimiento económico radica en aumentar el stock de capital físico o humano y explotar los avances científicos. Esto es una visión estrecha de las economías modernas y una propuesta deprimente para el futuro.

Para poner los cimientos de un futuro basado en ideas e inventos, las empresas y los Gobiernos deben analizar cómo surgieron nuevos productos y métodos en algunas de las economías más innovadoras de la historia: el Reino Unido y Estados Unidos (tan pronto como en 1820) y Alemania y Francia (más tarde en el siglo XIX). En estas economías, las innovaciones no se basaron en el avance científico global, sino en el dinamismo de la población (su deseo, capacidad y libertad de crear) y en la voluntad de permitir al sector financiero alejarla de los emprendimientos menos prometedores.

El hecho de que las ideas innovadoras surgieran, en gran medida, del dinamismo de la gente desmiente la idea de que todas las economías necesitan hacer grandes inversiones en educación en ciencias básicas. Si bien habrá algunas a las que les resultará provechoso, la mayoría de los países avanzados ya tienen suficiente capacidad en esos campos para aplicar las tecnologías extranjeras y diseñar las propias.

En cambio, lo que las economías necesitan es un impulso al dinamismo. El problema es que las economías históricamente más innovadoras perdieron mucho del dinamismo que tenían (aunque siguen adelantadas en redes sociales y algunos sectores de alta tecnología), y otras (como España y Holanda) nunca fueron particularmente dinámicas. Entretanto, las economías emergentes que supuestamente están cerrando la brecha (especialmente China) todavía no alcanzan los niveles de innovación necesarios para compensar los rendimientos decrecientes de la transferencia tecnológica.

En otras palabras, hoy a las economías les falta espíritu de innovación. Los mercados de trabajo no solo necesitan gente con más experiencia técnica, pues también necesitan, cada vez más, gente con habilidades personales como la imaginación, la creatividad para desarrollar soluciones novedosas a desafíos complejos y la capacidad de adaptarse a circunstancias cambiantes y a nuevas restricciones.

Eso necesitan de la educación los jóvenes. En concreto, los estudiantes necesitan experimentar (y aprender a valorar) los valores de la modernidad asociados con el individualismo, que surgieron a finales del Renacimiento y extendieron su influencia hasta la primera parte del siglo XX. Así como estos valores impulsaron el dinamismo en el pasado, pueden revitalizar las economías actuales.

Un primer paso que hay que dar es recuperar el lugar de las humanidades en la educación secundaria superior y universitaria. La exposición a la literatura, la filosofía y la historia será para los jóvenes una inspiración que los motive a buscar una vida plena y hacer contribuciones creativas e innovadoras a la sociedad. De hecho, el estudio del “canon” tiene el poder de dar a los jóvenes algo más que una serie de habilidades estrechas, ya que moldeará sus ideas, ambiciones y capacidades en formas nuevas y estimulantes. En mi libro Mass Flourishing menciono algunas figuras claves que articulan e inspiran los valores de la modernidad.

Las humanidades describen el ascenso del mundo moderno. Los países de todo el mundo pueden usarlas para desarrollar o revivir las economías que impulsaron ese ascenso y, al mismo tiempo, ayudar a las personas a tener vidas más productivas y satisfactorias.

Edmund S. Phelps, premio nobel de economía, es el director del Centro de Capitalismo y Sociedad, de la Universidad de Columbia, y decano de la Escuela de Negocios Newhuadu. © Project Syndicate.

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