Opinión

El drama de los niños migrantes

Actualizado el 30 de julio de 2014 a las 12:00 am

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El drama de los niños migrantes

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Un total de 52.000 niños y niñas. Sí, lo captó bien: 52.000 menores de edad llegaron hasta territorio de los Estados Unidos huyendo de la violencia, la pobreza y la inequidad de tres naciones hermanas: Guatemala, Honduras y El Salvador. Cuántos habrán quedado en el camino es una cifra que nunca se sabrá; así de descomunal es el drama humano de estos pequeños vecinos, ahora aparentemente sin ley y sin patria.

En el grupo hay niñas madres, pequeños ultrajados, una legión de analfabetos y marginados quienes ilusoriamente, con el hambre pegada al espinazo, huyeron hacia el sueño americano, para ellos convertido en pesadilla, y vergüenza de gobernantes, algunos de los cuales son prófugos de la justicia a consecuencia de la diplomacia del dólar de algunas naciones asiáticas o del lavado de dinero, al convertir sus mandatos en enormes lavanderías de dinero sucio.

Esta noticia, que sucede al norte del continente, por ningún motivo puede ser ajena a los costarricenses; primero, por una cuestión de humanidad, pero además por pragmatismo político, porque, si esto sucede a pocos kilómetros de nuestro territorio, algo se debe de estar incubando en naciones más cercanas y en las propias entrañas de la patria.

Estar alertas. Es tiempo de aguzar todos los sentidos, de repasar qué sucede en cada uno de nuestros pueblos, de poner en estado de alerta toda la institucionalidad que hemos creado, de la que algunos reniegan, pero que ha servido para contener la diáspora de la miseria que campea por tierras centroamericanas.

La frontera de la potencia americana está desbordada por los 52.000 niños migrantes. Ellos tienen el poder de las armas y los instrumentos tecnológicos para tratar de detener la desbandada.

No nos extrañemos si, en la enorme resaca de este drama humano, las aguas retornan al sur y entonces sí estaremos en verdaderos aprietos.

Lo que viven estas decenas de miles de pequeños centroamericanos por ningún motivo puede sernos ajeno, máxime con los coladeros fronterizos, que cualquier día colocan en el patio de nuestra casa a gentes de las más diversas latitudes. Ojalá que la patria aún no se encuentre dolorosamente embarazada.

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