25 septiembre, 2014

“Yo nací el 25 de setiembre de 1906, en San Ramón de Alajuela, Costa Rica, un lugar que tenía más de aldea que de ciudad”. Él mismo lo confirma en estas primeras líneas de su libro El espíritu del 48 . Así surgía una vida pujante, de la semilla que aportaron sus padres catalanes. José Figueres Ferrer nunca olvidó sus raíces de hijo de emigrantes. Pero amó a Costa Rica con el mayor de los amores, preocupado siempre por el mejor destino de su magna parens , dejando con su talento y su acción un legado de desarrollo económico y justicia social que, recogiendo veneros de su entorno, canalizó en caudales de progreso patrio.

Hay hombres y mujeres que con sus acciones marcan hitos significativos en la sociedad en donde vivieron. Don Pepe fue uno de ellos, y para Costa Rica piedra sillar en la construcción de un país ornado con los más nobles blasones: democracia, justicia, lucha por el bien común y guerra contra la pobreza. Esta, la lucha contra la pobreza, fue el constante leitmotiv durante el recorrido vital de don Pepe. Él puso de moda la preocupación por los desposeídos y buscó a brazo partido los instrumentos que a ellos les garantizara la igualdad de oportunidades.

Quienes fuimos testigos de su ardua guerra contra la pobreza no podemos olvidar sus encuestas personales, en cada hogar de gente humilde, preguntando a la abuela, a la madre, al niño descalzo, sobre sus necesidades y anhelos y la cruda realidad del exiguo presupuesto familiar. Ni sus largas horas quitadas al descanso, ideando estrategias, comparando datos, buscando sustento para los posibles programas de ayuda.

Nos decía: “Es la madre en el hogar la que sabe de las perentorias necesidades y a ella debe de llegar la ayuda, mientras encuentran alternativas para que la familia salga de la pobreza, vía la educación y el trabajo”.

Se desvelaba ideando planes de nutrición para los niños de esos hogares pobres, “para que no vayan a la escuela con el estómago vacío y sufran las consecuencias de la desnutrición”. Y tantos sueños más. Aparte de aquellos que se cumplieron, sueños todos de grandeza para la Patria y del adecuado uso de sus riquezas.

Le recordamos hoy, como todos los días, y le rendimos el homenaje de nuestras humildes palabras, aunque esta evocación no abarque la grandeza de sus obras, que nadie podrá negar ni borrar del sabio libro de la Historia.