Los franceses están perplejos ante el menú electoral que se les ha presentado

 20 abril

Marzo de 1999. El amplio menú (escrito en un fino cartón beige discretamente decorado, de 33 X 50 cm, cuyos precios son expresados en francos franceses, pues el euro no había entrado en vigor aún) del restaurante Taillevent, en París, hace difícil elegir. Aunque situado en el centro de La Ciudad Luz, en rue de Lamannais, cerca del Arco del Triunfo, en lo interno del restaurante su tenue iluminación la aportan unas candelas. Como entrada y plato principal, el cliente encuentra unas 60 opciones ( escargots brouillés au curry, andouillete de pied de porc aux truffes, etc.); 18 postres ( sorbets aux trois parfums, creme brulée á la bergamote, etc.).

La lista de vinos, solo de Francia y ordenada por color y por las regiones de donde provienen, consta de más de 350 opciones (1961 Pommard Epenots, M. Gaunoux; 1937 Chateau Nenin, Pomerol, etc). Los precios van desde $15 la botella hasta $700.

¿Cómo escoger sin un dominio del francés, de las técnicas culinarias y vinícolas y, sobre todo, con una billetera un poco flaca? Hágalo económicamente, dice una buena regla, esperando que la elección le salga bien, pues, a fin de cuentas, como se dice en política: “¡Es la economía, estúpido!”.

¿Por quién votar? Abril del 2017. Pareciera que por ahora, y en la mayoría de los países democráticos, en materia político-electoral “no es la economía, estúpido” lo único que mueve al elector, sino que también importan (y a veces más) otras variables.

Algunos están dispuestos a votar por el candidato que les prometa detener el ingreso ilegal de extranjeros a su país, otros por quien ofrezca más seguridad ciudadana, reducir el trasiego y consumo de drogas no autorizadas o enfrentar con energía el flagelo de la corrupción.

A otros les atrae quien les prometa luchar por la sostenibilidad ambiental, extender derechos a los homosexuales, lesbianas y transexuales, dar solución definitiva a las penurias del transporte interurbano o a las colas de la caja de seguro social.

Muchos se inclinarán por el candidato que dice luchará por la recuperación de “valores tradicionales” de la nación, que entre otras cosas se oponen a llamar matrimonio a la unión de conveniencia de dos personas del mismo sexo y al aborto. Unos votan a favor de la austeridad fiscal; otros, en contra de ella.

El listado de promesas políticas es grande y, a diferencia del menú del restaurante Taillevent, suele ser impreciso en costo y calidad; en parte porque quien resulte ganador tendría que ejercer el gobierno con un equipo grande, pero coherente de personas, el cual es difícil conformar. En un restaurante, el chef y el sommelier no tienen problema en poner a trabajar, al unísono, al equipo bajo su mando.

Reñidas elecciones. Para las elecciones que próximamente se realizarán en Francia, hasta los más duchos prefieren abstenerse de anticipar los resultados posibles. Primero, porque muchos son los partidos (11) que han postulado candidatos y porque, al momento de escribir estas notas, la lucha por el primer lugar se encontraba muy reñida.

Importantes candidatos de corte tradicional (por ej., Sarkozy, Juppé) fueron eliminados desde la primera ronda, mientras que un joven investment banker, Emmanuel Macron, que dice haber dejado atrás los conceptos de izquierda y derecha, y cuyo partido recién se formó, se encuentra entre los preferidos de la gente. Entre otras cosas, propone una rebaja en el impuesto de la renta a las empresas.

Marine Le Pen, quien lidera, aunque por poco, las encuestas, promete realizar un referendo para sacar a Francia no solo del euro (pues, con razón, dice que él le ha quitado un grado de libertad macroeconómica –la devaluación– al país) sino de la Unión Europea, detener la inmigración ilegal y clausurar las mezquitas que estimulen conductas extremistas.

Aunque dice que es de orientación derechista, ha prometido aumentar el gasto público, bajar (sí, leyó bien) la edad para pensionarse, lo que elevaría el déficit fiscal y el endeudamiento público, que supera el 95% del PIB, rebajar a 35 horas la semana laboral y poner impuestos proteccionistas.

Jean-Luc Mélenchon, un gastado político comunista, promete, entre otras cosas, sacar a Francia de la OTAN y llevar al 100% la tasa máxima del impuesto sobre la renta, pues opina que el actual sistema económico francés reparte muy mal la riqueza.

Ante ello, como el venezolano Maduro, prefiere un sistema que en la práctica llevaría a un aumento en el desempleo, que promedia el 10% de la fuerza laboral y que lo único que de equitativo podría incorporar es una alta posibilidad de repartir generalizadamente la pobreza.

El actual presidente, Francois Hollande, considerando lo que decían encuestas, hostiles a los partidos tradicionales y a él, mejor optó por no postular su nombre para la reelección.

Perplejidad. No en vano los franceses están perplejos ante el menú electoral que se les ha presentado. Muchos no tienen aún idea de por quién votar. Otros están seguros que no votarán por nadie, pues a todos los candidatos y partidos los consideran iguales incógnitas. El abstencionismo podría subir a niveles históricos y, dada la enorme cantidad de partidos que se han postulado, la posibilidad de que el poder legislativo quede demasiado fragmentado es altísima.

Pero quizá lo complicado que estamos hoy observando en Francia, donde suelen mezclarse la comida y la política, no sea nuevo.

Hace más de medio siglo, Charles André Joseph Marie De Gaulle (1890-1970), primer presidente de la Quinta República, cuyo nombre es para comenzar alambicado, en una oportunidad cuestionó lo difícil que es gobernar un país que, como Francia, tiene 246 variedades de queso.

¿Fillón, Mélanchon, Le Pen o noisettes de chevreuil sauce poivrade? Lo último, por favor.