Opinión

Un divorcio en el Vaticano

Actualizado el 24 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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Un divorcio en el Vaticano

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Si los muertos se revolvieran, seguramente mi abuela paterna lo estaría haciendo ahora en su tumba. Me explico: el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Gerhard Ludwig Müller, acaba de contradecir nada menos que al Papa, al afirmar, de manera tajante, que los católicos casados en segundas nupcias no pueden, tal como lo dicta el dogma de la Iglesia católica, tomar la eucaristía.

Resulta ser que en el mes de julio, cuando el papa Francisco regresaba a la Santa Sede procedente de Brasil en un avión acompañado de periodistas, declaró que una Iglesia misericordiosa podía aceptar que los fieles divorciados y reincidentes en la institución del matrimonio –la segunda vez, por la vía civil– tomaran la comunión. Pero más de uno se preguntará qué tiene que ver mi difunta abuela con esta discrepancia en el seno de la jerarquía eclesiástica. Pues mucho, porque hace años, tras pedirle el divorcio mi abuelo, hizo lo imposible para que el Vaticano le concediera una anulación eclesiástica que le habría permitido casarse de nuevo por la Iglesia y recibir los sacramentos que, para ella, una católica devota hasta el final de su vida, eran tan importantes.

Con gran pesar para mi abuela, no consiguió la anulación y debió conformarse con contraer matrimonio por lo civil con su segundo esposo, quien sí permaneció junto a ella en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza. Siguiendo los preceptos de la doctrina católica, solo la muerte los apartó. Mi abuela nunca comprendió (y me temo que tampoco lo perdonó) que en la Iglesia en la que tanto creía no hubiera cabida para que practicantes como ella vivieran en gracia a la hora de acudir a misa y recibir la eucaristía. Con tristeza, debió resignarse a quedarse en el banco en el momento de la repartición del pan consagrado, sin alcanzar a entender cómo ella, que se había casado la primera vez con la convicción de que solo Dios separa lo que el hombre une, debía vivir en pecado por una ruptura que había provocado mi abuelo.

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Como mi abuela, hoy en día hay muchos católicos que sufren por el dilema moral que para ellos supone verse apartados de un ritual trascendental. Sencillamente, la Iglesia no permite en su redil, como bien ha reiterado con severidad el representante de la Doctrina de la Fe, a los casados en segunda unión. Y es que no hay que olvidar que esta entidad es la heredera del Santo Oficio. O sea, la antigua Inquisición establecida en el Medievo para suprimir las herejías con castigos que incluían la pena de muerte y una variedad de torturas que han quedado documentadas en verdaderos museos del horror.

Es evidente que Bergoglio, hombre campechano, de verbo fácil y soltura bonaerense, en las antípodas del encorsetamiento de la curia romana, habló más con el corazón suspendido en las alturas (y cercano a Dios) que con la doctrina teológica en la mano. En cambio, el arzobispo Müller, cuya misión es la de salvaguardar la indisolubilidad del matrimonio, no admite revisionismos en este terreno porque el divorcio es una práctica “que no es coherente con la voluntad de Dios”. Cualquier otra interpretación, incluida la del Papa, es inadmisible.

Donde Francisco habla de la Iglesia como “madre” acogedora y generosa con todos los católicos, el prefecto alemán, que es discípulo de Ratzinger, señala los peligros de la “banalización” de Dios por medio de una “invocación objetivamente falsa de la misericordia divina”. Un manifiesto dirigido contra el espíritu aperturista y sorprendentemente espontáneo del Papa argentino.

Podría decirse que hay un divorcio entre la visión que Bergoglio tiene de la Iglesia y la que defienden los centinelas de la Doctrina de la Fe. Hace siglos, palabras al vuelo como las pronunciadas por este Papa rompedor habrían llevado a la hoguera a más de un creyente. Los tiempos han cambiado. Pero no lo suficiente para tantos católicos de buena fe como mi querida y añorada abuela.

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