18 enero, 2015

¡Qué preocupación y qué mal pensamiento! Demasiados días desde el sísmico anuncio en Washington y La Habana del restablecimiento de lazos, ¡y Fidel sin aparecer! ¡Con tantísimas cosas que podría estar diciendo, innumerables perspectivas profundas, inéditas, sobre un acontecimiento que, sin duda, cambiará el destino continental y, posiblemente, de la humanidad! Imaginen a Fidel deleitándonos con el tema, no con una reflexión periodística, que por su propia naturaleza y lo exiguo del espacio no tendría la enjundia de uno de aquellos discursos suyos de cinco, seis, siete horas, estremecedores y medulares. ¿Dónde estás ahora, Fidel? ¡Tu pueblo te reclama! De todo ha tenido que encargarse el pobre Raúl, a quien Fidel habrá preparado bien y aleccionado todo lo posible, pero no es igual, no es ni la chancleta. Con esa voz impostada, solo consigue risas, ¡cuando en estos días su auditorio es el mundo entero!

Ubre Blanca. Las noticias que se han filtrado no alientan. Fidel no puede aparecer en público bajo ninguna circunstancia: carraspea, yergue el índice, se le cae la cabeza, babea, ronca, pee; después, respinga y regaña a Ubre Blanca porque en el primer ordeño no llegó a 30 litros. Se vuelve a quedar dormido y, tras un gruñido, pasa a discutir con el Che los pormenores de la campaña congoleña. ¡Así no se puede! Pero Fidel –es decir, Raúl– bien podría apelar al recurso del Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar: Cid para los muslimes; Campeador para los cristianos. Era tan bravo, que hasta después de muerto ganaba batallas. Sitiado en Valencia, lo alcanzó una flecha enemiga y, sabiendo que moriría, pidió ser embalsamado y amarrado a Babieca, su corcel igual de famoso y temido. Los moros del asedio, seguros de triunfar una vez muerto el Cid, no entendieron que se abrieran las puertas de la ciudad y salieran en plan de guerra aquellos caballeros con el Cid sobre Babieca al frente. Y ganó así su última batalla a los musulmanes.

A la rusa. Pues lo que tiene que hacer Raúl es embalsamar a Fidel y plantarlo en la plaza antiimperialista frente a la embajada yanqui, por tantos años una guarida de víboras. Rodrigo Díaz de Vivar podrá ser el Cid Campeador español, pero el Cid Campeador cubano se llama Fidel.Existe un antecedente: a Leonid Brézhnev, ya tan momia como Lenin, lo sacaban a la terraza del Kremlin, con un frío que pelaba, a presidir los desfiles conmemorativos de la Revolución de Octubre. Había un bolo que, desde atrás, le levantaba el brazo para saludar a las valientes tropas, aunque era un brazo de utilería, porque el verdadero estaba igual de tieso que el resto del cuerpo.

Lo mismo puede hacer Raúl con Fidel, dado que, hasta ahora, todo el mérito de la distensión le pertenece a Barack Obama, blandito que apacigua a cuanto enemigo se le pone delante.

Raúl, que es otra plasta, debería darle este gusto a Fidel, aunque sea póstumo: colocarlo en la tribuna antiimperialista y que un “sacaúñas” del G-2, con varillas como las de los titiriteros, le pare los brazos y le levante los índices, mientras truena por los altavoces un disco del compañero charlatán en jefe proclamando el triunfo en playa Girón, primera derrota del imperialismo en América y también el último y definitivo revés de los yanquis, al tener que morder el cordobán, cual es levantar –al menos intentar levantar– el brutal bloqueo.

Para que el planeta entienda que esta batalla la ganó un fulano que, si no está muerto ya, ni se entera.

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