Los diccionarios de Voltaire y de Trueba descansan en ciertas y reservadas bibliotecas

 29 marzo

Diccionarios hay de lo que usted guste y apenas imagina: no solo se refieren a una lengua determinada y a sus varios accidentes (dudas, sinónimos, conjugación…) o materias específicas –agricultura, medicina, ciencias ocultas, paleografía– sino a todo tipo de curiosidades que los expertos no han clasificado todavía… pero que ya vienen.

Hay dos que destacan por el magnetismo de sus convicciones, basadas en la experiencia y el tono provocativo, algo mordaz a ratos: el Diccionario Filosófico Portátil, de Voltaire –París, mediados del siglo XVIII– y el Diccionario de Cine (1997) de Fernando Trueba, madrileño y cineasta en activo. Ambos respetan el orden alfabético de la A a la Z, aunque salteando vocablos, apoyados en una erudición inédita que reta las creencias e ideas bulliciosas que son el promedio.

Por ejemplo, así arranca la entrada “Verdad” del Portátil con una imagen: “Pilatos dijo entonces: –Luego sois rey. Jesús respondió: –Como vos decís; y por eso nací y vine al mundo, para dar este testimonio de verdad, y todos los hombres que aman la verdad oyen mi voz. Pilatos le replicó: ¿Qué es la verdad? y, después de decir esto, salió” (San Juan, capítulo 18).

El autor nos comenta: “Es una lástima para el género humano que Pilatos se fuera sin esperar la contestación de Jesús porque, si hubiera tenido paciencia, sabríamos lo que es la verdad”.

Sigo. En cierto caso alguien, bastante astuto supongo, ideó una leyenda para explicar la profecía de Juan Evangelista, “los fieles vivirán mil años en Jerusalén”, y miren lo que pasó. Cada tribu acomodó el dicho a su interés y poco a poco reducimos la frase a una expresión, Apocalipsis, convertida hoy en suma de todas las tormentas perfectas que acabarán con la humanidad. Una catástrofe, amigo, de grandes efectos especiales.

Lo mismo ocurre con el “éxito” del término Babel, presunta ciudad de la supuesta confusión de las diferentes lenguas, hecho del cual no hay vestigios ni ruinas ni pruebas. ¿Solo vanidad de vanidades?

Pues hay cosas que se quedan pegadas y no se borran ni con piedra esmeril; y Voltaire pregunta acerca de su pregunta, incluye datos, descarta, asimila y contempla, no sin expectativa, a su lector futuro que por ahí andará. El dichoso Portátil aún aguijonea las nieblas de los profundos o frívolos receptores.

Las palabras. El libro de Trueba, por su parte, recuerda el adagio chino “una imagen vale más que mil palabras”, que permea cada cinta que se haya filmado; y él retruca: “El pecado del cine actual es creer que el cine es imagen y solo eso”; y acude a una película todavía flagrante en su memoria ( Una historia sucia, de Jean Eustache, 1977), la cual contiene un segmento de 20 minutos en plano medio monopolizados por el relato de un personaje, sin la menor ilustración visual, la voz únicamente: “Es la película que más imágenes ha formado en mi cerebro”, nos confiesa.

En la página 115, Trueba formula el secreto simple y extraordinario de cualquier narración del sétimo arte: la elipsis.

“No suministrar un fragmento del relato al espectador, para que este lo elabore, no dejar ver todo” es la clave; y a propósito repite la fórmula del director alemán Ernst Lubitchs (1892-1947): “En lugar de decir al espectador que dos y dos son cuatro, hay que limitarse a decir dos y dos y dejar el resultado a los presentes”.

Este es un momento alto del diccionario. Trueba rinde aquí su homenaje a la obra de un maestro que debido a disrupciones de la época (la Segunda Guerra con su pre y su pos) unos pocos disfrutaron: Ninotchka, El bazar de las sorpresas, La viuda alegre, Ser o no ser, filmes de un verdadero chef del cine: “Adoraba cocinar películas y servírnoslas, de impecable esmoquin, en bandeja de plata, junto al mejor de los vinos de su bodega infinita. Nadie ha amado a su público más que Lubitchs. Ni antes ni después”.

Una simple observación nos conduce más adelante al sentido mismo del arte de Lumiere: “Uno puede interrumpir la lectura de un libro y continuarlo al día siguiente, sin que la esencia de este sea modificada; sin embargo, la visión de la película no puede detenerse sin destruir la magia temporal. Aunque la literatura juega también con el tiempo, no está hecha de él, no es su materia. Sí la del cine”.

Atención, los diccionarios de Voltaire y de Trueba ahora descansan en ciertas y reservadas bibliotecas. Pero si se le ocurre, audaz lector, despiértelos. Sentirá, no cabe duda, el temblor de lejanas y próximas certezas.

El autor es escritor.