Opinión

Lo que dicen las estatuas

Actualizado el 08 de septiembre de 2013 a las 12:02 am

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Lo que dicen las estatuas

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Al recorrer a pie el viejo San José donde viví por tantos años, voy encontrándome en los parques y plazas con las estatuas de los próceres modernos de Costa Rica, que adornan el paisaje urbano, y cívico, de la ciudad. Algunas me eran conocidas, como la del doctor Rafael Ángel Calderón Guardia, que sigue frente al edificio de la Caja Costarricense de Seguro Social, fundada por él gracias a una rara conjunción de planetas, pues, para darle al país una nueva legislación laboral a comienzos de los años cuarenta del siglo pasado, contó con el respaldo del arzobispo, monseñor Víctor Manuel Sanabria, y del jefe del Partido Comunista, Manuel Mora. Otras me resultan novedosas, aunque ya tuvieran tiempo de estar allí, como la del presidente Daniel Oduber, inaugurada en 1998, que se alza en la frontera entre el parque España y el parque Morazán.

La de don Pepe Figueres, dos veces presidente, quien abolió el ejército tras el triunfo de la revolución democrática que encabezó en 1948, fue develada también en 1998. Medía tres metros, medio metro menos que la de Oduber, y fue retirada de la plaza de la Democracia en el 2006. Desde entonces aguarda su reinstalación en una bodega municipal, donde fue confinada bajo el alegato de que los vándalos no la dejaban en paz, o de que don Pepe merecía otra mejor. Pero que esté al aire libre, a la vista pública, o en la clausura de un almacén, es algo que no parece inquietar a la opinión pública.

Próceres antiguos y contemporáneos se reparten en Costa Rica los honores que las ordenanzas municipales les deparan, sin alardes ni exageraciones. Estuve en la ciudad de San Ramón, donde nacieron tres presidentes, don José Acosta, Figueres y don Francisco Orlich, y se les recuerda en sordina, un pequeño museo, alguna escuela que lleva sus nombres. El culto ciudadano guarda su equilibrio, como todo en este país. En la estatua ahora embodegada, el escultor representó a don Pepe vestido en mangas de camisa, no de militar, que lo fue efímeramente. Que no esté ahora en ninguna plaza, no es inquietante. Si estuviera en todas, sí lo sería.

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Estatuas de un mismo personaje que se multiplican, títulos rimbombantes, despliegues de poder. En Costa Rica sería impensable que el presidente saliera a la calle con una caravana de quince vehículos llenos de guardias armados hasta los dientes, sirenas, motocicletas abriendo vía, y hasta una ambulancia. No es leyenda que al presidente Otilio Ulate lo atropelló un ciclista cruzando la calle, porque solía andar a pie, sin guardaespaldas.

En 1956 se celebró en Panamá una cumbre de presidentes americanos, en la que participó Eisenhower. Era un verdadero zoológico: el generalísimo Trujillo de la República Dominicana, el general Somoza de Nicaragua, el general Batista de Cuba, el general Pérez Jiménez de Venezuela, el general Rojas Pinilla de Colombia, el coronel Castillo Armas de Guatemala… todos llegados al poder por golpes de Estado.

Figueres, una rareza entre aquella constelación de quepis y charreteras, se negó a darle la mano a Somoza, que poco antes había hecho develar su gigantesca estatua ecuestre en Managua, una estatua de Mussolini guardada en un almacén en Roma, comprada de remate, y a la que solo cambiaron la cabeza, según la tradición oral. “Somoza develiza la estatua de Somoza en el estadio Somoza”, dice el epigrama de Ernesto Cardenal. Ya se sabe que fue derribada de su pedestal el 19 de julio de 1979 y los pedazos de bronce fueron arrastrados por las calles de Managua.

En poco tiempo, empezando por Somoza que cayó abatido ese mismo año por las balas del poeta Rigoberto López Pérez, no quedaría en el paisaje ninguno de los felices gorilas de aquel aquelarre de Panamá. El último en desaparecer fue el generalísimo Trujillo, quien murió asesinado en 1961. Hasta entonces, la capital de la República Dominicana se llamaba Ciudad Trujillo, y entre su extensa lista de títulos se contaban los de Padre de la Patria Nueva, Genio de la Paz, Campeón Invicto del Pueblo, y Protector de Todos los Obreros. También era obligatorio estudiar su pensamiento en cátedras universitarias e institutos de investigación.

El viejo Somoza no le iba a la zaga. Era el Arquitecto de la Democracia, el Gran Pacificador de Nicaragua, el Adalid del Progreso, y tampoco desperdiciaba las fechas de guardar: el 30 de mayo pasó a ser el Día de la Madre, porque era el cumpleaños de su suegra, Casimira Debayle; y el 27 de mayo, el Día del Ejército, porque era el natalicio de su esposa, Salvadora Debayle. Su hijo Anastasio, el último de la dinastía, era el Huracán de la Paz; Pedro Joaquín Chamorro, para desafiarlo humorísticamente, le envió una vez un telegrama donde consignaba todos sus títulos, no menos de treinta; y su lema era “Somoza for Ever”, porque creía en la necesidad de su eternidad en el poder. Una necesidad para la prosperidad de la patria, para la prosperidad de sus múltiples negocios y para la prosperidad de su familia.

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Es así como dice el epigrama de Cardenal, los dictadores se erigen estatuas a sí mismos, y ellos mismos las develan. Creen que esas estatuas van a seguir allí por los siglos venideros, recordando su grandeza. Es una suerte de inseguridad encubierta, buscar cómo afirmarse en efigies, imágenes que están por todos lados, que asaltan la vista desde todas partes, como si multiplicarse fuera una necesidad que nace de la convicción perturbadora e insoslayable de que nadie es eterno, por mucho que quien manda a fundirse en bronce, o a desplegar su figura en gigantografías y vallas de carretera, pretenda aparentar que la eternidad es suya, otra más de sus posesiones terrenas.

Don Pepe Figueres sabía bien que no es necesario estar subido a un pedestal para quedarse para siempre, porque la memoria viene a ser la mejor plaza para vivir en ella.

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