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Los disparates de Chinaen Hong Kong

Actualizado el 26 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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Los disparates de Chinaen Hong Kong

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HONG KONG – Las masivas manifestaciones públicas organizadas por estudiantes y miembros jóvenes de la clase media que han sacudido a Hong Kong en las últimas semanas son, ostensiblemente, reclamos de democracia. Pero, en realidad, reflejan la frustración de una población que ha sido gobernada de manera ineficiente por una sucesión de líderes escogidos por el Gobierno central de China más por su lealtad que por su competencia.

Por cierto, el casi levantamiento actual es la culminación de una larga serie de manifestaciones desde la entrega de Hong Kong por parte del Reino Unido a China en 1997, después de que Chris Patten, el último gobernador británico, no lograra persuadir a China de permitirle a Hong Kong establecer un Gobierno democrático genuino.

A los ojos de China, la postura de Patten fue hipócrita, hasta ofensiva, considerando que los británicos habían gobernado Hong Kong de manera autocrática. China creía que podría fácilmente administrar el mismo tipo de gobierno “liderado por el Ejecutivo”, que tanto le había redituado a Hong Kong durante 150 años de régimen británico.

Para aplacar a la población inquieta de Hong Kong –que incluía a muchos refugiados de China–, se incorporó la política de “un país, dos sistemas” en la constitución de la región, con la promesa a Hong Kong de “un alto grado de autonomía”, excepto en asuntos exteriores y de defensa durante 50 años. De hecho, Hong Kong goza de muchas libertades de las que el resto de China carece, lo cual incluye un sistema judicial que está guiado por el derecho común británico y es independiente de la rama ejecutiva.

China todavía tiene que cumplir con su segunda promesa: que Hong Kong elija a su primer mandatario por “sufragio universal” en el 2017. Por el contrario, una comisión, que inicialmente contaba con 800 miembros, pero que desde entonces se expandió a 1.200, elige al primer mandatario en concordancia con los deseos del Gobierno chino.

En términos generales, se creía que el primer jefe del Ejecutivo de Hong Kong, Tung Chee-hwa, era una elección inteligente. Se pensaba que Tung, heredero de una fortuna en la industria naviera, educado en Occidente y, por lo general, muy bien conectado con la élite global, era un hombre conservador, considerado y cosmopolita, imbuido de valores liberales y sin vínculos con las familias poderosas que dominaron la industria de bienes raíces en el país.

Esta percepción no podría haber sido más equivocada. Tung resultó ser superficial, radical en sus opiniones, más chauvinista que los altos líderes de China y proclive a una toma de decisiones impulsiva sobre políticas importantes con amplias consecuencias sociales y económicas. Despidió a su competente secretaria principal, Anson Chan, una funcionaria pública de vasta trayectoria en Hong Kong, por sus antecedentes coloniales, con lo cual demostró su desconfianza hacia toda la burocracia que los británicos habían creado.

A los residentes de Hong Kong no les llevó mucho tiempo darse cuenta de que su nuevo líder albergaba una visión del mundo profundamente “patriota” –y llena de imperfecciones–, que consideraba que los “valores” occidentales no eran apropiados para Hong Kong, la primera ciudad china globalizada en la historia moderna. Pero, en cuanto Tung intentó imponer una legislación draconiana en materia de seguridad interna, muchos de los ciudadanos de Hong Kong empezaron a sentir que estaban siendo víctimas de una gobernanza represiva que, supuestamente, no debía afectarlos. Bajo el liderazgo de Tung, las manifestaciones masivas se convirtieron en un paisaje frecuente en Hong Kong.

El Gobierno chino también reconoció con retraso que Tung era un lastre. En el 2004, el entonces presidente chino, Hu Jintao, increpó bruscamente a Tung en vivo por televisión. Tres meses más tarde, Tung renunció por “cuestiones de salud” y fue electo vicepresidente de la sumamente simbólica Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino.

El sucesor de Tung, Donald Tsang, fue elegido a regañadientes. Pero era un funcionario público de larga trayectoria y parecía ser el único tecnócrata capaz de mantener unida, de manera verosímil, a la descontenta burocracia de Hong Kong, algo que para China era indispensable para gobernar el territorio, sin importar su herencia británica. Pero Tsang aportó sus propias debilidades al Gobierno de Hong Kong, en particular, la codicia.

Tsang, quien disfrutaba de pasar el tiempo con los ricos en sus yates y en sus suites privadas, impulsó una política de tierras restrictiva que hizo disparar los valores de las propiedades y, en consecuencia, el patrimonio de los magnates terratenientes. Sin embargo, los precios aumentaron tanto que las propiedades solo terminaron siendo accesibles para los superadinerados, como las familias de altos funcionarios del continente. Este tipo de comportamiento corrupto le valió a Tsang una salida oprobiosa del Gobierno.

Luego vino Leung Chun-ying, el actual gobernador. Leung –que no fue la primera opción de China para el cargo– heredó un caos. Pero no se hizo ningún favor con las personas que eligió para integrar su gabinete: muchos de sus miembros tenían antecedentes mediocres que indicaban corruptibilidad. A uno de ellos, Paul Chan Mo-po, se le encargó la tarea de administrar la política de suministro de tierras de Hong Kong, a pesar de tener un historial de corrupción en sus transacciones inmobiliarias personales. Peor aún, Leung impulsó un plan poco popular para introducir la “educación patriota” en Hong Kong, lo cual atizó el miedo entre los estudiantes de un lavado de cerebro dictado por China.

Después del fracaso de tres líderes consecutivos elegidos por los chinos para ocuparse de los asuntos de Hong Kong, no sorprende que sus ciudadanos busquen cada vez más reducir el poder que ejerce China sobre su Gobierno. Pero, para las autoridades chinas, este movimiento refleja un desafío inaceptable para la soberanía de China.

En este sentido, Hong Kong está atrapado en un círculo vicioso –y está en manos del Gobierno de China quebrarlo–. La realidad es que los ciudadanos de Hong Kong entienden que necesitan a China y no tienen ningún interés en socavar al Gobierno central –ni tampoco tienen el poder para hacerlo–. Sus reclamos de democracia son simplemente pedidos de buena gobernanza. Creen que, con elecciones libres y justas, habría más posibilidades de tener un líder competente, alguien como Patten, el exarchienemigo de China, a quien se recuerda con cariño en Hong Kong.

El Gobierno de China no se está haciendo un favor al exigirles a los ciudadanos de Hong Kong que se dobleguen ante su soberano, culpando al mismo tiempo a “fuerzas hostiles externas” de provocar algún tipo de rebelión inconstitucional. Por el contrario, debería concentrarse en los problemas generados por los primeros mandatarios que eligió por los motivos equivocados, y resolver los problemas de gobernanza subyacentes que reflejan las manifestaciones.

Sin-ming Shaw, exmiembro de la Universidad de Oxford, recientemente fue profesor visitante en la Universidad de Michigan en Ann Arbor. © Project Syndicate.

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