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La economía en Chile

Actualizado el 09 de abril de 2014 a las 12:00 am

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SANTIAGO– En Chile, un multimillonario con estudios en Harvard llega a la presidencia prometiendo reformas que aumentarían la productividad y la competencia. Luego de que asume el mando en el 2010, la economía se recupera rápidamente de la crisis mundial, se crean empleos y la expansión económica continúa hasta hace poco tiempo. El multimillonario, que nunca le ha quitado el cuerpo a la publicidad, se atribuye el éxito.

Según Sebastián Piñera, quien dejó la presidencia el 11 de marzo de este año, Chile es un ejemplo de reformas pro mercado. Pero está equivocado. La economía chilena efectivamente ha crecido, y nadie que tenga el corazón bien puesto puede dejar de alegrarse por ello, pero este crecimiento poco tiene que ver con las políticas del exmandatario. Aún más: la expansión económica está resultando ser insostenible, y, dentro de poco, los chilenos comenzarán a sentir las consecuencias del hecho de que Piñera no haya puesto en práctica las reformas que una vez prometió.

Chile fue golpeado duramente por la crisis financiera mundial del 2008-2009. Los préstamos extranjeros se desvanecieron y el precio del cobre, la principal exportación del país. Pero, en ese momento, Chile se encontraba preparado para hacer frente a fuertes golpes externos: los superávits fiscales se acumulaban por ya varios años, la deuda pública era prácticamente inexistente y los bancos estaban bien regulados. En consecuencia, Michelle Bachelet (quien gobernó del 2006 al 2010 y acaba de reasumir la presidencia) pudo implementar un vigoroso estímulo fiscal para combatir la crisis, financiado con los recursos ahorrados durante el previo auge del cobre. El Banco Central, organismo autónomo libre de presiones políticas y administrado por profesionales altamente respetados, hizo lo suyo recortando drásticamente las tasas de interés.

En Europa, la recesión lleva seis años y recién amaina; en Chile, en cambio, duró apenas diez meses. Las estrictas regulaciones aplicadas antes de la crisis, sumadas a tasas de interés que batieron récords por lo bajas, dejaron a empresas y hogares sin exceso de deuda y escasa necesidad de desapalancarse.

Para finales del 2009, la economía chilena había empezado a crecer otra vez, y desde entonces el crecimiento ha sido impulsado por condiciones externas extremadamente propicias. Recursos naturales a precios muy elevados, tasas de interés en dólares reducidas a un nivel mínimo y amplia liquidez internacional es lo que Chile espera para el resto del mundo; y es precisamente lo que vivió desde el 2010. No es de sorprender, entonces, que la recuperación haya sido sostenida hasta finales del año pasado, cuando la actividad económica comenzó a sufrir una brusca desaceleración, debido tanto a la baja en los precios de los recursos naturales como al abandono gradual del relajamiento cuantitativo por parte de la Reserva Federal de Estados Unidos.

Luego de que, en los últimos cuatro años, el crecimiento promedio anual del PIB fuera más del 5%, para el 2014 se prevé que la economía chilena crezca un 3,7% o menos. Piñera culpó al entrante gobierno de Bachelet y a sus planes de llevar a cabo una reforma tributaria por la baja en la tasa de crecimiento. De ser así, los economistas de Bachelet resultarían ser en extremo influyentes, puesto que la misma baja está ocurriendo no solo en casi toda América Latina, sino también en muchos otros países emergentes.

La causa inmediata de la desaceleración en Chile reside en el declive de la inversión, especialmente en el sector minero. Pero el problema subyacente es que, como la economía no ha experimentado mayor diversificación, no queda claro qué tipos de nuevas inversiones ni qué tipos de nuevos productos de exportación podrían revertir la desaceleración.

La canasta de exportaciones de países con economías diversificadas, como Tailandia, Malasia, México e Irlanda, es hoy día completamente diferente de lo que era en la generación pasada. Por el contrario, en Chile, la canasta de exportaciones permanece igual. En 1984, exportaba cobre y otros minerales, papel y celulosa, fruta y vino, harina de pescado y una pequeña cantidad de productos manufacturados livianos. Y, 30 años después, Chile exporta exactamente lo mismo.

La inversión en energía podría despegar, pero, para que así fuera, Chile debería modernizar sus instituciones. Este es otro ámbito en que el legado de Piñera deja que desear. Chile difiere mucho de sus vecinos en cuanto a que carece de gas y de petróleo. Hoy día, los precios que los chilenos pagan por la electricidad son los más altos de la región, debido a que la capacidad de generación no ha aumentado al mismo ritmo que la demanda. Si Chile enfrenta un largo período de sequía, las luces podrían apagarse dentro de pocos años.

Disponer de un medioambiente limpio y de energía a precios más reducidos es un gran desafío. Los expertos concuerdan en que, para enfrentarlo, Chile debe desarrollar un plan nacional para ubicar las plantas generadoras a lo largo de su territorio, así como un sistema reformado para la transmisión de la energía, un uso más intensivo de gas natural y un esfuerzo concertado para promover fuentes de energía renovable, especialmente la solar y la eólica. Desgraciadamente, Piñera hizo poco, o nada, en todas estas áreas.

Otra deficiencia de su gobierno fue la política de empleo. Junto con la recuperación después del 2009, bajó la medición convencional del desempleo, lo cual permitió que el Gobierno prestara escasa atención a un mercado de trabajo que deja fuera a un número demasiado alto de mujeres y de chilenos jóvenes.

Existe amplio consenso en que Chile debe cambiar las reglas de contratación y despido, permitir que los sindicatos negocien turnos y horas de trabajo, además de mejorar la capacitación para los empleados y los desempleados, y proporcionar mayor información a quienes buscan trabajo. Pero todos estos son aspectos políticamente muy delicados, entre los cuales hasta el más pequeño cambio jurídico puede suscitar oleadas de oposición. Piñera optó por la segura vía de no intentar ningún cambio al respecto.

Es evidente que los chilenos jóvenes sin trabajo tendrían mejores perspectivas de obtener empleo, si contaran con una educación de primera clase. Chile ha logrado aumentar la asistencia a la escuela, y hoy su nivel de matrícula es comparable al de países desarrollados. Sin embargo, no ha logrado el mismo éxito en cuanto a asegurar una educación de calidad para todos, especialmente para quienes provienen de familias de bajos recursos.

El gobierno de Piñera se enfrascó en una lucha con los dirigentes estudiantiles acerca de quién debería ser el responsable de financiar los estudios universitarios. Esta situación paralizó gran parte de los otros cambios relativos a la educación. Bachelet ha prometido poner fin a esta parálisis y transformar la reforma educacional en la primera prioridad de su gobierno. La meta es digna de elogio, pero cumplirla no será fácil.

Todos los años, el Ministerio de Hacienda de Chile consulta a un grupo de expertos independientes sobre el ritmo al que el país puede crecer sin que se produzcan inflación ni otros desequilibrios. En el 2008, antes de que la crisis financiera mundial repercutiera en Chile, la respuesta promedio entregada por dichos expertos fue el 4,83%. En el 2013, luego de tres años del Gobierno de centro derecha, la respuesta correspondiente fue el 4,85%. El mandato de Piñera produjo mucha retórica pro crecimiento, pero las meras palabras son insuficientes para impulsar de modo sostenido el progreso económico de un país.

AndrésVelasco, exministro de Hacienda de Chile,esprofessor of professional practice in International Development, en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Columbia, Estados Unidos. © Project Syndicate.

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