1 julio, 2014

El miércoles 4 de junio, el editorial de La Nación tiene el título: “Nueva arremetida contra la CIDH”. Ese día recién se inauguraría la reunión de la OEA, pero ya el editorial que debió ser escrito el martes anticipa: “Luego de varios fracasos, el Gobierno del Ecuador y sus aliados de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA) ‘volverán’ a arremeter contra la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y su Relatoría para la Libertad de Expresión. La diplomacia quiteña ‘aprovechará’ la Asamblea General de la OEA, a celebrarse hoy y mañana en Asunción, Paraguay, para reiterar su plan de reformas encaminadas a restar eficacia a esos importantes organismos del Sistema Interamericano”.

El editorialista destaca en negrita “Luego de varios fracasos…”, y, desde luego, esa es su libertad de opinión que no la comparto. Si una persona –un pueblo, un líder– no está dispuesta a luchar por un ideal, por algo que se cree justo, por algo que significa un cambio importante, y, después de la primera vez en que no se le dieron las cosas, renuncia, puede ser o porque no estaba convencida de su ideal, o porque no tuvo la valentía para seguir adelante a pesar de las dificultades. Un ejemplo simple. ¿Cuántas veces la mayoría de los países que forman la ONU han pedido que se condene a los Estados Unidos por su absurdo bloqueo de 50 años a Cuba? Y, a pesar de la justicia de la solicitud, esta no ha prosperado. Ya sabemos por qué. ¿Será acaso esto motivo para que en una próxima enésima oportunidad no volvamos a solicitar la condenatoria a los Estados Unidos por persistir en su posición? Yo no califico el bloqueo con los adjetivos que suelen usarse para esta circunstancia.

Considero que no es atinado el editorial, al asumir la tesis de que el ALBA (¿Ecuador?), ante la situación de haberse iniciado recientemente algunos Gobiernos, “decidió explorar la posibilidad de una reconsideración del tema entre los nuevos gobernantes”. Entre estos, supongo, se incluye el nuevo Gobierno de Costa Rica instalado hace un mes. Me parece que es anticipar que “un golpe de sorpresa” podría cambiar los valores y convicciones de personajes de la diplomacia americana y, en especial, costarricense, como el canciller Manuel González y el embajador Edgar Ugalde, justamente destacados por sus valores, profesionalismo y conocimiento de estos temas en una reciente columna de don Armando González, intitulada “Costa Rica brilla”, y a quienes conocemos y mucho respetamos.

No es un secreto –y, por lo tanto, no podría ser objeto de sorpresa para los cancilleres que asistieron a la Asamblea de la OEA en Asunción– que la Cancillería ecuatoriana, con razones que consideramos correctas y se han expuesto en varios foros, propone mudar la sede de la CIDH y las relatorías, actualmente en Washington, a países como Costa Rica, Guatemala o Haití. Hay varias naciones que consideran válidos los argumentos de nuestro país, entre estos el hecho de que los Estados Unidos no ha ratificado la Convención Americana de los Derechos Humanos.

Hay cancillerías que no están de acuerdo con la propuesta ecuatoriana, como la costarricense. Nuestro respeto a dicha posición. No tenemos posiciones irreconciliables ni hacemos de la intolerancia una virtud.

Como bien lo señala un párrafo de la información “OEA aboga por inclusión social y la tolerancia”, que publica La Nación el viernes 6 de junio, al término de la Asamblea: “El proyecto de resolución para reformar la CIDH que trajo Ecuador el martes, y que generó polémica en los pasillos, aparecía ayer en términos muy matizados y se retiró su propuesta más controvertida: considerar la mudanza de la sede la CIDH en Washington, como rezaba la versión original”.

Considero necesario referirme a un párrafo del editorial en referencia que dice: “Con lenguaje orwelliano (la letra cursiva es mía), Ecuador plantea su propuesta como necesaria para el ‘fortalecimiento’ del Sistema. Las estipulaciones orientadas a debilitarlo las disfraza con aspavientos de ‘americanismo’ y autonomía”.

No dudo de la gran cultura del editorialista, por lo cual asumo que conoce las novelas de George Orwell, entre estas las dos principales Rebelión en la granja y 1984 . Supongo, entonces, que, dentro del contexto del editorial, “lenguaje orwelliano” tiene relación con la novela 1984 , que los críticos literarios la ubican dentro de la trilogía de ciencia ficción, con Un mundo feliz , de Aldous Huxley, y Farenheit 451 , de Ray Bradbury.

Y por ese motivo creo que debe conocer que el término orwelliano “se ha convertido en sinónimo de las sociedades u organizaciones que reproducen actitudes totalitarias y represoras”, como las presentadas en la novela ( 1984 )”.

No creo que, en Ecuador, el Gobierno del presidente Rafael Correa, que se ha mantenido con más de un 65% de aceptación de los ciudadanos, responda a esa imagen, que ciertamente editoriales como el de La Nación pueden contribuir a crear.

Por otro lado, dicha novela introduce los conceptos de “omnipresente y vigilante, el Gran Hermano”. ¿Cree el editorialista que nuestro Gobierno tiene algo que ver con dicha sugerencia? ¿Acaso Edward Snowden menciona al Ecuador como país que investiga a los Gobiernos amigos y a sus ciudadanos?

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