30 diciembre, 2013

Cuando Oscar Wilde decía que todo tiempo pasado fue anterior , no se trataba solo de un chiste: lo es por cierto dentro de nuestra civilización; pero antes de eso, mucho antes, tamaño chiste no hubiera tenido gracia.

La gente creía en un tiempo circular entonces –lo que ha sido será, los hechos pasan y retornan, lo que fue volverá–. Friedrich Nietzsche (1844-1900), filósofo alemán, refrendó tal versión cósmica y la tituló “eterno retorno de lo mismo”, seguro de haber dado con el pensamiento más profundo.

Versión cósmica, dije. Pero, vea, mi amigo, ¿no le parece a usted que este diciembre del 2013 es el mismo que el del 2012, el del 2011, el del 2010 o el de…? Uno tiene la sensación de haberlo vivido ya, quizá con menos presas, aunque sí con un familiar desenfreno de ir rápido a ninguna parte o de consumir El chinamo , el Festival de la Luz, la vuelta ciclística, los toros, o de ignorar a un prójimo o de metalizar sus acciones o de oír una charla sobre la economía tica, igual a otra de hace 20 años.

Y no es el déjà vu , no, sino la vieja repetición, al punto de que podríamos llamar “diciempre” (con la licencia de los académicos de la lengua) al mes duodécimo de nuestro calendario gregoriano y añadir humildemente que, a falta de mejores pruebas, nuestra visión –cómica, si le parece– acaso tenga una pizca de cierto.