Opinión

Sin discusión, el río Colorado es costarricense

Actualizado el 07 de febrero de 2013 a las 12:00 am

La pretensión de Ortega no debería desvelarnos, pero tampoco hay que desdeñarla

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Si el presidente de Nicaragua tuviera la capacidad de discernir entre lo lógico y lo ilógico, entre hacer el ridículo ante la comunidad mundial o no, habría rechazado el consejo de sus “asesores” (Incer, Herdocia, Pastora, etc.) sobre reclamar libre navegación sobre el costarricense río Colorado, ante la Corte Internacional de Justicia.

Disparate tal que nadie, en sus cinco sentidos, sería capaz de acuerparlo en esta petición, viniendo de un personaje igual de alelado que Nerón, que podría estar soñando con el calor y el brillo de las llamas que le haga pasar a la historia. Por eso, su sinsentido lamentablemente ha de ser tomado en cuenta, valorado y puesto formalmente en evidencia ante el mundo.

Y es que, tristemente para Nicaragua, por razones naturales que parecieren relacionadas con una tempestad seguida por un gran terremoto sucedido en 1863 en la zona donde nace el río Colorado y penetra a territorio costarricense, se levantó el lecho del río San Juan hasta una profundidad de tan solo unos tres metros, por lo que la mayor parte del agua se desvió hacia el (desde entonces) muy caudaloso río Colorado. Situación que con el tiempo se tornó irreversible y que para algunos nicaraguenses ha de ser muy incómoda pues sus embarcaciones, incluso las más pequeña, luego de navegar por su río hasta el punto del delta en que se forma el río costarricense, no pueden alcanzar la costa caribe a partir de ese punto, si no es por medio del río nuestro.

Al haberse suscrito el Tratado de delimitación Cañas-Jerez cinco años antes, y reafirmada su vigencia a fines del siglo XIX, el general Alexander emitió un laudo fundamental, ubicando “punta de Castilla”, no en la desembocadura del río Colorado, como pretendiera la comisión nicaraguense, sino donde hoy se le reconoce indiscutiblemente. Ese punto en que se inicia el límite terrestre entre los dos países, situado varios kilómetros al norte de la desembocadura del Colorado, cobra hoy especial importancia ante los nuevos acontecimientos, pues de paso sirvió para determinar para siempre, sin duda alguna, cuál era el cauce del río San Juan en ese sector y cuál el de nuestro río ya que la intención de la parte nicaraguense era la de tomar el río Colorado cual si se tratara de su río San Juan.

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Ahora bien, aunque han pasado los años, ciertos personajes en Nicaragua se niegan a aceptar esa realidad, por lo que pretenden, infructuosamente, revertir la situación natural que favorece a Costa Rica, dragando el cauce del San Juan más allá del delta del Colorado, para devolverle, supuestamente, la navegabilidad a su río a costa del tico. Pero, con sus dragas de mentirillas y con millones de dólares que no han caído muy lejos de los bolsillos de Edén Pastora y compañía, ha resultado que la arena removida un día es repuesta al día siguiente por el mismo río.

Ante el fracaso, otros más bien han venido inventando algo que han dado en llamar “río internacional” al Colorado, para así alegar un derecho irrestricto de navegación para ellos. Por eso, lo que Ortega ahora propone está muy lejos de ser una ocurrencia de un presidente irrespetuoso del derecho internacional; obedece más bien a resultados de la “lluvia de ideas” con que los consejeros de Daniel pretenden resolver un problema que, en la de menos, solo podría ser resuelto con un cataclismo natural que esperamos en Dios jamás se produzca.

Cabe recordar, asimismo, que los costarricenses no prohibimos la navegación de embarcaciones nicaraguenses por el río que ahora quieren “compartir”. Como cualquier otro extranjero, han de cumplir con requisitos migratorios, de seguridad y aduaneros, comunes y usuales, para ingresar y circular por territorio nacional, por lo que no cabe esa insólita petición. Además, si están prestos a terminar de construir su anunciado y muy promocionado canal interoceánico, ¿qué necesidad tienen de navegar por un río que corre por otro país?

Para tales sabios, no hay que tomar en cuenta que los mayores caudales del río San Juan son aportados por ríos costarricenses como el San Carlos y el Sarapiquí, que luego de fluir por territorio nica regresan a suelo tico antes de alcanzar el mar Caribe. Aguas que, por cierto, son acompañadas por grandes cantidades de arenas y otros sedimentos de origen natural que, desde los años en que los estadounidenses querían hacer un canal en esa parte de la frontera, tuvieron que reconocer que era imposible usar el río San Juan más allá de la desembocadura del río San Carlos. Con respecto a la ruta 1856, el arrastre de sedimentos hace insignificante, desde el ámbito estadístico, cualquier caída accidental que se hubiere producido cuando se inició la construcción de la trocha, pero que Nicaragua afirma está destruyendo su río San Juan.

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En fin, la descabellada pretensión de Daniel Ortega no debería desvelar a los costarricenses, pero tampoco habrá de desdeñársele. No vaya a suceder que, olvidándose de cómo ha maltratado por años a los compatriotas que han querido ejercer su derecho a la libre navegación por el río San Juan, cual si fueren delincuentes, reclame navegar libremente por el gran río Tempisque, en vista de que corre por nuestra querida Guanacaste, el territorio que les “arrebatáramos” en 1824.

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